Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 30 de mayo) (*)
Muchas veces me habrán oído hablar aquí de infantilismo; de que los españoles están en un proceso de “infantilización” y que esto se nota claramente en la situación que atravesamos. Naturalmente, influye en el proceso la mala educación de nuestra gente y el aislamiento de la realidad que han propiciado las pantallas de los medios de comunicación; combinación funesta a tal efecto.
La papilla y los potitos que a través de esas pantallas nos dispensan los líderes y sus grupitos de palmeros, convencidos de que los tragaremos sin mayor complicación intelectual por nuestra parte, son como ustedes ven un producto elaborado que aprovecha la intrusión de la política – o mejor del politiqueo – en todos los terrenos de la vida, así que nada será ya inocente a la hora de su utilización aplicada a la agitprop más zafia y vergonzante. Quizás esto pueda explicar el hecho incomprensible de que, después de haber votado no hace tanto por la moderación y el orden, varios millones de españoles opten ahora por favorecer a una pandilla impresentable: un elenco de sujetos cuyo simple aspecto nos dispensa de más sutiles consideraciones.
Se ha producido, sí, evidentemente, un rechazo intencionado del sentido común y una ruptura entre lo que se piensa y lo que se acaba por decir, como también entre lógica y discurso. Lo cual, además de dar lugar a una tremenda confusión, permite envolver las peroratas de los nuevos bárbaros y sus afines en evitación de que les desmonten los razonamientos, y blinda a quien así se expresa contra una posible descalificación dado el ritmo de los acontecimientos y el escaso tiempo disponible para la reflexión. También tiene la “infantilización” peso específico en discusiones, debates y polémicas, donde más que conceptos se pronuncian “frases” acuñadas según significados no inocentes que se lanzan al viento de la propaganda.
Ignacio Ruiz Quintano, cuya prosa abunda en frases lapidarias, escribiría en uno de sus “Visto y no visto” que, en el ambiente zascandil en que vivimos hace poco en busca de algún tipo de gobierno estable para salir del paso – en aquella “ensalada campera” de conceptos según la cual el bipartidismo “distintivo de la democracia” resulta ser algo malo y detestable para los nuevos bárbaros – a él le parecía que el único que por su comportamiento parecía adulto era el actual presidente en funciones del Gobierno. También se referiría a que en las cosas de política los adultos tienden a comportarse como niños, o sea – digo yo – como en el futbol; pues fútbol y poliica son, por excelencia, territorios “infantilizantes” o “infantilizados” de primera clase en los que la expresión humana se torna casi irracional en actitudes, palabras y gestos, con la aceptación gozosa del respetable público.
Una de las manifestaciones más evidentes del infantilismo generalizado hoy en España es ese adanismo alborozado que cree descubrir retales novedosos en desgraciadas iniciativas del pasado más reciente y más rancio, y que incluye el desprecio total de la experiencia y la sabiduría que los años aportan. Como señala el columnista ya citado, quienes hoy hacen ascos a la edad quizá no se den cuenta – pobretucos – de que tan sólo disfrutarán triunfalmente como ahora el breve tiempo en que estén en condiciones de representar ”lo nuevo” como baza de efecto electoral. Efímero entusiasmo…
Escribo esto precisamente el día en que dos equipos españoles se disputan la supremacía futbolera, y no puedo por menos de pensar en los dos ámbitos en los que la irracionalidad no sólo es consentida sino practicada y alentada; dos ámbitos en los que los adultos se desmelenan y exhiben su faceta más absurda sin el menor recato: efectivamente, la política y el fútbol. Pues lo que en los dos se expresa incluso a gritos no pasaría el fielato de lo correcto y razonable en cualquier otro ámbito, ni admitiría ser expuesto sin generar vergüenza ajena ante personas de cierta calidad intelectual. Por pura pasión inconsecuente en uno de los casos, y por un simple y calculado tacticismo en otro, se dicen cosas a sabiendas de ser falsas, y la verdad se distorsiona con la mayor desfachatez como si fuera cosa natural hacerlo. Como si todos fuéramos tontitos. Y en ambos casos se fomentará sin pestañear el odio al prójimo y se despreciará y vejará abiertamente al adversario sin experimentar conciencia de culpa: tomando este comportamiento como algo natural y deseable.
El ejemplo supremo y a la vez más sencillo de la coincidencia entre el deporte y la política como terrenos elegidos para fomentar la infantilización del ciudadano podamos encontrarlo en un “club» que proclama no serlo propiamente, pues – sin que se le encienda la cara del sonrojo – afirma en grandes letras ser “algo más que un club”; frase que le convierte en instrumento para hacer política contra el Estado sin que apenas se conmuevan los espíritus. O sea, que saca partido de la irracionalidad de un infantilismo doblemente cultivado en el deporte y la política y lo utiliza como factor de arrastre populista.
Con lo cual, y si ya ni siquiera Iniesta se rebela, y eso que es nacido en un pueblo de Albacete, puede usted imaginar lo que sucede con el resto de esta España de tuiteros.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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