Por José María Arévalo

( La talla de San Miguel Arcángel después de la “restauración”. Foto de El Norte de Castilla) (*)
Me ha hecho recordar mi experiencia en la materia la noticia, estos días, de que un espontáneo ha destrozado una talla del siglo XVII al intentar restaurarla, concretamente una talla de San Miguel Arcángel, una representación del patrón del municipio de Peñaranda de Bracamonte que se encuentra en la ermita del Humilladero de esta localidad salmantina. Como en el caso del ‘Ecce Homo’ de Borja, el vecino intentaba restaurar la obra, y se la ha cargado. Toda la policromía original ha quedado oculta bajo una capa de pintura aplicada por el aficionado, y el pelo y los rasgos del santo son ahora difícilmente reconocibles.
La Asociación de Conservadores y Restauradores de Castilla y León ha puesto el grito en el cielo, y ha reclamado medidas que impidan este tipo de situaciones para que «el patrimonio histórico y artístico no caiga en manos de personas que no tienen ni la formación ni la experiencia necesaria para realizar estos trabajos».
El triste suceso me ha hecho revivir los pinitos que yo también realicé en materia de restauración, pero, claro, con obras mías y no de tanto valor. Cuando traté de mejorar un retrato que había pintado de mi mujer, cuya tez quedaba demasiado clara sobre todo en comparación con otros retratos antiguos que cuelgan de la misma pared de mi sala de estar. Por cierto que tengo que limpiarlos, ya que llevan más de cuarenta años colgados sin otra limpieza que la habitual de pasar el plumero; un compañero me aconseja aplicar con cuidado una muñequilla con agua destilada, pero no acabo de lanzarme. Al cuadro de mi mujer le apliqué un barniz de tono, con tan mala suerte que le hice un rasgado que he tenido que tapar, y además da unos brillos, según le caiga la luz, horrorosos, de forma que tengo que aplicarles un quitabarnices –que creo los hay- un día de estos.
Digo que he hecho pinitos de restauración con obras mías, pero lo cierto es que una vez me atreví con un reloj antiguo de un buen amigo mío, que me había oído hablar de los relojes antiguos de mi casa que yo había puesto en marcha, y se atrevió a encomendarme el suyo, a ver qué podía hacer. Los relojes, cuanto más antiguos, menos complicados y, en principio, si no le faltan piezas, más fáciles de poner en marcha, como hice con dos Moré de mi suegra, que quedó encantada, y otro más antiguo aún, montado en madera, muy simple, al que tuve que fabricarle un pendulito. Pero el de mi amigo no era tan antiguo, un reloj de cuco que desmonté y, después de ver donde estaba el problema, ya no supe volverlo a montar. Se lo tuve que devolver con todas las ciento y pico –no tantas, a mí me lo parecía- ruedecillas que tenía, metidas en una bolsita. El profesional que hubo de recuperarlo le preguntó a mi amigo cómo me había atrevido a desmontarlo. Ya ves, creí que sabía algo –le contesté-. Nunca más.

( El ‘Ecce Homo’ de Borja, antes y después de la “restauración”) (*)
Distinto es el trabajo que hacemos los acuarelistas más introducidos, cuando un compañero novato nos pide que le mejoremos una acuarelilla que acaba de realizar y le parece un churro. Como la acuarela no se puede retocar, siempre avisamos del peligro de meter de nuevo mano, aunque sea más experta. Al menos le servirá para aprender algo, si no sale otro producto peor, que también puede ocurrir. ¡Cuantas veces echamos un cubo de agua sobre una acuarela que ha quedado chunga, para limpiarla y tratar de conseguir algo¡. Pero en tal caso, el autor es libre de estropear su obra, si no le convence, asumiendo el riesgo.
Así que no basta tener ciertas habilidades, señor vecino de Peñaranda de Bracamonte, hay que saber. Y más con obras de arte ajenas. Para que no le pase lo que le ha pasado, y esté en boca de todos. La alcaldesa del municipio, Carmen Ávila, ha calificado de «lamentable» la intervención y ha sentido no tener competencias en materia de restauración de imágenes religiosas. Y ha subrayado –dice la noticia de El Norte de Castilla- la importancia del tratamiento del patrimonio cultural y artístico, y, por ende, que este sea llevado a cabo por «quien corresponda y no cualquiera que lo ponga en peligro».
En la misma línea, la secretaria de la Asociación de Conservadores y Restauradores de Castilla y León, María Luisa López, ha insistido en que este tipo de trabajos solo deben llevarlos a cabo personas con la titulación y el reconocimiento correspondientes y no «voluntarios que tienen buena disposición, pero no los conocimientos necesarios».
Además, ha aprovechado para denunciar el hecho, dice, de que a partir de la crisis se ha producido una desatención del patrimonio religioso de los pueblos. Pero este de nuestro extraordinario y gravoso patrimonio artístico es ya otro tema mucho más complejo, que ya hemos tratado alguna vez en estas páginas. Hace muchos años se me rasgaron las vestiduras cuando vi, en la comarca palentina de Mudá, unas pinturas murales góticas que al parecer estaban restaurando los vecinos en la iglesia parroquial, y añadiendo mucho de su cosecha con la escusa de que estaban muy deterioradas. La falta de medios económicos aboca a estas cosas, y esto no es de ahora, de la crisis, viene de toda la vida, porque es más un problema cultural.
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(*) Para ver las fotos que ilustran este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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