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Ombligos

Tres foramontanos en Valladolid 15 Sep 2016 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Playa. Acuarela de Antonio Requena Solera en Facebook) (*)

Mañana luminosa en estas postrimerías de los días de baño. Cielo azul y mar azul a tope en Noja. Bandera verde. Todavía hay mucha gente tomando el sol o metida en el agua. Mi mujer hojea una revista “del corazón” en cuya portada un ombligo ocupa el centro de la página. Y yo caigo en la cuenta de que la playa es una exhibición de ombligos desde no recuerdo cuando, aunque sí sé que ha habido un antes y un después.

Recuerdo que antes sólo los hombres lo mostraban, pero la moda era de bañadores grandes y con cintura más alta que la de los de ahora: como la de los “meybas”, por ejemplo. O sea que los ombligos masculinos no se veían tanto. Y los de las mujeres quedaban convenientemente ocultos. Así estuvieron hasta la irrupción de los “bikinis”, pues a partir de su aceptación social ya todos estamos igualados en la exhibición de este curioso rasgo de nuestra anatomía.

Ahora caigo en la cuenta de lo que representa, y no es cosa banal porque el ombligo es un recordatorio permanente de nuestro origen; el rasgo que mejor evoca el momento crucial de nuestros días; el fiel recordatorio de que fuimos paridos. Es por eso el ombligo como una presencia silenciosa de las madres: ahí están ellas presentes en esta hora y concretamente en esta playa como pidiendo un homenaje de los hijos. Es como, si en esta mañana luminosa se asomaran de esta curiosa forma para recordarnos aquel momento de ilusión y también a veces de tragedia que sería el comienzo de nuestra existencia.

Ahora la presencia del ombligo resulta aparatosa en las enormes barrigas que tanto abundan en tiempos de buen comer y buen beber como estos; esas barrigas que se exhiben sin el menor recato. Barrigas que se muestran en toda su agresiva redondez relegando los bañadores a un lugar secundario y casi imperceptible. Barrigas ostentosas, totales, sugeridoras de grandes platos de fabada y cocido, de corderos asados, de repetidas jarras de cerveza en una exhibición que me parece impúdica en días que se dicen de crisis económica. Barrigas impropias de una cultura adoradora de la belleza corporal. Barrigas en cuyo centro casi extraña ver el atributo infantil de los ombligos, ese remate inacabado, ese cierre que parece fallido, ese trazo dejado por las circunstancias; esa cicatriz inevitable.

Yo me pregunto, porque no tengo ni idea de la cuestión, si nuestros cirujanos plásticos tendrán o no demanda de mejorar ombligos o incluso de eliminarnos, mas no me extrañaría que así fuera. Supongo que, dado el caso, sería más bien por lo primero, es decir, por mejorar su aspecto, pues parece que una vez exhibido y roto el tabú de su presencia en publico, el ombligo tiende a ser considerado como algo bello y atractivo, como un toque final que se echaría de menos si no existiera ya de entrada. Sí, el ombligo representa la totalidad, no ya del cuerpo humano, sino de todo cuanto existe a nuestro alrededor cuando nos lo miramos permanentemente, pues “mirarse el ombligo” es la expresión simbólica de nuestro ensimismamiento y nuestro egocentrismo. En suma, de nuestra egoísta consideración del mundo y cuanto en él ocurre. Símbolo por tanto de lo que es la vida vista desde muestra propia y exclusiva perspectiva.

Es el ombligo también expresión concentrada de ese milagro que es la sexualidad del ser humano, de ese milagro de la reproducción y de la continuidad por relevos de las generaciones;, como también de la existencia de seres diferenciados pero todos paridos por mujer.

Es como si todos los humanos – y esto se hace aparente sobre el fondo de arena de la playa – lleváramos nuestra marca de fábrica. Efectivamente, nuestro estreno quedaría registrado de por vida en nuestro propio cuerpo para demostrarnos a nosotros mismos que no somos eternos, sino que tenemos un principio. Lo cual es como decir, aun sin necesidad de usar palabras, que también tendremos un final: que nuestro nacimiento fue un trance de riesgo marcado ya por una separación traumática, y que igualmente traumática será nuestra separación. Y, claro está, también que, de la misma forma que en aquel momento surgimos milagrosamente de la voluntad del Creador y se nos abrió un camino de esperanza, así, al llegar la muerte, la esperanza que en la vida mantuvimos se tornará ya para siempre en una milagrosa vida nueva.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/9/8063/29408909416_c0237b1eeb_b.jpg

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