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Inmoralidad de la piratería de películas

Tres foramontanos en Valladolid 22 May 2016 - 07:20 CET
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Por José María Arévalo

( Cartel de la película Amadeus) (*)

Confieso que soy adicto a las películas proyectadas en la tele, incluso reproducidas en mi ordenador, desde la época en que podía copiarlas en vídeo cuando las daban en un canal o en el navegador por cable que tenía contratado, y luego las veíamos en familia cuando nos venía bien. Cuando tuve que comprar un vídeo nuevo, con éste y el antiguo empecé a cortar las escenas inconvenientes, incluso los tacos, para que mis niños pudieran ver tantas películas interesantes pero con escenas inconvenientes para su edad. Recuerdo, por ejemplo, cómo censuré un par de ellas o tres de “Amadeus”, estupenda película sobre la vida de Mozart. Por el mismo sistema también les preparaba un resumen de las óperas que conseguía, como “La flauta mágica”, del propio Mozart, que les agarraba e iniciaba en el mundo de la música clásica. Algunas pelis las alquilaba en vídeo, en las tiendas que entonces proliferaron. Pasaron los años, pasó todo a ser digital, y descubrí los buscadores piratas, que acabé usando más que los canales y el alquiler, éste prácticamente desaparecido, aunque sigo con el navegador por cable, ahora con la oferta que incluye internet, el teléfono móvil, y más películas y canales, pero que se copian con más dificultad que los archivos piratas, que censuro fácilmente con un programa llamado Movie Maker.

Así que me he llevado una gran sorpresa al leer el documento, publicado el pasado día 3 de este mes de mayo, de los obispos españoles, a través de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social, en el que condenan la piratería de películas, la propiamente dicha, de los que distribuyen archivos sin autorización de sus propietarios, y en general todo uso no autorizado, también el visionado individual, de estos archivos. El documento se titula “La piratería en el cine. Una mirada desde la doctrina social de la Iglesia”. Como creo que tienen razón, estoy resistiendo la tentación de ver pelis de estreno con archivos piratas mientras están en los cines, aunque la verdad es que la mayoría salen cuando ya no están en cartelera, sobre todo los de calidad aceptable.

Dicen nuestros obispos que “se constata en muchas personas, sin ser los católicos una excepción, una cierta indiferencia moral, cuando no una clara justificación, ante el hecho tan extendido de la piratería audiovisual, que impide a toda la industria del cine recibir la justa recompensa que es consecuencia de su actividad. En el origen está un grave desconocimiento de la doctrina social de la Iglesia en este campo”. Y aclaran que “La definición de piratería incluye cualquier proceso que conduce a generar o consumir una copia de un producto audiovisual por medios ilegales.”

Así que he releído despacito el documento, a ver qué más puedo hacer que esperar a que esas pelis ya no estén en cartelera. He mirado los precios de los dvd que de algunas salen al cabo de un tiempo, y veo que son prohibitivos, varias veces el de la entrada de cine. Y he leído que el cine americano tiene resuelto el problema con el que llaman Pay Per View, pago por visionado, aunque ahora también tiene problemas con las aplicaciones para el móvil que permiten a los usuarios retransmitir vídeos en directo, como Periscope, que ha sido comprada por Twitter, que permite grabar y compartir a través de sus redes sociales. En nuestro país llaman pago por visionado al que ofrecen las llamadas teles de pago, como la que yo tengo, pero lo que ofrecen es sobre todo deportes, las películas que dan no están nada al día. Recientemente Netflix ha entrado en España y permite ver series y películas a precio asequible, entre 7 y 9 euros al mes; tiene el problema de que no deja descargar, solo ver “on line” –con lo que no puedo censurar pelis-, y de momento el catálogo en castellano es reducido, aunque promete.

En todo caso está claro que el cine americano –la mayor parte de lo que vemos- no tiene ningún problema sustancial, como se aprecia todos los años con los Oscar, es la suya una de las industrias más boyantes. Quizá esta piratería puede hacer más daño al cine español, así que me propongo no bajar pelis españolas; no sé si eso es bueno, porque no soy muy partidario de nuestro cine, y si ahora voy a verlo en contadas ocasiones – por ejemplo ví en pantalla grande las de Mortadelo y Filemón-, si no recupero el aprecio por nuestro cine iré menos aún, y esto puede pasarle a muchos, creo.

Cuando nuestros obispos, en este comunicado, piden que también se ponga las pilas la industria del cine, parece claro se refieren a la del cine español. “Es posible que la industria tenga que hacer un esfuerzo de adaptación a la nueva situación tecnológica a la hora de crear y, de manera especial, a la hora de difundir la obra creada. En este sentido, son valiosos los notables esfuerzos (intentos) realizados para experimentar nuevos cauces de distribución y de venta que realizó la industria musical ante un entorno similar. Sin embargo, la necesaria adaptación a las novedades tecnológicas no elimina el principio fundamental que hemos señalado: las obras artísticas generan una serie de derechos en sus creadores, productores, intérpretes, distribuidores, exhibidores, etc. que deben ser satisfechos”.

Justo llega este documento cuando sale a la luz, con los llamados papeles de Panamá, el fortunón que tienen algunos actores y directores, en el que parece influyen bastante las subvenciones oficiales, que a fin de cuentas salen de nuestros bolsillos. La cuestión moral del disfrute personal de archivos de películas no autorizados me recuerda un poco aquella otra de la obligación moral de tributar. Está claro que en justicia hay que tributar, pero dado lo injusto en muchos casos del sistema fiscal y que incluso se fija la obligación legal con un incremento en previsión de la defraudación, ya dicen los moralistas que no hay que pasarse de estrechos. La cuestión principal pasa a ser que puedas legalmente hacer algún pinito, que no es fácil en lo tributario. Por si acaso, cuando empezó la campaña legal contra las canciones y las pelis piratas leí que alguna sentencia condenaba también la excesiva distribución gratuita, lo que me llevó a salirme de los sistemas habituales de compartir archivos, como Emule y Ares, y he comprobado cómo cerraban algunas webs que utilizaba puntualmente. No sé como no consiguen bloquear otras famosas, como Torrent, quizá por no estar afincadas en nuestro país.

También me han llamado la atención los elogios indiscriminados que el documento que comentamos dirige al cine en general, sin ningún pero. “El cine es un instrumento privilegiado para la formación, el entretenimiento, el conocimiento y la difusión de valores en la sociedad. Disfrutar del cine, en especial del que pone en su centro la dignidad humana, permite el desarrollo de nuestra humanidad”. Y también que “El cine es una industria cultural que contribuye al bien común por medio de la reflexión, el diálogo, la exposición de ideas o de puntos de vista alternativos, la descripción de la naturaleza humana y de su dignidad, etc. Dañar un cauce por el que pueden fluir las mejores ideas para el desarrollo social y por tanto limitar a sus miembros el acceso a un bien común posible es atentar contra el bien común de la sociedad y facilitar su alienación”.

Con ello ya incluso me he empezado a sentir culpable en esta tarea de censurar películas. Ahora bien, es tan frecuente – desde hace muchos años y ahora cada vez más – que las películas incluyan escenas obscenas, desnudos y en general escenas de cama, que veo esta labor, que ya se hacía en las sesiones dominicales que teníamos de niños en mi colegio para suprimir incluso los besos, más que justificada para los responsables, padres y abuelos, de la educación en la familia. Cuando, además, quitar esas una o dos escenas inmorales que casi todas las películas tienen, no resta nada al guión porque son normalmente superfluas, pura incitación. La famosa serie Juego de Tronos, una de las más vistas de los últimos años, incluye en casi todos sus capítulos uno o varios desnudos, que añadido a los comportamientos viciosos – con violaciones y hasta incesto- de algunos personajes, la convierten en indigerible de seguir para una conciencia no digo católica, sino mínimamente fina. Así que no he dudado en proporcionarla censurada a los míos. Y todavía alguno de mis hijos me ha dicho, cuando empezó a verla, que me había quedado corto en el corte, valga la redundancia.

Había empezado ya a ordenar estas ideas cuando, en la publicidad que acompaña a la tertulia política de la tv de la Cope, Tv13, la cadena de los obispos, me sorprendió un anuncio de la película “Corrupción”, de Kevin Costner, que la cadena ofrecía para el domingo siguiente, con una escena de cama, lo que se suele llamar un revolcón, en el propio anuncio. Me temo que no somos solo los usuarios los únicos que hemos perdido sensibilidad moral.

Con ello no quiero decir que solo el poder censurar justifique el uso de los archivos piratas, está claro que el fin no justifica los medios. Creo que por lo menos hay que barajar aquello del daño emergente y el lucro cesante que recalcan nuestros obispos cuando dicen que “la difusión sin contraprestación, de bienes culturales o intelectuales pueden suponer un grave freno en el desarrollo de esta actividad básica para el desarrollo de la sociedad. Las actividades que conculcan el derecho a recibir una justa retribución por el propio trabajo son contrarias, no sólo a la ley positiva de los países, sino también se oponen a la Ley de Dios”. Lo que reiteran en varias ocasiones, por ejemplo: “La piratería puede ocasionar que proyectos de relieve para el bien de la sociedad, o que pueden ayudar y humanizar a las personas, dejen de llevarse a la pantalla porque la industria del cine no puede sostenerse económicamente. En suma, la piratería ocasiona un daño económico a las personas que se dedican a esta industria y también un daño a toda la sociedad que se verá privada de contenidos culturales que están en la base de su desarrollo”.

Es complejo determinar cómo se obtienen beneficios comerciales en el mundo globalizado de hoy, con las ramificaciones que la tecnología supone, en la publicidad y medios derivados, en la obtención de beneficios. El caso de la industria musical que los propios obispos señalan como casi resuelto, es un ejemplo. Parece que los cantantes prefieren la difusión gratuita de sus obras porque de lo que se benefician ellos es de las actuaciones en directo, más que de los discos que se venden, y para aquellas lo importante es darse a conocer. Y el negocio de las reproducciones es la venta de los aparatos, cada vez más sofisticados, para conseguirlo. Llevo no sé cuantos discos duros externos adquiridos para guardar mis archivos de películas, que son los que ocupan espacio en el ordenador y se estropean con facilidad. Y ahí está Windows que permite el uso de offices piratas – cuando compras un ordenador viene instalado aquel pero no estos- porque le compensa que la mayoría, en todo el mundo, tengamos sus productos y no nos vayamos a Linux, que es gratis pero más complicado de manejar. Hay sistemas operativos y programas comunes que se han impuesto gracias al pirateo masivo durante años. Y las empresas saben que eso crea dependencia cuando toca comprar software. Está admitido que los sistemas operativos y los programas comunes son demasiado caros, y las condiciones de uso, leoninas.

A esta realidad de los beneficios indirectos se añade que la piratería cinematográfica es dudoso robe muchos espectadores a los cines, cadenas o videoclubs, pues las copias sacadas de la red dan un rendimiento notablemente inferior al de la pantalla grande y aun al del DVD doméstico. El aficionado se pregunta por qué cada vez se hace más cine y con producciones astronómicas que, bien comercializadas, pasan casi a la condición de dominio público en un cada vez más breve lapso de tiempo. Así se entiende que cada vez esté más extendido lo que se ha llamado «free music philosophy» o “free movie”, utilizando el doble sentido que en inglés tiene la palabra libre: gratis es libre.

Todo lo cual me lleva a la conclusión de que si no está condenado por el aparato legal el uso individual de copias piratas, sino solamente lucrarse con su distribución, muy probablemente es que tampoco perjudica tanto al entramado comercial del que vive el cine, y que los inversores ya tienen descontado ese efecto, como se dice ahora ocurre en Bolsa con las incertidumbres políticas. Y otro tanto cabe decir del uso de copias piratas de libros digitales, de prendas de moda copiadas, o de ver los museos –y las ciudades museo- en la nube. Una cosa es vender copias y otra disfrutarlas moderadamente. Antes no compensaba fotocopiar un libro si no estaba agotado – ya he contado en estas páginas cómo, con un amigo, copiamos la gramática de la Real Academia que tardó en reeditarse veinte años-, ahora el acceso al arte y la cultura es gratis, pagas la calidad del producto con el que accedes, que se abarata así indefectiblemente.

Bueno, seguiremos dándole vueltas al tema, por aquello del “no robarás”, que nos recuerdan nuestros obispos. Menos mal que en el 7º mandamiento hay parvedad de materia, que decían los clásicos, no como en el 6º, o sea que si colisionan, más vale evitar caer en éste – perdonen el chascarrillo-.

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