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Diferentes estilos, distintos resultados

Tres foramontanos en Valladolid 18 Jun 2016 - 07:25 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Miki y Duarte en Diario de Sevilla el pasado día 31 de mayo) (*)

En esta recopilación y ordenamiento de antiguos documentos en que uno anda metido surge de pronto una reflexión que me parece interesante: el tratamiento que desde el punto de vista humano dan los norteamericanos a la hora de juzgar actuaciones y comportamientos. Porque la diferencia me parece asaz considerable y para mí juega en favor de éstos si los comparamos con los nuestros.

Las razones son, a mi parecer, de varios tipos. Una podría provenir de la dificultad que parecen tener los españoles para encontrar los adjetivos adecuados: al final sólo reseñaremos, por ejemplo, que el individuo a quien pretenderíamos calificar de la mejor manera es “serio”, “trabajador”, “cumplidor” o cosas parecidas; que de ahí no pasaremos casi nunca. Decir de alguien que es “inteligente” suena ya casi excesivo y hay que tener cuidado con pasarse; nos preguntaremos quiénes somos nosotros para expresar tan contundente juicio, pues ya saben ustedes lo del relativismo: todo depende, nada es medianamente absoluto. Así que al final no encontraremos sino unos rasgos identificativos que en poco diferenciarán a un individuo de otro.

Claro que ahí también jugará la educación de base que no facilita precisamente las expresiones matizadas. Basta con constatar la zafiedad con la que nos expresamos la mayoría de los españoles ante la televisión cuando hemos de narrar o reflejar las consecuencias de un acontecimiento, para hacernos ver lo que antes circuló por las cabezas nuestras, pues raramente saldremos de las frases hechas cuando no dejaremos éstas a medio terminar. Tendencia que irá seguramente a más dados los miedos y temores que hoy surgen a cualquiera que se vea obligado a dar un paso que pueda generar procesos de protesta. Ya el fantasma de unos ropones persiguiéndonos en busca de un abuso, de un incumplimiento de las leyes o de un trato discriminatorio, acosa hoy por todas partes: a uno se le preguntará que quién es él para imponer el orden y la ley o para decir del otro lo que dice, y se le tachará si se descuida de que lo que está haciendo está movido por el interés o por la envidia o de que no respeta la igualdad de los sexos: todos seremos sospechosos.

Fíjense ustedes en lo que ocurre en nuestras escuelas e institutos de enseñanza, donde los padres llegan a agredir a los maestros cuando éstos castigan o expresan opiniones no gratas respecto de sus hijos. El resultado será seguramente una redacción inexpresiva y de tendencia igualitaria que con frecuencia dará lugar a ineficacia: un enfoque seco y administrativo que evitará cualquier palabra que pueda sobrepasar la “corrección política”.

No veo yo, en cambio, la idea de que los norteamericanos se corten las alas de forma parecida, y esto es cuestión de actitud general ante la vida, de una búsqueda final de la eficacia y de una habilidad innata para organizar las cosas en detalle sin que éstas pierdan su fuerza y su sentido. Así recuerdo haber visto como manejaban listas auxiliares de adjetivos – diseñadas supongo por psicólogos expertos – en las que raro sería no encontrar los trazos de una personalidad bien definida.

Desconozco si nuestros aliados del otro lado del océano habrán o no desvirtuado lo que yo entonces veía y que ahora recuerdo manejando documentos antiguos, mas me parece como un soplo de aire puro ante el enfoque ramplón, cuajado de recelos, temores, y expresiones de mala educación y de ignorancia que hoy observamos en la vida española. Pues lo que trasluce la “literatura” oficial de aquellos tiempos es un ambiente de calor y de proximidad.

El segundo de nuestros documentos es una comunicación de un instituto de Enseñanza Media norteamericano por la que se comunica a unos padres la inclusión de uno de sus hijos en la que hoy llamaríamos un “Pool» o Grupo de Talentos. Y aquí sí que encontramos un contraste decididamente significativo con los enfoques nuestros o al menos con los que yo tengo conocidos, pues si en la educación española suelen querernos hacer ver que nunca serviremos para nada, la norteamericana se esfuerza desde temprana edad en encontrar aquellas cosas en las que cada niño destaca casi por naturaleza, proporcionándole de esta manera un poderoso estímulo. Claro que en este caso se trataba de un hecho reseñable y hasta medido por un sistema “detector” de genios, mas siempre fue norma general de aquel país el encontrar en cada alumno la posibilidad de destacar en algo, como también para que los mejor dotados sean conscientes de sus mayores responsabilidades.

Finalmente cae en mis manos una misiva firmada por un eminente norteamericano – un hombre poderoso y con una de las más graves responsabilidades del planeta. Quien lo recibe ha trabajado en una difícil situación política y es la hora de hacer inventario de lo conseguido. Pero cuando se esperaría recibir un escrito con membrete y un escueto o ampuloso lenguaje oficial, lo que llega es una gran tarjeta redactada de tú y en español de puño y letra: una larga nota que es puro sentimiento humano, complicidad y afecto, entre quienes en su día – amigos desde entonces “para siempre” – trabajaron unidos para cumplir una misión común.

Sí; a veces los grandes países se descubren en cosas como éstas; en gente que da su preferencia al sentimiento humano; a la realidad sobre los artificios. Gente que sabe distinguir entre lo auténtico y lo falso; que se pone del lado de quienes se esfuerzan noblemente por el bien común y no se deja seducir por los mediocres.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/8/7170/27354486642_62d8eee90d_b.jpg

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