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Desenmascarando a los falsarios

Tres foramontanos en Valladolid 24 Jul 2016 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Ricardo publicada en El Mundo el pasado día 14 de julio) (*)

Entre los dimes y diretes, vaciedades y mentiras con las que a diario nos obsequia alguno de nuestros políticos actuales, emerge como esencial la afirmación de que sus programas no tienen nada que ver en absoluto con los de su adversario más conspicuo; y hay que ver con que énfasis lo afirma, como deseando dejar claro que en nada se parecen uno y otro. Y esto le da pie sin más para negarse a intercambiar con él siquiera una palabra. “No” es “no”, nos asegura.

Bueno, pues esa es, ya de entrada, una premisa falsa de toda falsedad. Podía ser cierta quizás si el que se expresara de esta forma fuera un marxista leninista de los que en su día se empeñaron en aportar a nuestra historia las checas, los “paseos” y las quemas de templos; quienes fueron capaces de amenazar de muerte a la cabeza de la oposición parlamentaria para luego cumplir sus amenazas; quienes osaban afirmar que la democracia sólo valía cuando ganaban sus amigos. Mas no lo es ahora afortunadamente, pues para evitarlo ya definitivamente se hizo el esfuerzo de instaurar la paz y la moderación en toda Europa, y con ello la posibilidad de progresar sin sobresaltos donde hasta entonces se habían generado nada menos que dos guerras mundiales y un sinfín de conflictos de diversos tipos y modalidades.

Así llegamos a establecer un bipartidismo de matices, o, dicho de otra forma, una coincidencia de la mayoría en lo esencial. Y para lograrlo hubo que aceptar determinadas cosas y deshacerse de algunos prejuicios. Para empezar, el marxismo y su lucha de clases serían relegados al olvido, y con ello también algunas otros manías ancestrales como, por ejemplo, la ridícula inquina contra la Organización del Tratado del Atlántico Norte; esto es, contra la modélica expresión de la unión de unos países libres decididos a defender su libertad. De renunciar, en fin, a un “postureo” que nos situaba en el lado más cateto y cutre de la Europa en que pretendíamos integrarnos. Pensábamos entonces que esta equiparación a los países más avanzados del planeta nos preservaría de otra serie de males, y que ni se nos ocurriría caer de nuevo en las inveteradas tentaciones de los separatismos y los odios o en las soluciones revolucionarias. Añadamos que la cosa no pudo salir mejor: España sería admirada por su sensatez, y nuestro potencial humano y material empezaría a hacerse ya evidente. Recordarán ustedes que, rizando el rizo, un político español perteneciente a ese partido. tradicionalmente contrario a la OTAN, llegaría a a ser secretario general de la Organización Atlántica y hasta a ejercer el cargo con decisión y acierto.

Pero esto no es más que un ejemplo significativo, pues durante cuarenta años fuimos capaces de convivir en paz y progresar en casi todo de forma destacada. Llegamos, incluso, con el valioso apoyo de la Unión, a instaurar entre nosotros u¡na “Sociedad del Bienestar” a la que ya nunca más renunciaremos. De ahí que resulte sorprendente ver como resurgen fórmulas más propias del pasado siglo; nuevas versiones de movimientos revolucionarios que sojuzgaron a los ciudadanos; recuelos que hoy rebrotan en algunos otros lugares del planeta con los conocidos resultados de carencias y de falta también de libertad.

Mas aun hay quienes aplaudirán que aparezcan movimientos como estos y que ya no prevalezca un bipartidismo que tan buenos resultados dio hasta ahora. Nos dirán que es magnífico que ya no exista y que, además, hay que extirpar la corrupción que se produjo aprovechando aquellas vacas gordas. Bueno; pues hagámoslo, que así eliminaremos no ya vicios recientes sino de toda la vida, aprovechando que nuestros denostados gobernantes pusieron en marcha medios y recursos cuya eficacia vemos cada día en los juzgados. Será, pues, cuestión de mejorar el sistema en la medida en que proceda, pero no enterremos lo bueno que teníamos.

Para lograr lo cual digo yo que lo primero será no cerrarse como se cierra alguno a hablar con el vecino proclamándose luego más demócrata que quien inventó la democracia. Hasta parece mentira que alguien se atreva a hacerlo sin ser desautorizado acto seguido por su inconsecuencia, pues justificar con un timbre de gloria que su partido no tiene la menor similitud con el de la competencia ni es cosa conveniente ni se ajusta a la realidad de España, ya que si lo que se dice fuera cierto, los españoles no habríamos podido convivir en la armonía en que vivimos los últimos cuarenta años de nuestra historia más reciente.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/9/8567/28338037986_d5cba1ff38_b.jpg

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