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La mala educación

Tres foramontanos en Valladolid 25 May 2016 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Compañeros de camino. Acuarela de Manuel Macías Cañizares) (*)

Tengo la impresión de haber escrito ya otro artículo con este mismo título. Fue para referirme a una película dedicada a denigrar la educación en los colegios religiosos. Y no me extrañaría que así fuera si es que el mismo director hubiera sido, como supongo, educado en uno de ellos, puesto que durante “la movida madrileña” salía cantando con un señor vestido de mujer en un espectáculo de aquellos que dan vergüenza ajena. Por lo que se ve eso es lo que él había aprendido y en lo que se encontraba verdaderamente a gusto.

Mas el susodicho, director por cierto de éxito en el terreno cinematográfico, no hizo como hizo su “partenaire”, que abandonó el libidinaje y se convirtió de tan radical manera que hoy confiesa rezar el rosario diariamente. Tampoco se limitó a ejercer su profesión contando historias en el “celuloide”, sino que se metió en política formando parte del “Grupo de la Ceja” para apoyar a quien más y con mayor denuedo ha trabajado en este siglo para cargarse a España, y no sólo en los aspectos económicos. El director de cine se alineó, en efecto, con los autotitulados “intelectuales”: esos que sacan partido de su pose o “postureo” acentuando una imagen de disconformidad e indignación con todo. O sea, muy en la línea de los nuevos bárbaros, que si por algo se caracterizan es por su ignorancia y su mala educación no sólo en lo político sino también en lo social.

Cuando el amigo de las siglas e inspirador de esta gentuza anunció su deseo de crear como materia esencial en las escuelas una asignatura denominada “Educación para la Ciudadanía”, pensé por un momento que ésta bien podría dedicarse a erradicar la manía de tirar cosas al suelo que aquí existe, como colillas, salivazos, cáscaras de gambas y servilletas de papel. Mas pronto quedaría demostrado que lo que de verdad querían los de la ceja y su mentor – hoy moviendo el rabo en Venezuela ¡Dios nos valga! – era formar pequeños socialistas a la manera en que los del 30% y la pandilla de violadores de la Constitución hicieron de los jóvenes de su desgraciada autonomía cerriles seguidores de las consignas del separatismo.

De este modo llegamos finalmente a nuestros días. Quizá aquellos libritos de nuestra niñez – “el Buen Juanito” – resulten hoy ridículos cuando nos muestran a un muchacho con gorrilla ayudando a cruzar la calzada a una ancianita, pero esta sensación debiera limitarse a la consideración del hecho cronológico: que hoy en día existen ya pasos de cebra pintados en el suelo y con semáforos, y que la gorra ha tiempo que dejó de ser prenda de uso corriente. Pues lo fundamental es algo permanente: la necesidad de que los jóvenes recuerden que deben auxiliar a quienes por distintas circunstancias corran peligro o precisen ayuda. Y esta cuestión, como el resto de las recomendadas como de “buena educación” en otras épocas, siguen vigentes porque responden a algo que torna mas amable y más cálida la relación entre los propios hombres: cultivar un corazón que se conmueva ante la debilidad de los demás por su mayor edad o su precaria condición.

Consideraciones parecidas podríamos aducir también ahora en cosas aparentemente tan banales como la educación que antes se aconsejaba para la mesa familiar y que responden a aspectos tan importantes para la convivencia humana como evitar el asco de otros comensales o la molestia del vecino: principios, como vemos, tanto estéticos como de simple ética.

La verdad es que ahora constatamos el dominio de la peor educación. Sin ir más lejos, hoy mismo presencié cómo un muchacho arrollaba con su carrito del supermercado a un hombre mayor que iba a depositar unas monedas en el cestillo de un rumano. No sé si el joven musitó algún tipo de disculpa, pero vi cómo aquel señor tenía que inclinarse hasta tocar el suelo, como haría también el indigente. Y no hay día en que no tenga que salirme de la acera porque quienes la ocupan no son capaces de ahuecarse un poco o permitirme el paso tal como hago yo instintivamente con cualquiera que se acerque. Y veremos también a muchos de ellos sentados en el respaldo de los bancos con sus zapatos ensuciando los asientos sin el menor reparo.

Pero habiendo pasado varias generaciones en cuyo proceso formativo “la buena educación” brilló por su ausencia, “la mala” es cosa ya también de los adultos, y para constatarlo no hay más que encender la televisión, por la cual llega a nosotros una especie de caleidoscopio de perversas actitudes y costumbres. Porque a ver si no es mala educación no respetar las leyes, o quemar la bandera nacional, o mostrar en los títeres una violación, o eliminar ostensiblemente el busto de un monarca, o darse un beso en la boca con otro señor en pleno Paraninfo. O empezar, como suele hacer Yahoo la mayor parte de las veces, con un toque sexual como curiosidad del día, o mostrar las más zafias escenas de estupidez humana en los programas de la prensa rosa, o…

Luego, ya.física y directamente, ahí está la omnipresente y maloliente marranada de nuestras zonas de recogida de basuras; sin ir más lejos en mi comunidad, donde se arrojan cosas simplemente al suelo pudiendo y debiendo – con lo fácil que resulta hacerlo – haber echado cada uno de los restos en su especial contenedor al uso. Sólo puede explicarlo esa tendencia a la mugre y a la aceptación gozosa de lo feo que estamos observando incluso en nuestros representantes públicos: esos que aplauden los gestos de desprecio y mal estilo, llaman errores a cosas hechas a propósito, encuentran ”valores» y “alicientes” en la “cultura okupa”, y se emocionan con los pareados de las manifestaciones reivindicativas.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/8/7078/27056177316_654f99a175_b.jpg

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