Por Javier Pardo de Santayana

( Lisboa, amanecer. Acuarela de Carlos Santos Marques en Facebook) (*)
Recuerdo las tardes-noches lisboetas de los sábados, cuando mi familia se reunía en el cuarto de estar para oír en la radio aquel programa. Se titulaba “Ráfagas” y era de variedades. No había entonces ni televisión ni cosa que se la pareciera. Luego, en mis tiempos de Academia, faltaban la ocasión y el tiempo para escuchar programas radiofónicos, puesto que la jornada estaba ya ocupada totalmente por las horas de instrucción, las clases y el estudio, que aunque fuera, naturalmente, individual, transcurría en un silencio vigilado de bastantes horas. Sé que había quien ocultaba arteramente su radio de galena mientras los demás dormían, pero esto era totalmente extraordinario, y las salidas de los fines de semana se limitaban a unas horas de la tarde de los sábados y de los domingos, cuando lo único que apetecía era salir a merendar a las calles de Zaragoza o de Segovia.
Según me parece recordar, la primera televisión que vi en mi vida fue en el estado de Oklahoma. Era una televisión en blanco y negro que encendían en la semi oscuridad de un saloncito ad-hoc del club, y la hora de contemplarla era después de haber cenado. La de color, aún imperfecta, vendría algo más tarde también en Norteamérica, a donde tuve ocasión de regresar bastantes veces. Curiosamente, su versión tal como es hoy en día la encontraría hacia el setenta y cuatro, viviendo en El Aaiún.
Pues bien, ahora hasta la tengo en mi teléfono, donde además me viene lo que tengo que hacer para llegar en coche a mi destino, la respuesta a cualquier cosa que pregunto, la hora que es y el tiempo que debe hacer en cada instante aquí, en mi casa montañesa e incluso en Maputo. Por sólo enumerar unas pocas de sus habilidades, he de añadir que también me despierta cuando yo le digo y me avisa del cumpleaños de mis hijos. Así que de aquellas “Ráfagas” que nos ofrecían en los cuarenta hemos pasado a toda clase de programas y entretenimientos que obligan a fabricar historias y a recopilar noticias que se amontonan y casi nos sepultan, porque la información de cualquier lugar del mundo nos llega sin apenas filtros que la paren, con lo cual todo el mundo anda confuso intentando articular una respuesta congruente y oportuna para lo que a su alrededor sucede. Hasta los creadores de estos polivalentes artilugios electrónicos serán luego incapaces de controlar muchos de sus efectos.
Tan vertiginosos cambios producen, naturalmente, situaciones casi surrealistas y por tanto difíciles de valorar. Navegamos en ellas de la mejor forma que se nos ocurre, y en nuestro interior sentimos cierta desazón al constatar nuestra incapacidad para poner en orden cuanto vemos y cuanto vivimos. Aquella buena sensación de despertar con las noticias y los comentarios diarios se ha ido desvaneciendo, y si la alarma suena la acallo simplemente. Dale que te dale, los mismos temas, los mismas actitudes, los mismos problemas torpemente alimentados hasta causar la náusea son algo que se nos hace ya casi insoportable. Y no encuentro programa que no me ponga de los nervios: anuncian un par de películas y resultan ser acerca de desapariciones de jóvenes y de desastres cósmicos cuando las noticias del día son un terremoto destructivo y el ignorado paradero de una pobre muchacha en el camino hacia su casa. Verdaderamente uno se extraña de que se disfrute contemplando el dolor de los demás aunque éste sea fingido.
Por otra parte, pasamos de la radio de galena a la televisión de plasma, de aquellas conferencias que había que acordar de antemano por correo a la comunicación inmediata y en presencia que nos proporciona Skype; abandonamos la tabla de logaritmos porque contamos con los ordenadores, y de los interminables viajes en tercera por ferrocarril pasamos a los formidables cohetes espaciales, y, sin embargo, cada vez es mayor la distancia que media entre los pensadores, los investigadores, los expertos y los hombres de empresa – que abren camino a los avances de la Historia superando los problemas y las dificultades mediante la reflexión y el conocimiento – y la mayoría de quienes hoy tienen la responsabilidad de dirigirnos: esta generación de mequetrefes contaminados por las ideologías que de los desacuerdos hacen negocio personal alimentándolos para que sigan vivos. Imaginen con cuántos obstáculos y dificultades aparentemente insalvables habrán topado los hombres y mujeres sabios en la búsqueda de una vacuna, de un sistema que permita aterrizar en Marte o de una fórmula que dé la clave para entender un proceso químico; los esfuerzos que habrán desarrollado con el convencimiento de que al final encontrarán una armoniosa relación entre los términos, y compárenlos con el comportamiento de la mayor parte de nuestros líderes, que no sólo no buscan solución a simples problemas de nuestra convivencia, sino que ahondan en las diferencias para tornarlos imposibles.
Hemos sido, pues, una generación ilusionada, osada e imaginativa a la que parece haber seguido otra dominada por mediocres que disfrutan de los avances de la Historia como si los hubieran inventado ellos, o lo que es peor, como si tuvieran que estar necesariamente a su disposición sin mayor esfuerzo por su parte; una hornada de egoístas exigentes para los demás pero no para si mismos, nacida en la opulencia e ignorante del esfuerzo de sus predecesores: señoritos que juegan a rebeldes sin causa y que no aceptan sino una buena mesa. Les verán apoyados en las barras con sus cervezas, sus gintonics y sus langostinos a costa del erario público, con sus vientres bien nutridos y sus vacaciones en la costa; eso sí, despotricando del gobierno y fingiendo un desmedido interés por los más débiles en su papel de representantes de los supuestos “oprimidos”. Enarbolando su lema preferido, tratado ya como espectáculo: “Cuanto peor, mejor”.
Así que, con unas cosas y con otras, me he desinteresado de casi todo cuanto ocurre y estoy pensando en ahorrarme las noticias.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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