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Seguimos mareando la perdiz con una falsedad evidente

Tres foramontanos en Valladolid 15 Jun 2016 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Caín en La Razón del pasado día 3 de junio) (*)

Veo que se aproximan nuevas elecciones y que los partidos siguen enfocando todo más o menos como en el el principio: sin darse cuenta nadie de que habrá que salirse del plano general para pensar en otro enfoque diferente que debió ser el primero ya desde el primer momento.

Retomemos la pregunta clave: ¿Cómo hemos llegado al punto en que nos encontramos? Y la respuesta es tan sencilla y evidente que juzgo asombroso no ver que nadie la presente pese a tanta gente como se supone medianamente inteligente y sobre todo astuta que anda por ahí intentando hacer su agosto y también la cusqui al adversario.

Lo que en realidad pasó para que no se produjera acuerdo alguno fue simplemente que a la victoria del equipo ganador se contrapuso una posible y teórica victoria de los perdedores reunidos sin encontrar objeción lógica por parte alguna. La base matemática sería la existencia de un supuesto y deletérea “unidad de las izquierdas” cuya superioridad se proclamaría sin el menor reparo por todos los partidos pese a que daba por supuesto como realidad dogmática lo que el gran partido perdedor consideraba como verdad absoluta: esto es, que la extrema izquierda era tan sólo una versión más matizada de la izquierda global con la cual. sin que se la cayera la cara de vergüenza, la de pretendido marchamo europeo sentía una cercana afinidad. Que por qué la derecha no saltó inmediatamente para denunciar la falsedad de aquel planteamiento matemático no me pregunte usted.

Pero naturalmente no había nada de eso. Lo de la “unidad de las izquierdas” era, afortunadamente, falso: una entelequia o un engaño según usted lo mire. No existía tal cosa, simplemente. O sea que entre los perdedores se daba por sentada una cosa inexistente mientras que el partido ganador no se movía para desacreditar a un adversario que con su propio planteamiento se ponía a sí mismo al pie de los caballos.

No había, no, mayoría de izquierdas salvo a costa de una autodegradación que pondría al principal partido perdedor en la picota. Nunca jamás caería tan bajo aquella izquierda que tanto contribuyó a afianzar la transición como la que ahora pretendiera equipararse, no ya con una izquierda europea homologada, sino con lo más abyecto del espectro: con los grupos independentistas incluidos los del 3 por ciento, los predicadores de la revolución perdida, los ocupas del porro y la pseudokultura, los incendiarios de cajeros automáticos y contenedores de residuos, y los mamporreros de una revolución bolivariana impresentable que ha dejado a los venezolanos sin medicinas ni alimentos, sin papel higiénico, sin orden ni ley, y batiendo todos los récords de criminalidad.

O sea que todo estuvo de inicio sostenido sobre un fraude sin que ese engaño fuera denunciado o siquiera explicado para que los españoles cayéramos en la cuenta de algo tan claro y evidente. Así que seguimos más o menos creyéndonos la historia de que había más de un lado que del otro. ¿Pero alguien en su sano juicio consideró posible la equiparación de una izquierda razonable y medianamente cultivada con este trasunto de muertos vivientes procedentes de los entresijos leninistas, esos recuelos del café soviético, esos desacreditados entusiastas de los grupitos griegos que ahora hacen cola ante los cajeros automáticos y soportan los lamentos de los jubilados? ¿Es que existen unos extremismos razonables? ¡Pero si en Francia los de le derecha transvasaron sus votos a la izquierda para parar los pies a un extremismo que amenazaba con desestabilizar a la República! ¿Es que, por ventura se puede hablar hoy extremismos buenos y extremismos malos cuando hasta la sabiduría popular los equipara?

Por todo ello no podemos evitar quedarnos con la boca abierta cuando vemos cuántos españoles aún no se han enterado de estas cosas tan fundamentales y votan abundantemente a unos energúmenos sin posible asimilación con una democracia, o sea con España; y no digamos con esta Europa civilizada en que vivimos y que no empieza – como algunos creen – ahora, sino que se ha venido fraguado desde siempre a través de experiencias que más valiera no vivir de nuevo.

¡Menos mal que ya hasta algunos tontos útiles empiezan a admitir que sí que se equivocan los votantes! Bueno; por algo hay que empezar.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/8/7537/26846495463_9e6896daa2_b.jpg

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