Por Javier Pardo de Santayana

( Billete iraquí de 250 Dinars) (*)
Recordarán ustedes el revuelo que se armó sobre las armas de destrucción masiva de Sadam Hussein. El tema suscitó toda clase de opiniones y polémicas, provocó declaraciones altamente inculpatorias y feroces ataques de los medios, y hasta puso en jaque a los más altos mandatarios norteamericanos. No hace sino unos meses que el asunto aún salpicaba a un antiguo primer ministro inglés.
El asunto radicaba en la justificación utilizada desde Washington – y de refilón, por los dirigentes de otros países importantes – para lanzar una campaña de acoso y derribo contra aquel tirano. Contestada por algunos aliados europeos y a su cabeza por Chirac (¿o más bien Chirak?). presidente de la República Francesa, las discrepancias cayeron como una turbonada sobre los dirigentes norteamericanos y cuantos les apoyaron en su intento de rematar los efectos de la guerra del Golfo con la eliminación de quien había sido responsable de múltiples tragedias en el Oriente Medio. Recordemos que Sadam había invadido Kuwait, o sea uno de sus su vecinos, y antes había iniciado una guerra contra otro: o sea con Irán. Pero también había lanzado gas contra los kurdos, levantiscos compatriotas suyos, tal como fue demostrado con el testimonio y otras evidencias aportadas por los afectados. De ahí que me llamara la atención aquel revuelo sobre si los iraquíes tenían o no tenían escondidas las famosas armas de destrucción masiva.
De entrada Bagdad se habían resistido con contumacia numantina a la entrada de inspectores internacionales en vez de decir “a mí que me registren” como parece lógico cuando uno no tiene nada que ocultar. Y esto pareció indicar que, en efecto algo encerrado había.
Yo por entonces venía de colaborar con algunos periódicos a petición de un conocido periodista, y una vez más caí en la cuenta de que no recibía un ochavo por hacerlo. La verdad es que nunca pensé en ello; que ni se me ocurrió escribir o hablar si no era solicitado para hacerlo y menos por obtener algún dinero, pero, aunque – pobre de mí – no echara de menos el que mis esfuerzos fueran retribuidos, cierto día llegué a la conclusión de que no podía ser normal que los periódicos funcionaran a base de dar por sentado que los articulistas harían su trabajo gratis. Entonces descubrí que, como ya me había sucedido con ocasión de la colaboración mantenida una buena temporada con una prestigiosa revista cultural, el secretario no había dicho nada y se guardaba lo mío en su bolsillo.
Quizá coincidiera con esta tesitura la circunstancia de habérseme ocurrido fijar en unas líneas mi opinión particular sobre el ruidoso guirigay político y mediático del caso al que me vengo refiriendo y que tanto contribuyó en su día al desacuerdo entre los europeos, y quizá fuera ésta la razón por la que nunca llegaría a a verse publicado aquello que escribí en su día por necesidad de expresar mi opinión de alguna forma.
Les invito a leer, si no es demasiado esfuerzo para ustedes, aquellas reflexione mías escritas al hilo de los acontecimientos.
YA HEMOS ENCONTRADO EL ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA
Para entendernos, imaginad la situación siguiente: un asesino en serie anda por ahí suelto. Se sabe que ha matado a mucha gente: extranjeros, y compatriotas sobre todo; incluso también algún pariente. Hay quien nos dice: “¡Vamos a por él, y metámoslo en la cárcel!”. Pero, a pesar de que se conocen sus crímenes pasados con pelos y señales, las investigaciones de la policía sólo se encaminan a encontrar un arma con la que pudiera cometer nuevas fechorías. Por fin le conminan a que la entregue, y el asesino se niega a hacerlo. Incluso expulsa a quienes le investigan. “Nos está tomando el pelo” empiezan a comentar algunos… Y se entabla una discusión. El gran debate es: “Vamos a por él ya, o esperamos un mes”. Otros dicen: “mejor tres meses”. Otros: “¿Por qué no cuatro y medio?”. Porque el asesino ya está avisado, y ha dado buenas muestras de tomarse las investigaciones a beneficio de inventario. Por fin uno de los policías dice: “Estamos tocando el violón. ¡Se acabó! ”, así que va a por él.
Pasan unos meses, y aunque se descubren nuevos restos de las víctimas, todo el problema es que no se acaba de encontrar el instrumento que le permitiría perpetrar nuevos crímenes como los anteriores. “Se está cometiendo una injusticia” – dice la gente – “porque el arma no aparece”. Muchos añaden: “Además se ha exagerado mucho”. Otros: “Éste ha matado a no sé cuantos cientos de miles, pero el caso es que su arma no aparece, así que no debemos hacer nada.” Incluso algunos desarrollarían una extraña lógica: “El verdadero perverso es quien le persiguió, porque ¿a qué viene armar tanto follón si el perseguido ni siquiera tenía un arma en casa?”
Imaginad ahora que alguien comenta: “A ver, a ver… No entiendo esta discusión que no nos lleva a parte alguna. Después de todo sabemos que armas, las ha tenido, y que, a pesar de que le tratamos con tanto miramiento, no quiso aclararnos qué era de ellas, luego algo nos estaba ocultando el muy ladino. Por otra parte, la verdad es que no es tan difícil hacerse con una, y, si me apuran, ésta no se necesita. A quien está decidido a matar le basta con muy poco: recordad a aquellos japoneses: provocaron una matanza con unas simples botellas de gas sarín. Y ya, puestos a decir… tampoco es tan difícil ocultar unos kilos de dinamita y unas cuantas mochilas, tan frecuentes hoy en día”.
Imaginad que quien así nos habla tiene un interlocutor, y que éste, abundando en sus argumentos, le responde: “Ciertamente no hace falta el ejército soviético para matar a un buen número de ciudadanos”. Y suponed que luego añade: “Y lo importante es la mente asesina y la determinación de matar del criminal. Mientras tal mente exista, el peligro estará ahí, pues si no mata será porque no en ese momento no puede o no conviene hacerlo”.
Imaginad, finalmente, que ahora entro yo en la conversación, y digo “Pero bueno…A todo esto, ¿qué fue del asesino?” Y me dicen: “Le localizaron y ya está en la trena”.
“¡Por ahí podía haber usted empezado!” exclamaría yo. ¿A qué viene tanta discusión inútil si ya hemos encontrado el arma de destrucción masiva?”.
Y así pasaron más de doce años en los que con frecuencia resurgiría el tema.Y sin embargo me atrevo a asegurarles que si bien oigo o leo con frecuencia opiniones muy concretas y a veces bastante “rompedoras” coincidentes en todo con las mías, no sucedió lo mismo con las reflexiones que yo escribí en su día respecto al enfoque dado por los medios políticos y periodísticos al tema de las armas iraquíes. Lo cual me extrañó sobremanera.
Sin embargo, para sorpresa mía, el 9 de julio de este año 2016 un interesante articulo de Ramón Perez Maura coincidiría plenamente con aquellas reflexiones mías. Este era su título: “Sadam era el arma de destrucción masiva”.
Sí; doce años después alguien coincidía conmigo.
—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/9/8629/28361390334_d632f3a1b5_b.jpg
Home