Por Javier Pardo de Santayana

( El monte Athos) (*)
Materialmente ahíto de comentarios y noticias sobre la muerte del líder cubano, y andando en busca de algún otro tema interesante, caigo en la cuenta de que para cuando se publique este mi articulo estaremos ya en vísperas del 8 de diciembre. Así que buscando alguna cosa que encajase bien en esa fecha, me vino a la memoria la fantástica visita que yo mismo tuve la ocasión de hacer a un lugar del mar Mediterráneo que, según dice la leyenda, tuvo ocasión de conocer la madre de Jesús.
Me refiero a la tercera península de la Calcídica, es decir, la que vemos en el mapa más al este. Yo la visité viniendo de Sithonía, es decir, la península central, donde mi familia y yo pasamos unos días de descanso con otros ex-alumnos europeos que compartimos un año en una escuela norteamericana. El nombre del lugar era el complejo de Porto Carrás y el ambiente respiraba sol y playa.
Decía que visité la península oriental, y si lo he dicho en singular ha sido porque mi mujer sería excluida del viaje arrastrando consigo a mis dos hijos. La razón era a la vez sencilla y bien curiosa, por cuanto el argumento para que no me acompañara se basaba en que el lugar está considerado lugar prohibido para todo ser del sexo femenino, según se dice con la excepción de las gallinas; legislación justificada porque la península del Monte Athos (Agion Oros en griego) no es un territorio que pudiéramos considerar normal. En efecto, pese a formar parte de Grecia tiene estatuto de Estado Autónomo con el remoquete de “Monástico” y sólo acceso autorizado desde el mar. Incluso está excluido del Tratado de Schengen. Así que mi mujer y nuestros hijos, entonces aún muy jóvenes, se limitaron a navegar alrededor de la península sin poner un pie en el suelo.
Cruzamos el Egeo de una a otra península en un bote de pesca de nombre “Los Dos Hermanos” bajo un sol radiante y surcando un agua cristalina hasta llegar a un humilde embarcadero solitario donde lo amarramos para luego ascender a pie hasta un monasterio de monjes ortodoxos rusos de apariencia asaz desaliñada. Siguiendo la costumbre, nos recibieron con una taza de café oscuro y espeso por los posos acompañado de gruesos tacos de un dulce empalagoso. Recorrimos entonces los pasillos flanqueados de celdas y cruzados por los rayos del sol para subir después al campanario desde donde se divisaba un panorama espléndido. Por lo que nos los monjes nos contaron, vivían ahora tiempos de esplendor tras unos años de abandono.
Luego nuestro barquito nos trasladaría siguiendo la costa hacia otros monasterios igualmente solitarios, que los hay de monjes búlgaros, serbios, rumanos, rusos y naturalmente griegos. En uno de ellos almorzamos; se trataba de un monasterio bizantino que inundan de color los frescos que cubren casi totalmente sus paredes. En el almuerzo, que tuvo lugar en un refectorio antiguo cuajado de escenas bíblicas y de mesas escuetas donde nos esperaban unos trozos de pan ácimo y unas copas metálicas, fuimos acompañados por los monjes. Uno de ellos, que nos sorprendería por su excelente inglés, resultaría ser un desertor norteamericano que escapó de la Guerra de Vietnam y fue a recalar en aquel lugar insólito. Entusiasmado, nos animaría a contemplar una de aquellas pinturas murales en la que aparecían una especie de aviones descargando sus bombas desde el cielo. Completaban la escena grandes explosiones en un cielo nocturno y unos hombres que permanecían enterrados bajo el suelo. Se trataba de una visión premonitoria del apocalíptico escenario de una contienda nuclear.
Y aun podríamos añadir un dato de importancia histórica para los españoles. Y es que cuando los Almogávares se sintieron traicionados alevosamente en Grecia, respondieron desatando una venganza que dejó huella para siempre en aquella parte del Mediterráneo. Por lo que se refiere concretamente al Monte Athos, se dice que incendiaron los monasterios y se llevaron por delante a una gran parte de los monjes, así que aún hoy los catalanes son vistos con recelo en todo el territorio y forman parte de la lista de visitantes no admitidos.
Todo lo cual venía a cuento de que, según una tradición antigua, en un viaje, y estando en compañía de San Juan el discípulo, la Virgen María tuvo ocasión de contemplar la soberbia majestad del monte Athos, ante el cual expresaría su deseo de que allí se levantara un monasterio en que se diese culto a su divino Hijo.
Así que, en el rumor o el silencio de las oraciones que desde allí suben al cielo, uno no puede dejar de imaginarse aquella escena bajo el Monte Santo y con el mar Egeo en su esplendor.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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