Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

La vida en un bloc

Tres foramontanos en Valladolid 14 Jul 2016 - 07:23 CET
Archivado en:

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Txon Pomés) (*)

Este era el título de una obra de teatro que recordarán los de mi quinta y que dio lugar a una película con idéntico título. Era de Carlos Llopis y fue estrenada en 1952 en el teatro de La Comedia de Madrid. El argumento giraba en torno a un caballero que había adquirido la costumbre de escribir cuanto le acontecía. Y ahí voy yo, porque no voy a decir que las generaciones posteriores “escriban” cuanto las acontece, pero sí que, ya de entrada, “registran” casi todo cuanto viven en imágenes.

Ahora que estoy dando sentido a los viejas fotografías de mis antecesores y de mis propias circunstancias, constato la revolución que la tecnología ha propiciado en cuanto a la huella que de su devenir pueda dejar la raza humana. Pienso que la emoción que ahora sentimos al contemplar los bisontes de Altamira procede de la sensación que nos produce imaginar a las personas concretas que ocuparon el lugar en donde estamos manifestándose en la acción, y así reconstruir unos momentos que allí mismo fueron presente para nuestros abuelos más lejanos. Pero no hay que trasladarse tantos siglos atrás para sentir una impresión más o menos parecida; basta con sólo buscar las huellas de nuestros propios bisabuelos, de cuyo aspecto poca cosa conocemos si no es por alguna foto de estudio en la que posan elegantemente.

Este es un asunto – el de la huella de las generaciones – que se ha revolucionado en poco tiempo para pasar del casi nada a la abundancia: una abundancia tal, que sólo la miniaturización y la virtualidad de la informática hoy nos permiten un cierto control de los excesos. Y no sólo en imágenes, por mucho que éste sea el asunto central de mi presente artículo. Hoy todo el mundo escribe aunque sea destruyendo de paso nuestro bello idioma, así que cada vez resulta más difícil aportar alguna idea, por lo cual no sería de extrañar que se acabe volviendo como reacción a una mayor sencillez y austeridad en este aspecto.

En efecto, es ahora el caso que todo el mundo fotografía cuanto pìlla y no me refiero sólo al entorno familiar. No resulta infrecuente, por ejemplo, ver en “Facebook” primeros planos de aquella paella tan apetitosa y aquellos pinchos espectaculares que alguien tuvo la dicha de disfrutar en un momento de relajación. Nada escapa a la voracidad sobre todo de los jóvenes fotógrafos, que buscan el encuadre de cada acontecimiento de sus vidas. Incluso se ha puesto de moda, como ustedes bien saben, la paliza de los autorretratos, para más inri denominados ”selfies”, pues, como es notorio, aun en unas mismas circunstancias la preferencia está en adjudicar nombres ingleses a las manías adquiridas. Hasta hay gente que viaja y se pasea con un cacharro a cuestas para facilitarlo.

Es mi opinión que el desarrollo actual radica sobre todo en el invento de esos híbridos de todo que son los actuales teléfonos “inteligentes”, que nos ofrecen la posibilidad de ser utilizados para grabar la actualidad vivida en fijo o en pleno movimiento. Y esto es algo que crea costumbre y hasta vicio como ocurre con las almendras y las pipas, que, cuando uno las prueba ya no puede parar aunque pretenda hacerlo.

En efecto, la tecnología nos permite hacer casi lo que nos da la gana sin pagar un ochavo. No hay que comprar carretes, ni llevar el rollo para revelarlo, ni conservarlo para futuras copias; podemos guardar lo fotografiado sin que nos ocupe más espacio que la pura capacidad de almacenamiento provisional de nuestra máquina. Y podremos nosotros mismos retocar cada foto, y presentar una serie en nuestro ordenador con música de fondo o en la gran pantalla de forma que dé gloria verla, y ampliar aquellas fotos diminutas de antaño, y añadir datos e incluso comentarios para identificar a los personajes y el lugar en que se encuentran. Y poner las fotos en color, en blanco y negro o sepia. Y confeccionar unos preciosos álbumes. O hacer copias en papel en las tiendas especializadas, para lo cual bastará con poner nuestra máquina al costado – sin contacto – de la que registrará su contenido para, automáticamente, reproducir las fotos elegidas.

Y, sobre todo, ni siquiera necesitaremos una máquina específica, sino que, como ya he señalado, podremos utilizar – oh, maravilla – nuestro propio “teléfono” portátil, que esto parece broma. No necesitaremos ni siquiera una planta de energía para alcanzar los satélites y comunicarnos con cualquier otro punto del planeta, a donde podremos remitir sobre la marcha la importante visión de la paella o de aquellos atractivos pinchos que comimos. Claro que también podremos preguntar a nuestros allegados si les gustaron las fotos remitidas y recibir inmediata respuesta por escrito. Y verlos a ellos ya directamente tal como están en Mozambique… Sí; evidentemente no hay que ser lo que se dice “rico” para llevar la vida en un bloc – o blog – y dejar huella.

Pero aún así nos quejaremos de la imperfecta sociedad de nuestros días.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/8/7435/27706421680_2ae93b5494_b.jpg

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

Más en Tres foramontanos en Valladolid

Mobile Version Powered by