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Mariángeles Sáez Casado, en el Palacio Pimentel

Tres foramontanos en Valladolid 12 Jun 2016 - 07:29 CET
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Por José María Arévalo

( Bailarina. Óleo de Mariángeles Sáez Casado en la exposición del Palacio Pimentel) (*)

Intenté hace unos años traerme a Mariángeles a la afición a la acuarela, y vino una temporada a pintar a la sede de la Asociación de Acuarelistas de Castilla y León los viernes por la tarde, con tanto éxito que enseguida pudimos apreciar la simplificación que conseguía en sus óleos, después en la tan difícil técnica de la acuarela. Razones familiares la impidieron continuar con nosotros, pero pronto pude escribir en estas páginas sobre una nueva exposición suya en el claustro del Palacio de Pimentel, donde ahora presenta Mariángeles Sáez Casado también una nueva exposición que titula “Los colores de mi tierra”, que permanecerá hasta el 19 de junio.

No sé si en la elección de este título ha tenido influencia aquél artículo mío, que titulé “El color de Castilla”, en aquel ya lejano enero de 2009, y en el que comentaba que “Buscar el color de nuestra tierra, eso es lo que, inevitablemente, hacemos los pintores castellanos. Porque aquí, en esta tierra, el color es, por lo menos, la mitad del paisaje y de su gente, (dicho sea por aquello de cuantificar esencias, tarea poco menos que imposible)”. Y añadía que esa búsqueda de esencias castellanas a través del color, Mariángeles Sáez lo encuentra en nuestras gentes y sus labores del campo, en un intento de conceptualizar lo que describe, tan propio de nuestros días, donde la figuración cede relevancia a las ideas. “De lo poco, creo yo, interesante, que nos dejó el conceptualismo de los sesenta”. Ahora, además de paisajes y personajes rurales, Mariángeles encuentra espacio para otros temas, bodegones y sobre todo figuras femeninas, ahora veremos.

Decía entonces –y lo mantengo- que Mariángeles Sáez tiene una gran facilidad para el retrato, que usa también en sus descripciones de personajes del medio rural castellano, que borda en figuras, muy sintéticas, donde el detalle ha sido sustituido por el color. Utiliza formatos bastante grandes que me recuerdan al gran intérprete de pastores y labriegos castellanos, el gran Castilviejo, pero aún más conceptual, quizá también más muralista, influencia de Vela Zanetti, puede ser. “No obstante es cien por cien figurativa, no exageremos”.

Me ha gustado mucho el artículo que en el folleto de la exposición le dedica Generosa Rey Sánchez, doctora en Filología por la Universidad de Salamanca, y que creo vale la pena reproducir aquí, más que abundar en mis opiniones, que ya quedan reflejadas.

( Labrador. Óleo de Mariángeles Sáez Casado en la exposición del Palacio Pimentel) (*)

“La creatividad dentro de la pintura –escribe Ruiz Sánchez- es una «experiencia cumbre», una fascinación total que nos lleva a trabajar sin descanso hasta conseguir el objetivo que nos proponemos, hasta llegar a un río tranquilo donde nuestro espíritu puede complacerse y descansar.

Por eso, la pintura de Mariángeles Sáez es una experiencia donde el lenguaje kinésico y la expresión corporal tienen mucho que ver con el lenguaje denotativo, tiene que ver con la espiritualidad de San Juan de la Cruz que busca las azucenas, para quedarse olvidado entre ellas. o bien como aquel poema azteco que dice así: «Mi corazón está brotando flores en mitad de la noche»; poesía y danza van juntas, hasta mil setecientos movimientos podemos conseguir danzando.

( Cartel de la exposición de Mariángeles Sáez Casado en el Palacio Pimentel, de Valladolid) (*)

Las bailarinas en movimiento, con variados colores, ilustran la belleza del cuadro, azules, amarillos, rojizos, anaranjados y blancos.

Las calas blancas como lirios del campo, como la blanca flor de Etiopía, se yerguen en un fascinante cuadro, verde y blanco como el armiño.

El cuadro de su hija pensativa, descansando en la plenitud del hogar donde hay amor y vida, invita a la tranquilidad y a la paz. Los rostros que pinta Mariángeles transmiten emociones, y los patos nadando en el agua dulce del lago, el agua, el Oro azul como así se le denomina la riqueza del agua en el mundo, signo de vida plena.

( Danza. Óleo de Mariángeles Sáez Casado en la exposición del Palacio Pimentel) (*)

No podía faltar la esencia del paisaje castellano. ¡Ahí le tenemos!. El sembrador con su gorra, sus ropas propias de trabajo. a veces andrajoso. que en cada sementera esparce su semilla en la tierra labrada. siempre mirando al firmamento, buscando un tiempo suave para que nazca el fruto que cuidará con sus manos, como Cristo con manos de obrero.

Las dos labradoras, que cosen sus manteles en esos atardeceres del crepúsculo donde la geometría se rompe, charlan animadamente de esa forma entrañable en la que se suele compartir la amistad en los pueblos de Castilla.

Y, en el horizonte lejano, las amapolas del campo inclinan su cabeza azotadas por la lluvia y por el viento y, el azulado mar con su espuma sencilla, porque el agua ya no puede formarse en la orilla, sino que descansan en la playa, mece a los visitantes en una dulce siesta muy propia de los españoles y, la brisa del mar va haciendo morenos a los bañistas que provisionalmente viven en las casetas construidas por sus dueños. Una forma de vivir en la arena y respirar el iodo de las aguas; mientras la luna, la Diosa Vagabunda de la noche, se detiene entre los árboles y nos mira con su cara mudable, como diría Shakespeare: «Que no sea tu amor mudable como las caras de la Luna», que cambia a diario y, junto al río corre una leve brisa por los álamos”…

Y, las estrellas duermen, llenando el Cielo de hermosura con su dulce brillo adamantino cuando la noche del estío se enciende y nos prepara para un amanecer con la aurora rosácea de la mañana.

( Bodegón, Óleo de Mariángeles Sáez Casado en la exposición del Palacio Pimentel) (*)

No podían faltar los girasoles, a la manera de Van Gogh, un cuadro estremecedor porque los girasoles ya están secos y encogidos por los rigores del estío.

La obra pictórica de Mariángeles Sáez Casado nos queda en la memoria de nuestra retina, nos lleva a recordar a Pierre de Ronsard: «Ronsard me célébrait, du temps que j´étais belle!»

La pintura de Mariángeles es inmensa mente bella y profunda, pues nos acerca a la naturaleza viva y pocas veces muerta: la autora tiene un fondo de dulzura que se manifiesta en su obra y en su comportamiento: todo vive, todo florece, todo mira al horizonte lejano de la esperanza, muy a pesar de las dificultades y de los dolores personales de la vida que todos tenemos.

Los cuadros de Mariángeles me llevan a recordar a Alphonse de Lamartine: LE LAC.

Gardez de cette nuit, gardez belle nature,
Au moins le souvenirs”

Magnífica crítica. Enhorabuena Mariángeles y mucha suerte en esta exposición.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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