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Una ingobernabilidad que se ganó a conciencia

Tres foramontanos en Valladolid 07 Ago 2016 - 07:26 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Caín en La Razón del pasado día 30 de julio) (*)

Denunciaba yo en mi último artículo la perversión de que un sentimiento noble y natural como es el patriotismo se hubiera convertido en asunto político y por tanto sujeto al debate y la polémica. Que el reconocimiento de pertenencia a una nación sea ya, por lo visto, algo molesto; que dar valor a una aventura humana que imprimió carácter sea una cosa impropia para nuestros días y obstáculo para sentirse libres, y que el esfuerzo de generaciones sucesivas, incluida la de nuestros propios padres, tenga que ser arrojado cuanto antes al olvido. Fuera la tradición, por tanto. Sí, señores, llegado por fin el turno de los listos, estos pondrán las cosas en su sitio y en él no habrá lugar para pamplinas. Por lo visto, la transición fue un apaño de torpes componendas, y algo muy parecido el gran proyecto de la Unión de Europa. Hasta la “Sociedad del Bienestar” sería tan sólo un lema.

He de señalar que el “postureo” actual respecto a la palabra y la noción de patriotismo no es sólo fruto de las especulaciones de unos pretenciosos sacamuelas encerrados en una universidad desprestigiada, sino que ya habían calado en nuestra sociedad bastante antes. Quiero decir con ello que quizá sus nuevas pero casposas teorías sean más bien el resultado del ambiente: había que rechazar cualquier signo que se identificara con los vencedores de una guerra civil porque era el turno de los perdedores. Era la hora, sí, de la revancha. Fíjense ustedes en lo que nos costó lograr el gran acuerdo de la transición, y nos la cargamos luego con el paso por el gobierno de un personaje de todos conocido que aún anda moviendo el rabo por América con un equívoco papel de “pacificador”.

Él fue, en efecto quien promovió desde el poder, no sólo el regreso del odio entre las supuestas “dos “Españas” sino también la inmersión de nuestra sociedad en el relativismo. Para él una sociedad libre era una sociedad carente de principios que no admitiría la existencia de referencia alguna y en la que la verdad sería aquello que conviniera a cada uno o lo que cada uno apeteciera. Y este principio sería aplicaba hasta en cuestión de sexo, que es ya rizar el rizo del absurdo. Hasta el concepto de “nación” era para él discutible y discutido, cuanto más el de Patria común, el de respeto a nuestros padres, el de orgullo por lo que ellos nos legaron, el de fraternidad entre los españoles. Era el momento además de eliminar la religión, generadora de amor y de perdón, clave para entendernos a nosotros mismos y también, naturalmente, al prójimo; para enfocar la vida con sentido. Pues bien, en plena campaña electoral el referido prócer se atrevió a proponer a nuestros escolares. “menos religión y más gimnasia”.

Y así andamos, porque el imperio de la tecnología ha contribuido poderosamente a que el relativismo se extendiera hasta copar la escena. Varias veces he expresado yo la percepción de que, efectivamente, ya casi nadie ve la realidad directamente, o sea tal como es, sino a través de las pantallas, donde nos dictan qué debemos comprar y no comprar, lo que es bueno y lo que es malo, lo que nos conviene y lo que no. Nos dice incluso a quien hay que votar. Así que la cosa está bien clara: hablar de patriotismo parece ser hoy absolutamente improcedente. De ahí el caos que ahora vivimos y del cual podría ser un buen ejemplo la situación política.

Se comprende que en estas circunstancias la “ciudadanía” haga ascos a un sentimiento natural y noble como el patriotismo, esa expresión de humildad y generosidad. ¿Cómo no los va a hacer si en el ambiente está que nada hay permanente, cuando no se reconoce nada bueno de una época en la que, sin embargo, España se declaró neutral y en paz ante una gran contienda, se sentaron las bases para que se desarrollara una potente clase media y se dictaron muchas de las leyes de carácter social que hoy disfrutamos? ¿Cómo van a atreverse siquiera a mencionar esa palabra de uso común y común ejercicio en los países más avanzados del planeta quienes contemplan asombrados la abundancia con que se cultivan todas las expresiones del rechazo y del odio, de la desunión y del enfrentamiento; cuando se aplauden los chistes sobre la desgracia ajena, se entra a saco en los callejeros para tachar mejor cuantos más nombres, se retiran los símbolos de las instituciones del Estado, se quiere suprimir cuanto se ha hecho para salir de la amenaza de un crisis, y se niega hasta la conversación tan sólo por marcar la diferencia? ¿Cómo vamos a sentirnos compatriotas comúnmente responsables de nuestro presente y de nuestro futuro si renegamos de entrada de nuestra propia Historia?

En fin, así ya se comprende casi todo; por ejemplo, algunas aberraciones sorprendentes. Como la de que, cuando ya abjuramos de nuestro patriotismo, algunos de quienes más contribuyeron a que esto sucediera, animados por las posibilidades que les ofreció nuestro funesto gobernante, lo utilizan arteramente en las escuelas y universidades para formar adeptos y para hacer exhibición de poderío en nuestras calles embanderándose hasta las orejas mientras la mayoría, neutralizada por falta de convicciones y principios, se limita a contemplar la escena mansamente como expresión normal de democracia.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/9/8359/28641079722_9dcdee792a_b.jpg

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