Por Carlos de Bustamante

( Paloma. Óleo de Ignacio Pinazo. Colección particular. Valencia. Pintura.aut.or. 34 x 30 ) (*)
Pues sí, Srs. , porque he hablado -escrito- del voto útil, de tolerancia, de los males mayores y menores, del lo que algún despistado cree homofobia, de hasta a quién y por qué voté…. He hablado –escrito, en fin, de la “intemerata”. ¡Ay mísero de mí, ay infelice! Que creí agotados éstos y otros muchos rezongamientos que ahora no recuerdo. Infelice, porque ingenuo, pensé que podría poner el dedo en la llaga de lo divino y humano y desfacer así algún entuerto.
Creo recordar, que les dije alguna vez que los acontecimientos políticos, económicos, humanos, religiosos… se sucedían a velocidad de vértigo. Más que infelice…, si el vértigo- con vistas al que se vislumbra- es aquí y ahora, como nuestro vallisoletano “tren burra” de nuestros felices años (repítanlo si les place) de la guerra y postguerra en defensa de nuestros irrenunciables valores.
¿Dónde aquél orden, dónde aquélla disciplina que generó el increíble, para los que no lo vivieron, progreso. ¿Dónde el respeto, el pudor, la cortesía, el arte del bien mandar? ¿Dónde la obediencia para reconstruir una España rota y castigada hasta el límite por el comunismo-marxista-leninista sin ocurrencias absurdas surgidas a “bote pronto”? ¿Dónde, dónde, dónde…? Nos preguntamos una y otra vez los mayores y sufridores del odio al fin “derrotado, cautivo o desarmado”?
Como el suma y sigue es interminable y el horizonte se presenta negro de los nubarrones que anteceden a la tormenta, opto o pretendo optar por hablar –escribir- de “pájaros y flores”. Pues vamos…:
Desde el observatorio que es ahora el balcón de la habitación donde trabajo, llevo unos días en que contemplo algo -para mí, más de campo que las amapolas- insólito. ¡Una paloma torcaz que se posa sobre los barrotes de forja! Y es insólito, porque tengo muy vivo el recuerdo -¡ay!- de mis años mozos de cazador en los que con parecidas ansias venatorias como amor y admiración por las diferentes especies objeto de la persecución implacable, recorrí páramos, laderas, riberas, pinares, ondulaciones y cuestas pinas de gran parte de estas tierras de pan llevar. Cuando cansado, pero nunca exhausto, regresaba a casa con mejor o peor fortuna en el morral, y tras recorrer de alto en bajo, trochas, montes y morenas daba mi última “mano” por el entrañable pinar de la Dehesa de Peñalba “la Verde”, nuestra labranza familiar.
¿Han visto ustedes, cómo avanza un felino en la selva en busca de su presa? Pues poco se diferenciaba en la forma de caminar del Rezongón en busca de las bravías palomas torcaces que buscaban descanso o refugio en la negrura de las copas de los enormes pinos “negrales” (piñoneros). Les aseguro que el caminar era tan silencioso-sigiloso, que ni aun los tamujos (hojas de los pinos), resecos por “la calor” crujían con las pisadas del “atila” que las hollaba. Ni los búhos, lechuzas o ardillas se percataban de la presencia del temeroso depredador-cazador. Ninguno, excepto las “torcazas” (palomas torcaces), que ojo avizor siempre, “las tías”, levantaban con estrépito el vuelo con tan fuerte batir de alas que era el cazador quien más se soliviantaba.
No todas las veces con el vuelo clamoroso la esquiva ventruda-pechugona torcaz se iba “a criar”, porque, con la aproximación del felino, la caña que escupía fuego, frenaba en el acto -¡qué bárbaro!- la huida de ave tan evasiva como majestuosa. Dando “pingoletas” en el aire, caía entre los tamujos y flores de tomillo y romero que alfombraban el pinar perfumado de tan gratos olores; lo que, unidos al de la pólvora, definían la afición del adolescente depredador. El hoy Rezongón, se pregunta, más que asombrado perplejo: ¿Cómo es posible que un ave que fue creada para mirar al sol de hito en hito, de estar siempre ojo avizor ante la proximidad del hombre, se avenga a buscarlo ahora en la gran ciudad? ¿Viene acaso a disputar con los gorriones y palomas urbanas los yeros, algarrobas y semillas con que llenar el buche que ya no encuentra en su hábitat natural? ¿Se habrá dado acaso un pacto de reconciliación del que los humanos no somos capaces? O peligroso, ¿también en la naturaleza cambiarán las costumbres ancestrales como el hombre lo pretende con el que llaman “gender” o el disparate de la tergiversación del “género”? Ver para creer.
Para que no se quede el lector –y más si es “animalista”- con mal sabor de boca por el crimen venatorio de la inteligencia contra el sólo instinto, he de quitar hierro al relato con el hecho, repetido si no siempre, sí con frecuencia, que trepando pino arriba, buscaba con afán si la torcaz dejaba desprotegido el nido con los frecuentes pichones. Si los “hallaba”, con similar pasión, o incluso superior a la puesta en la caza implacable la volcaba luego en criar con cariño y esmero a las criaturas huérfanas. De la habitación, intocable, donde cuidaba, pichones de torcaces, zuritas, pollos de perdiz, gazapillos rescatados, huérfanos de las madriguera etc, etc, “en llegando” a edad adulta, volvían, ¡libres!, al habitat del que salieron por el que hoy, no sería capaz de matar casi ni una mosca. Y menos a cañonazos…
Porque aún quedan más pájaros y flores que asombraron al otrora cazador, será en e el próximo, si Dios es servido.
Por si hubiera alguna similitud, digo, e incluso hoy me permito aconsejar, que, por lo que más quieran no dejen huérfanos o eliminen a los humanos en el “nido materno” como pudo hacer y no hizo este rezongón en ¡el siglo pasado!
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/9/8822/28608724995_108ac67c60_b.jpg
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