Por Javier Pardo de Santayana

( Bob Dylan. Acuarela de Susu Pétalos en elcallejondesusana. blogspot.com.es ) (*)
Supongo que si estuviera vivo don Miguel de Cervantes – por poner un ejemplo – nuestro genial hombre de letras habría tenido opción al premio Nobel de este año. Algo que quizás hubiera provocado discusiones suscitadas por los partidarios de un novelista chino o japonés.
Imaginen por un solo instante que en estas circunstancias surgiera la noticia de que la Academia Sueca había decidido conceder el Nobel de Literatura a un tal Bob Dylan, un muchacho envejecido por el tiempo que aparece con una guitarra y una armónica incorporada a su cuerpo para simultanear el soplido y el rasgueo. “Se han equivocado; no es posible” se diría. “Primero, al tal Bob no le vemos con la pluma o su equivalente más moderno sino con un instrumento musical entre sus manos”. Y se añadiría: “¿Por ventura ha escrito algo?” “La letra de sus canciones”, nos respondería la gente y sobre todo la Academia Sueca.
Buscando yo una explicación creíble a este misterio, imagino que la adjudicación del premio quizá provenga de una interpretación literal de lo que llaman un “Premio de las Letras”; porque lo que Bob Dylan hace es precisamente escribir letras. Letras de canciones más o menos “folk” con un cierto toque de lirismo. ¿Qué cómo es eso? Pues quizá porque quienes le nominaron huían como yo de fárragos y excesos, de forma que el “Quijote” les parecería un rollo macabeo comparado con las breves notas del galardonado vate. Desde luego, si seguimos pensando que lo bueno si breve es dos veces bueno, la Presidenta de la Academia Sueca nos demostraría ser una ferviente seguidora de Quevedo.
En todo caso, y por si ustedes no han evolucionado aún, les recordaré que en nuestros días la poesía carece ya de reglas y cualquier cosa puede ser considerada como excelsa; algunos creen incluso que se trata de escribir palabras al azar y permitir que choquen hasta que salten chispas. Así que el trabajo conceptual y sonoro por entender unos versos – si así pueden llamarse – queda al arbitrio del cerebro de un lector desconcertado; o sea que dependen de la imaginación de quien lo escucha. Y el lector o el oyente sometido a esta desaforada ducha sueca hará el esfuerzo de superar el reto: “He de encontrar la solución para salir del paso” se dirá el agredido, que empezará a cavilar desesperadamente en busca de las intenciones del autor. Háganse ustedes cargo de esto: si Eugenio d´Ors recomendaba oscurecer la prosa cuando resultaba demasiado clara y evidente, ¿qué podríamos decir nosotros respecto de una poesía que pugna por no ser inteligible? Quizá sea esta la gracia del buen Dylan: que las gotas de poesía de sus letras – “The answer, my friend, is blowin´ in the wind…” – son algo más inteligentes y oportunas que las de sus coetáneos.
Y estoy totalmente convencido de una cosa: de que el nivel habitual de las letras de la música pop y del famoso rock suele ser tan rastrero que si alguien lo superara con unas cuantas gotas de poesía, aunque fuera de las de andar por casa, llamaría tanto la atención de la “ciudadanía” como para elevar a un artista a las más altas cimas del parnaso. Así que ya tenemos el mito asegurado, porque la voz del cantante es lo de menos como parece ser en el caso del buen Dylan.
O sea que vamos “degenerando”: Antonio Burgos dice que para letras poéticas las de Rafael de León, y tiene toda la razón del mundo. ¿Recuerdan “Ojos verdes”?: “Apoyá en el quicio de la mancebía veía encenderse la noche de mayo…” Y qué me dicen de las sugerencias de “Tatuaje”: “Él vino en un barco de nombre extranjero; le encontré en el puerto un anochecer cuando el blanco faro sobre los veleros su beso de plata dejaba caer…“. Pero sin embargo a nuestro vate no sólo no le dieron el Nobel sino que ni siquiera le cayó un accésit en las fiestas de Bollullos del Condado.
Una situación tan caricaturizable como ésta – imaginen ustedes una viñeta en la que apareciera D. Miguel de Cervantes discutiendo a lomos de su caballo “Rocinante” con el nuevo premio Nobel vestido como suele – ¿no arrancaría una sonrisa? Pero lo noticiable es que, en el momento en que ahora escribo, Dylan sigue sin aparecer en parte alguna. Ni tan siquiera hay forma de hablar con alguien “de su entorno”.
Desconozco si el de Minnesota resurgirá algún día con su acostumbrada languidez para expresar su reconocimiento por la alta distinción del premio sueco, mas aun en tal caso su tardanza resultaría sospechosa. Quizá don Bob resulte ser tan inteligente y tan auténtico – tan poeta de raza – que sienta rubor ante el hecho de que alguien le equipare con los más excelsos personajes de la literatura universal.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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