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“Los desastres de la guerra», de Goya, en la Casa Revilla

Tres foramontanos en Valladolid 29 Jul 2016 - 07:25 CET
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Por José María Arévalo

( Los desastres de la guerra, n.º 33: «¿Qué hay que hacer más?») (*)

La vallisoletana Sala de Exposiciones de la Casa Revilla presenta “Los desastres de la guerra”, una colección de ochenta grabados de Goya que se puede visitar hasta el 28 de agosto. En realidad Francisco de Goya la llamó “Fatales consecuencias de la sangrienta guerra en España con Bonaparte y otros caprichos enfáticos” «La característica principal de ‘Los desastres’ – explicaba Tomás Paredes, profesor, escritor y presidente de la Asociación Española de Críticos de Arte (AECA), en la presentación de la exposición- es que se convierte en el mayor testimonio contra la guerra que jamás se ha hecho en la historia del arte, ni si quiera Picasso con el ‘Guernica’ o ‘La matanza de Corea’ logró algo así»,.

«Durero, Rembrandt y Goya son los mejores grabadores de la historia. Goya era un intelectual que trabajaba con las manos», señaló Paredes. Fue durante la Guerra de la Independencia Española cuando Goya recibió el encargo de viajar a Zaragoza para representar el estado de la ciudad tras las batallas acontecidas y, asombrado por la gravedad de la situación, decide alejarse de la actitud plasmada en ‘Los caprichos’ porque los monstruos que producía el sueño de la razón, también los ha producido la guerra.

Sobre “Los desastres” hay mucha información en la red, la más redonda me ha parecido la de Wikipedia, que pasamos a resumir. Los desastres de la guerra –explica- es una serie de 82 grabados del pintor español Francisco de Goya, realizada entre los años 1810 y 1815. El horror de la guerra se muestra especialmente crudo y penetrante en esta serie. Las estampas detallan las crueldades cometidas en la Guerra de la Independencia Española.

( Vista de la exposición. Foto en El Norte de Castilla) (*)

En vida de Goya sólo se imprimieron dos juegos completos de los grabados, uno de ellos regalado a su amigo y crítico de arte Cea Bermúdez, pero permanecieron inéditos. La primera edición apareció en 1863, publicada por iniciativa de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Siguieron otras en 1892, 1903 y 1906.

Goya, que vivía en Madrid, emprende un viaje a Zaragoza entre el día 2 y el 8 de octubre de 1808 a petición del general Palafox para conocer y representar los sucesos de los Sitios de Zaragoza. En el transcurso de este trayecto pudo contemplar escenas de guerra que se reflejan también en otros cuadros como Fabricación de pólvora en la Sierra de Tardienta y Fabricación de balas en la Sierra de Tardienta (Patrimonio Nacional), cuya ejecución es contemporánea a la serie de los Desastres de la Guerra.

( Portada de la primera edición (1863) de Los desastres de la Guerra) (*)

Desde octubre de 1808 Goya dibujó bocetos preparatorios (conservados en el Museo del Prado) y, a partir de estos y sin introducir modificaciones de importancia -aunque estas leves variaciones hicieron desaparecer elementos anecdóticos en favor de una mayor universalización y mejoraron la composición a la par que incidieron en el rechazo de los aspectos convencionales de la muerte heroica-, comenzó a grabar las planchas en 1810, año que aparece en varias de ellas. El hecho de que no fueran publicados en estos años puede responder, según Glendinning, a la feroz crítica que las últimas estampas hacen del régimen absolutista.

La técnica utilizada es el aguafuerte, con alguna aportación de punta seca, bruñidor y aguada. Apenas usa Goya la aguatinta, que era la técnica mayoritariamente empleada en los Caprichos, debido probablemente a la precariedad de medios materiales de toda la serie de los Desastres, que fue ejecutada en tiempos de guerra.

( Los desastres de la guerra, n.º 5: «Y son fieras». Una de las primeras estampas de la serie muestra la participación valerosa de la mujer durante la guerra, incluso una de ellas sosteniendo en el otro brazo a su hijo) (*)

Las estampas tuvieron inicialmente el propósito de constituir un álbum patriótico, en consonancia con la petición de Palafox, pero, conforme adelantaba su trabajo Goya amplía los temas para abordar todo tipo de desgracias y sucesos de la guerra provenientes de cualquiera de los dos bandos, pues en muchas de las estampas no es posible identificar quienes son los autores de los horrores. Incluso se acerca a la situación política de la posguerra en las últimas estampas, como las de los denominados «Caprichos enfáticos».

La cohesión temática de los Desastres, en la que no se aprecian discontinuidades temporales entre los asuntos de sus tres partes, vendría a confirmarlo. Las enumera así Wikipedia:

Primera parte (estampas 1 a 47), con estampas centradas en la guerra.

Segunda parte (estampas 48 a 64), centrada en el hambre, bien sea consecuencia de los Sitios de Zaragoza de 1808 o de la carestía de Madrid entre 1811 y 1812.

Tercera parte o «Caprichos enfáticos» (estampas 65 a 82), que se refieren al periodo absolutista tras el regreso de Fernando VII. En esta sección abunda la crítica sociopolítica y el uso de la alegoría mediante animales.

( ¡Fiero monstruo!», Desastres de la guerra, n.º 81) (*)

Al igual que sucedía en Los Caprichos, Goya establece relaciones temáticas entre las distintas estampas, y de ello son muestra los epígrafes. Así, la estampa número 10, titulada «Tampoco» no se entiende sin la número 9 «No quieren», en la que vemos a un soldado francés forzando a una mujer. También en la estampa «Tampoco» las mujeres que están siendo violadas «no quieren» serlo. La continuidad del asunto está presente en la secuencia de los textos escritos al pie. Y no acaba aquí, pues la undécima, «Ni por esas», completa la trilogía de mujeres violentadas.

En otros casos se dan relaciones de causa-efecto o de continuidad narrativa en el tiempo. Un grupo de estampas (de la 2 a la 11) muestran la violencia, y a partir de la 12 («Para eso habéis nacido») abundan las escenas de muertos o ajusticiados o de desplazados que huyen de la guerra en las estampas 44 («Yo lo vi») y 45 («Y esto también»), donde, por cierto, además de ratificar lo dicho antes acerca de la continuidad de los epígrafes, Goya afirma, con ellos, que es testigo presencial de los hechos, que actúa como un «reportero» sobre el terreno.

Además de la unidad, en el grabador aragonés destaca también lo variado de los temas. Así los muertos pueden ser caídos en acción de combate (donde destaca el valor de la mujer, como en los números 4 «Las mugeres dan valor» y 5 «Y son fieras»; o la conocida número 7, «¡Qué valor!», que representa a Agustina de Aragón o a Manuela Sancho disparando el cañón.

La mayoría de las estampas de la primera parte representan ajusticiados, unos sin procedimiento legal alguno («Con razón o sin ella», n.º 2; «Lo mismo», n.º 3; «¿Por qué?», n.º 32); otros tras una justicia sumaria («Por una navaja», n.º 34 y «No se puede saber por qué», n.º 35, al que sigue el ahorcado de «Tampoco», n º 36); e incluso cruelmente linchados, como en «Populacho» (n.º 28), descuartizados en la 33 «¿Qué hay que hacer más?», o empalados en la n.º 37 («Esto es peor»).

A partir de la estampa 48 las muertes se deben a las consecuencias que la guerra tiene en la sociedad. Hay fallecidos a causa de la enfermedad, el frío y la inanición: «Al cementerio» (n.º 56), «Carretadas al cementerio» (n.º 64); congelados en «Las camas de la muerte» (n.º 62) y, quizá por todas estas causas juntas, «Muertos recogidos» (n.º 63).

La muerte es el tema más constante en todas sus formas y circunstancias. Todos comparten la condición de víctimas, desde los franceses ante las mujeres o el populacho, hasta los frailes («Esto es malo», n.º 46 y «Así sucedió», 47), si bien no aparecen, entre aquellas, dignidades eclesiásticas, clases dirigentes, ni alta burguesía; más bien al contrario, gozan de tratos de favor, como se puede observar en la número 61, donde «Si son de otro linage», se ven favorecidos de las autoridades francesas.

Esta línea de denuncia política será la predominante en la tercera parte a partir de la estampa 65, en el segmento denominado «caprichos enfáticos», donde el asunto se traslada a la crítica de las clases sociales adictas al nuevo régimen absolutista imperante. Así, se critica la devoción por reliquias e imágenes en las estampas número 66 y 67 respectivamente: «¡Extraña devoción!» y «Esta no lo es menos» o a los nuevos secuaces de la restauración absolutista en España en «Contra el bien general» (n.º 71).

Como traslucen los grabados finales («Murió la Verdad», n.º 79 y «¿Si resucitará?», n.º 80) la gran víctima de la guerra es la Verdad. De todos modos, en la estampa 82 -«Esto es lo verdadero»- y a modo de epílogo, alumbra la esperanza en la unión del pueblo campesino, símbolo del trabajo productivo, y la figura de La Verdad.

Los desastres de la guerra suponen una visión de la guerra en la que la dignidad heroica ha desaparecido y este es una de las características de la visión contemporánea de los conflictos. Lo único que aparece en Goya es una serie de víctimas, hombres y mujeres sin atributos de representación, que sufren, padecen y mueren en una gradación de horrores. Se trata de una visión de denuncia de las consecuencias sufridas por el hombre en tanto que ser civil, despojado de simbología y parafernalia bélica. En este sentido se puede ver como una obra precursora de los reportajes de guerra de la prensa actual comprometida con las catástrofes humanitarias.

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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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