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Simplemente, Ponce

Tres foramontanos en Valladolid 17 Jul 2016 - 07:29 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Roberto Domingo) (*)

El cartel taurino ya lo anunciaba: el matador no sólo estaba dispuesto a enfrentarse por sexta vez a una interminable y peligrosa punta de seis toros en una misma tarde, sino que él mismo se nos mostraba vestido de esmoquin y agarrando la capa en una estampa chocante por contradictoria; una especie de “collage” con el que pretendía demostrar de lo que sería capaz; algo parecido a los famosos “retratos psicológicos” de Alberto Schommer Koch.

Osadía llamaba yo a este gesto ofrecido a los aficionados galos, pues si ya es osadía plantarse delante de a seis morlacos cualquiera de los cuales puede dejarle a uno fuera de combate, más lo sería aventurar que el respetable público podría disfrutar, no ya de una pelea más o menos lucida, sino de las exquisiteces de un arte refinado. Y más aún cuando el torero – Enrique Ponce, a quien he estado a punto de dar el título de “don” – era un veterano de la tauromaquia que disfruta de la placidez de un buen vivir y no tiene necesidad de mejorar currículo.

Duro debe ser para un buen padre de familia casado con una mujer de bandera y con dos hijas – un hombre que no necesita para nada tal esfuerzo – levantarse con la preocupación de vestirse de luces para lidiar sucesivamente seis astados por la tarde con la mirada de los entendidos pendiente de cada uno de sus lances; esto es, dejar innecesariamente el confort y la tranquilidad del dulce hogar para ir no sólo a jugarse la vida, sino a poner a prueba un nombre ya de sobra conocido y prestigiado. Pero la osadía tiene un buen motivo para un triunfador consolidado: el de superar un reto que quedará para la historia; la posibilidad de un más difícil todavía.

Y tan seguro debería estar el maestro de su capacidad para entusiasmar al respetable, que urdiría un espectáculo deslumbrante; algo hasta hoy no pretendido. Y las arenas de Istres serían escenario de algo que traspasaría las fronteras: una tarde de toros para un solo hombre en la que la lidia se combinaría con otras expresiones del arte, en este caso acompañamientos musicales. Para hacer ver que la emoción no se circunscribiría al tipismo hispánico encerrado en los límites de los cosos taurinos, cada faena iría acompañada de una partitura diferente, entroncando así la pasión del arte de Cúchares con una sensibilidad universal: en el primer toro sonarían los eficaces compases de “La Misión”; en el segundo, los de “Río Bravo”, y en el tercero, los de “1492. La conquista del Paraíso”; en los tres casos una sugerente música de fondo cinematográfica. Para en el cuarto toro, hacer entrar la “Caridad del Guadalquivir”, marcha procesional que traería perfumes andaluces, y con el quinto, los aires parisinos del “Águila negra” de Barbara; que al fin y al cabo estábamos en Francia. Y ya como remate, para acompañar al sexto de la tanda, nada menos que el “concierto de Aranjuez”, partitura a tono con la elegancia de este hombre capaz de convertir la arena en el piso de un salón de baile.

¡Qué seguridad en sí mismo la de este Enrique Ponce, tan seguro de su dominio de la lidia que fue capaz de añadirla tal refinamiento! No tendríamos aquí tan sólo la emoción del gladiador, del dominio sobrecogedor de quien es capaz de torear despacio y cerca, como fundido con la amenaza de la muerte – que esto es lo que conocemos, por ejemplo, de Manolete y ahora de un José Tomás – o con la gracia de los maestros sevillanos – sin ir más lejos, de Curro Romero o Pepe Luis, que es como un arte pinturero y de detalles – porque en Ponce el dominio es tan auténtico y total que permite olvidar que a tan sólo centímetros de él, sigue estando, como siempre, cada tarde, la posibilidad de una muerte legendaria. Y así veríamos un clasicismo puro que en el anfiteatro de Istres merecería nada menos que ocho orejas más dos rabos, uno de ellos simbólico: el de un toro indultado tras el cual el diestro desaparecería brevemente para reaparecer como en la foto del cartel: de esmoquin y con la capa desplegada entre sus manos.

Supongo que algunos diletantes criticarán el gesto de quien, tras culminar con éxito total las cuatro primeras faenas, es decir, cuando acaba de indultar a un toro, tuvo el gesto de salir al ruedo ataviado como para un baile de gala, pero a mí ésta me parece una genialidad muy significativa: algo parecido al clásico desplante. Un “ahí queda eso” de aquellos que rematan una buena serie con un toque de chulería para demostrar serenidad y dominio de la situación. En este caso, osadía apuntada ya desde el cartel taurino anunciador de la corrida; un detalle castizo como para alardear muy quedo, a su manera, de la elegancia y la facilidad de su toreo. Que sólo Ponce puede permitirse algo como esto: torear vestido “de paisano» con toda naturalidad; como si bailase con el toro.

Estoy seguro de que cualquier persona culta que entienda lo que es el toreo y sepa lo que lleva dentro aplaudirá la elegante osadía de anunciar una tarde de gloria en la que el diestro fundirá la lidia con la música en busca de una expresión total superadora de tradiciones y de técnicas; esto es, de, vivir simplemente esa cosa profunda, polifacética y total que conocemos como “el arte”. Y conseguirlo.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/8/7697/27789118976_b49c656dfc_o.jpg

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