Por Carlos de Bustamante

( Carousel, Central Park. Acuarela de Thomas W. Schaller en twschaller. blogspot.com) (*)
A este amigo no hay quien lo pare. Burla burlando – que de burla ¡nada!- , nos va introduciendo, como quien no quiere la cosa, en temas cada vez más complicados; pero por desgracia hoy tan actuales, que nada más útil que “estar al loro” de lo que se cuece en nuestra sociedad. Así pues, “tolle lege” si les pete. Hago, no obstante, la salvedad de que dicho en el título matrimonio irregular, los argumentos han de apoyarse en la doctrina que los considera irregulares. Es decir, los de la Iglesia católica, mayoritaria en España.
Los criterios pastorales con personas en situación matrimonial irregular vienen indicados el n. 84 de la E. A. Familiaris Consortio. Allí, tras señalar la diversidad de casos que pueden darse y su diferente calificación moral, que habrá que valorar en cada caso, anota los criterios pastorales.
– La Iglesia procurará “con solícita caridad” que estas personas “no se consideren separadas de la Iglesia, pudiendo y aún debiendo, en cuanto bautizados, participar en su vida” Y entre las maneras de participar el Papa señala las que son comunes a cualquier católico, excepto la Sagrada Comunión: asistir a Misa; escuchar la palabra de Dios; hacer oración; obras de caridad; educar a sus hijos en la fe cristiana; y cultivar el espíritu de penitencia para implorar la gracia de Dios. La Iglesia debe rezar por ellos “como madre misericordiosa”, para sostenerlos en la fe y en la esperanza.
– La Iglesia “reafirma su praxis de no admitir a la Comunión Eucarística a los divorciados que se casan otra vez”. Pero, como añade el Papa, “son ellos mismos los que impiden que se les admita, ya que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía”. Hay también otra razón, y es evitar que los fieles “sean inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio”.
– En cuanto al Sacramento de la Penitencia, “puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio”. Esto lleva consigo que cuando por “motivos serios -como por ejemplo la educación de los hijos” habidos en la unión irregular-, el hombre y la mujer no pueden cumplir la obligación de separación, han de “asumir el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos”.
– Se prohíbe a todo sacerdote, por cualquier motivo incluso pastoral, “efectuar ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelvan a casarse”, a fin de evitar la impresión de que se celebran nuevas nupcias sacramentalmente válidas.
– “La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación, pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación, si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad”.
Acerca del escándalo que se puede originar. Es el tema moral que con más diligencia deben tener en cuenta los padres y hermanos. El escándalo estaría en favorecer la opinión de que esa situación irregular puede ser aceptable moralmente; o que sin llegar a serlo, su gravedad objetiva se puede atenuar en algunos casos. El escándalo más grave sería el que influyese en los propios contrayentes. Porque es en ellos en donde la corrupción de la conciencia es más profunda (son los protagonistas voluntarios); y al mismo tiempo, los que más vivamente desean que se acepte su situación. Escandalizar a terceras personas sería también importante, aunque menos.
Ese escándalo a los contrayentes tiene lugar en una materia muy grave: en la trivialización del matrimonio, que es la institución más santa y grave de la naturaleza humana; en el error de que su naturaleza depende de lo que cada uno estime conveniente; en la trivialización de la dependencia de Dios en tema de tanta gravedad; en la misma noción de conciencia y del gravísimo compromiso con Dios que ésta implica; etc. Por otra parte, esas situaciones, por afectar vivamente el interés de los protagonistas y de ordinario ser prácticamente irreversibles, tienden a corromper vivamente la conciencia de esas personas, en los temas implicados, y resulta por esto muy necesario para ellos que con frecuencia se les recuerde la inmoralidad ante Dios de su situación.
Consejo a los padres. Su conducta debe ser prudencial en cada momento. Ellos mismos deberán decidirla, y hacerlo reflexionando despacio ante Dios, pues se trata de una situación delicada. Esa conducta debe estar presidida por dos principios:
* evitar la separación total de la hija (el que corte con ellos) a fin de poder ejercitar una continua catequesis y persuasión para ayudarla a rectificar; que noten ambos que se les quiere y que la única razón por la que les recuerdan que su situación es ilícita, es la caridad y la lealtad con ellos; así como la responsabilidad ante Dios como padres
* y al mismo tiempo, obrar con ellos de tal manera que se les esté recordando, con claridad y con la frecuencia y modo oportunos, la gravedad de su situación. Por eso deben evitar que las obras con ellos contradigan a las palabras o advertencias. En concreto: cuándo y cómo les reciben en su casa; modo de tratarlos; regalos; etc. Resultaría un contrasentido -y supondría escándalo- que esas obras anulasen en la práctica a las palabras. Deben estar en consonancia con ellas, confirmarlas, y ser esas obras parte fundamental de la catequesis sobre ellos. De lo contrario, no estarían ayudándoles como deben, y podrían incluso serles ocasión de escándalo. En esto es necesaria la firmeza (siempre presidida por la prudencia), no sea que pasado el tiempo ellos puedan pensar “mis padres siguen protestando porque es su mentalidad, pero en el fondo ya dan por buena la situación”. Aconsejados por el amigo, que ya es suyo, el Rezongón sólo les dice: y que conste que no pretendo aconsejar; yo…digo nada más. Con el convencimiento, eso sí, de que lo dicho desde el punto de vista cristiano, es válido y provechoso aun para los no creyentes.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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