Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Filosofía agropecuaria

Tres foramontanos en Valladolid 25 Nov 2016 - 07:26 CET
Archivado en:

Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Joseph Jzbukvic en jzbukvic.com/Home.html) (*)

Los sábados el despertador suele obsequiarme con un espacio radiofónico cuyo título es “Agropopular” y al que a falta de otra cosa interesante acabo por escuchar siquiera parcialmente. Es éste un espacio cargado de densa información del gremio cuyo director imprime un ritmo vivo y fresco que no perturba la comprensión de lo que dice. Incluso de cuando en cuando nos encaja algún detalle de humor socialmente incorrecto, como la alusión a un conjunto “érótico” formado por los pollos, los huevos y el conejo. También hace sonar una canción sobre “el intermediario” cuando se inicia el apartado de “estudio de mercados” o lanza una pulla contra el ministro de Hacienda cuando cuadra.

El programa me hace reflexionar sobre el cambio brutal que experimentan tanto la agricultura como la ganadería. Al menos así lo pone en evidencia la simple escucha de su contenido por alguien relativamente lego en la materia como es un servidor de ustedes, conmocionado – he de decirlo – por la irrupción de números y regulaciones de todo tipo en estos gremios. En efecto, según puede deducir la audiencia, se ha producido en relativamente poco tiempo una revolución que afecta a unos sectores productivos que tradicionalmente fueron manejados en un ambiente rústico. La actividad viene de tan lejos como de los albores mismos de la humanidad, es decir, cuando tan sólo se contaba con el campo como proveedor de cosas esenciales para la subsistencia. Entonces el conocimiento se transmitía de padres a hijos, es decir, de generación en generación, teniendo como única escuela a la familia Eran entonces numerosos los refranes como norma de comportamiento con la naturaleza, incluidos los animales, las plantas y hasta la meteorología de la que todo venía a depender. El gallo cumplía su papel de despertador todos los días, y quienes mas sabían eran los campesinos de mayor edad.

No tengo que retroceder sino a los tiempos de mi juventud para recordar cómo en la Montaña cada familia convivía con sus vacas, que le proporcionaban las proteínas y la calefacción, y cómo los maizales, hoy ya casi desaparecidos, se extendían de un extremo al otro del paisaje. Entonces las ocasiones de hacer jugar los números no pasaban del recuento de plantas y animales o de los precios del ganado en las ferias y mercados. Era pues muy directa y muy sencilla – como de andar por casa – la relación del hombre con la tierra que le mantenía, mientras que hoy, por el contrario, todo está cuantificado y regulado hasta el extremo, de tal forma que el lenguaje del programa al que me vengo refiriendo llega a ser en ocasiones casi ininteligible. Detrás de lo que se dice y se comenta no hay en absoluto un habla rústica de gente de campo, sino que se percibe la presencia de despachos y ordenadores que van más allá del ámbito del país propio para extenderse hasta Bruselas, y se hace patente, sobre todo, una inmensa organización registradora de datos exhaustivos que – oh maravilla – pueden relacionarse en tiempo real para sacar las conclusiones que más tarde formarán la base de las decisiones administrativas. Así que el agricultor ya no podrá sembrar lo que Dios le dio a entender o lo que él juzga conveniente, sino que deberá atenerse a una ordenación del sector que condicionará las apetecidas subvenciones y tendrá que sujetarse a porcentajes y a incompatibilidades que le obligarán a hacer más cuentas de las que él desearía.

El choque entre el ambiente habitual generado por el contacto con la naturaleza y el impuesto en aras de la eficacia y de la distribución de tareas y recursos se hace cada vez más evidente. No se trata ya sólo de la mecanización que ahorra sudores y pérdidas de tiempo, sino de algo más importante: una especie de globalización que nos hará sentimos parte de una exigente maquinaria que al tiempo que nos ayuda a sacar mayor provecho de nuestro esfuerzo nos hará participar de un inmenso escenario de conveniencias generales de carácter socio-económico.

Un caso a guisa de ejemplo: el programa nos habla de los “purines”, o sea de los orines de los cerdos, pero no en orden a la limpieza de las cochiqueras, sino para… ¡la reducción del efecto invernadero! Se ve que los citados desechos orgánicos, como las flatulencias de las sufridas vacas, contienen una abundante tasa de componentes tóxicos que convendría eliminar transformándolos en abono utilizable. Claro que esto no es nada comparado con lo que consigue un fantasioso ganadero tailandés que ha logrado convertir en energía eléctrica los excrementos de gorrino.

O sea que sería bueno modificar aquel refrán según el cual del cerdo nos gusta todo lo que tiene, sustituyendo los andares por algo que parece más a tono con la ciencia y la modernidad.

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/6/5612/30942988766_f4c41eafaa_o.jpg

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

Más en Tres foramontanos en Valladolid

Mobile Version Powered by