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Los lunes, revista de prensa y red

Tres foramontanos en Valladolid 12 Dic 2016 - 07:29 CET
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“La carriola de Fidel”, de Antonio Burgos, y “Los medios también son el sistema”, de Ignacio Aréchaga

( Viñeta de Nieto en ABC el pasado día 27 de noviembre) (*)

LA CARRIOLA DE FIDEL

Artículo de Antonio Burgos publicado en ABC de Sevilla el pasado día 2

Tras grandes esfuerzos, desembarcos en Bahía Cochinos, desafíos kennedianos en la crisis de los misiles, miles de horas de propaganda desde Radio Martí, condenas de la OEA, embargos y bloqueos que intentaron derribar su dictadura sin reparar en gastos, los Estados Unidos han conseguido por fin que el tirano Fidel Castro muera en la cama, después que Obama abriera una mijita la mano, quizá porque era de la misma color mulatona oscurita cubana de Sagua la Grande que Antonio Machín, pero sin dos gardenias para tí ni angelitos negros. Y como aquella maravilla de isla con palmeras y sin libertades había sido durante largo tiempo la URSS con rumba, rumba, y hasta el Ejército desfilaba como si El Malecón fuera la Plaza Roja, yo creía que el corpachón de Fidel Castro iba a terminar embalsamado como la momia de Lenin, pero con chandal Adidas.

Y no: igual que los americanos han conseguido que el dictador muera en su cama, Fidel, que odiaba las urnas y nunca las sacó desde que llegó al poder por las armas y con las manos ensangrentadas en 1959, ha terminado en una de ellas. Esto es lo más grande del mundo. Los cubanos, acostumbradísimos a hacer colas con la cartilla de racionamiento y a superar los períodos de «economía especial» (que es como Castro llamaba al que aquí en España fue «el año del hambre»), han hecho largas filas para decir adiós al que les hizo la revolución y, de paso, la puñeta. Como cuando la cola de la muerte de Franco en la calle Bailén, seguro que muchos estaban aguardando horas y horas para comprobar por sí mismos que el dictador la había palmado, no fuera a ser un bulo de Radio Macuto. Yo creía que ese tumulto era para ver el túmulo. Pero no: en el monumento de la Plaza de la Revolución no estaban los restos de Fidel, ni había túmulo alguno, sino un retrato suyo de los días de Sierra Maestra y un cuadro con sus condecoraciones. Sus restos, que eran ya ceniza («polvo serán, mas polvo autoritario», hubiera dicho Quevedo), estaban en el Ministerio de Defensa, reservados para los VIP del régimen. Hasta en esto hacen distingos entre el pueblo y los aparatisquis los comunistas que van de igualitarios por la vida. Las cenizas del Comandante en Jefe, para ellos; las colas de no comerse una rosca funeraria, para el pueblo.

Y aunque me lo esperaba ver embalsamado como Lenin, se lo llevaron en un remolque. Habiendo solemnes armones de Artillería tirados por caballos negros, a Franco se lo llevaron al Valle de los Caídos en la batea de un camión del Ejército de Tierra, de prisa y corriendo. Lo de su medio paisano gallego Castro ha sido todavía peor. A estas horas, las cenizas de Castro, en una urna ridículamente chica para un asesino tan grande y cubiertas por una minibandera, están haciendo el camino de Santiago. No de Compostela: de Cuba. En ese remolque chungo, de rocieros tiesos, me parece que está haciendo más bien el Camino de Moguer o el Camino de los Llanos. Han dicho que parece una carriola del Rocío el remolque donde llevan la urna de quien no quiso ver las urnas electorales ni en pintura. Ni siquiera es una carriola, de esas carriolas buenas con ducha de agua caliente, ropero para los trajes de flamenca y hasta terracita con butacas en la parte posterior, que dicen en Dos Hermanas que parecen una casita «endosá». No. A Fidel Castro lo llevan a hacer el camino en el remolque de una carriola chunga, donde se lleva el grupo electrógeno para la noche en Palacio y la bombona de butano de repuesto. Al ridículo remolque de Nissan Patrol de segunda mano donde llevan la urna del dictador a hacer el camino sólo le falta un letrero con un escudo, puesto por el alcalde de carretas: «Hermandad de La Habana, 59». Y faltan Los Marismeños que le canten algo ante de la candelá, cuando hagan noche en Cienfuegos; o que, al Ángelus, Los del Río entonen la Salve Marxista Leninista en el rengue de Camagüey. A María de las Mercedes «cuatro duques la llevaban/por las calles de Madrid» en el romance de Rafael de León. Al tirano opresor de Cuba lo llevan como en el remolque más chungo de la carriola del tío más tieso que hace el camino del Rocío.

Artículo en: http://www.antonioburgos.com/abc/2016/12/re120216.html

LOS MEDIOS TAMBIÉN SON EL SISTEMA

Artículo de Ignacio Aréchaga publicado en Aceprensa el pasado día 22 de noviembre

Como un boxeador noqueado contra todo pronóstico, el establishment americano vacila y se pregunta todavía cómo ha sido posible el triunfo de Donald Trump. El candidato anti-establishment se ha llevado por delante a las oligarquías dirigentes americanas, a Silicon Valley, a la corrección política, a las estrellas de Hollywood, a las empresas de sondeos, y al conglomerado mediático alineado contra él. Al final se ha roto un techo de cristal, pero ha sido el del establishment y es Trump quien lo ha hecho añicos.

Quizá los más perplejos y dolidos son aquellos medios de comunicación que, en vez de contar la campaña, han participado abiertamente en ella en contra de Trump. Toda su potencia de fuego ha resultado insuficiente para parar los pies a un candidato que se ha atrevido a desafiarlos. En la resaca postelectoral se ha querido agigantar el papel que hayan podido tener algunas noticias falsas. Pero la fake news más decisiva ha sido la incapacidad de los medios de comunicación para advertir y reflejar las expectativas de mucha gente que no se reconoce en la clase política gobernante, de la que Hillary Clinton era el típico exponente.

Los medios de comunicación que no se conforman con denigrar a los votantes de Trump, empiezan a hacer examen de conciencia aun sin llegar al mea culpa. El foro internacional de Paley Center, que reúne cada año a directivos de las principales empresas de comunicación, se acaba de celebrar en México, pocos días después de la victoria de Trump, con las cicatrices aún abiertas. ¿Cómo no lo vimos venir?, era la pregunta obligada.

Con franqueza, Juan Luis Cebrián, presidente del Grupo Prisa, reconoció que el descontento popular también ha afectado a los medios de comunicación: “Hemos perdido la confianza de muchos porque pertenecemos al sistema”. Este reconocimiento de lo obvio debe ser bienvenido. Muchos que hicieron sus primeras armas en la época de la contestación juvenil, aunque luego han ido subiendo hasta consejos de administración y bonus suculentos, gustan de presentarse aún como la conciencia crítica del sistema. Han pasado de la canción protesta de Joan Baez al show business, pero quieren convencerse de que aún luchan contra los conservadores. Han asaltado y tomado la Bastilla del poder, pero aún quieren disfrutar del aura del transgresor.

Pero los que hace décadas denunciaban los turbios intereses de lo que entonces se llamaba el “complejo militar-industrial”, manejan hoy los hilos del complejo mediático- digital-financiero, que es la nueva versión del anterior. Y quizá su misma lejanía del ciudadano de a pie les ha impedido comprender la ola que ha llevado a Trump al poder. “Estamos desconectados de la realidad”, admitió en la reunión del Paley Center Monica Maggioni, presidenta de la RAI. “Hemos salido a la calle a buscar las historias que teníamos en nuestras mentes, en lugar de reportar las que estaban ahí fuera”.

Ahí fuera había gentes que no habían visto elevarse sus ingresos o que temían perder su empleo en la nueva economía jaleada por Silicon Valley. Mujeres que estarían encantadas de tener una mujer presidente, pero que no tragaban a “esta” mujer, identificada con la clase política tradicional y abanderada de Planned Parenthood. Creyentes hartos de las interferencias de una Administración demócrata que, con el pretexto de la lucha contra la discriminación, les impedía llevar a cabo sus iniciativas conforme a sus valores. Gentes a las que el “Make America Great Again” les entusiasma más que la lucha por los baños de los transexuales. Gente que ha resultado ser mayoritaria y había sido olvidada por un partido demócrata dedicado a las causas de minorías varias.

Es posible que las recetas simples de Trump acaben decepcionándoles también. Pero no cabe duda de que el millonario ha tenido más olfato que gran parte de la prensa para darse cuenta de que ahí había una mina de votos descontentos que esperaban un campeón.

Ahora lo que necesita la prensa es luchar por ganarse la confianza del público, con mejor información sobre los temas que se ha visto preocupan al electorado. Y eso es más difícil que el pim pam pum sobre Trump.

Ver artículo completo en: http://elsonar.aceprensa.com/los-medios-tambien-son-el-sistema/

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/6/5455/31003498880_291d825ff3_b.jpg

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