Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Ricardo publicada en El Mundo el pasado día 17 de noviembre) (*)
Se me ocurre hoy escribir sobre el respeto al prójimo. ¿Les suena esta palabra? Pregunto porque tengo la impresión de que este término está ya en desuso. Para empezar diré que no caeré en la trampa de propugnar una reedición del “Buen Juanito”, aquel manual antiguo de comportamiento en el que un muchacho besaba la mano a las señoras y ayudaba a los ancianos a atravesar la calle. No llegaré a ese extremo. Sólo en el breve recorrido de este artículo haré unos cuantos comentarios sobre el sentido real de esa palabra.
Que el respeto es un concepto tendente a desaparecer me parece un hecho constatable. Para ello no es preciso buscar mucho; basta con salir a la calle y ver como se comportan los viandantes, observar un programa de la prensa rosa, visitar las escuelas, e incluso contemplar cómo algunos se presentan a las audiencias del Jefe del Estado. O asistir a una sesión del Parlamento. Supongo que a esta tendencia degradante la habrán adornado con bases filosóficas probablemente relacionadas con la igualdad de nuestros conciudadanos: puesto que todos los seres humanos somos en el fondo iguales y ninguno debe ser visto como más importante que otro, tratémonos sin miramientos ni disfraces.
Ante lo cual recordaré que nuestro concepto de igualdad tiene raíz cristiana: al ser hijos de Dios, todos los hombres son hermanos e iguales ante Él. Pero, fíjense ustedes por donde, ahí es precisamente donde radica el origen del respeto: debemos respetar a los demás como debemos respetarnos a nosotros mismos. Y no nos respetaremos a nosotros mismos si no respetamos nuestra tradición y nuestra historia.
Despreciar el pasado, o cualquier otra expresión parecida de soberbia, no es desde luego una muestra de ser inteligente, sino más bien de despiste respecto al enfoque del hombre a la hora de conformar nuestro futuro. Hasta podría decirse que el respeto es esencial para afrontarlo seriamente, puesto que, para empezar, nada de lo que hacemos es totalmente nuevo. Todo cuanto podamos construir tendrá su fundamento en lo que nuestros mayores construyeron antes. Así que los respetaremos, ya que negar esta evidencia es cosa de seres ignorantes y carentes de perspectiva de la realidad que viven.
Respetar a los demás será también, naturalmente, no enfocar la vida como una lucha contra ellos, no considerar que enemigo es simplemente aquel que discrepa de nuestro pensamiento. No actuar, desde luego como los del puño en alto o como los seguidores de aquel “l´enfer c´est les autres» de Jean Paul Sartre que tan bien debe caer entre los contaminados por el relativismo de hoy en día.
Otra cosa son las “muestras” de respeto, aunque aquí podríamos hacer unas observaciones parecidas, porque el respeto no existe si no se practica, y no tiene sentido sino en relación con nuestro prójimo. Así por ejemplo, en el caso de aquella costumbre de dejar la acera a los ancianos, que no era sólo un gesto procedente teniendo en cuenta el peligro que se puede correr subiendo o bajando los bordillos, sino, sobre todo, un rasgo de sensibilidad hacia quienes nos pasaron ya el relevo. También sabemos que, aunque una bandera sea una objeto inerte y sin significado propio, representa, en la medida que es un símbolo, nada menos que a la Patria, es decir a la vida y el esfuerzo de muchas generaciones; a su historia, su cultura y hasta a su libertad, sus valores y sus tradiciones. En suma, al valioso legado de quienes nos precedieron en la vida; nada menos que lo que somos en el fondo. Algo que debemos respetar y conservar como seres inteligentes y conscientes, pues no hacerlo es demostrar nuestra incultura y nuestro desprecio por esos ciudadanos de los que tanto hablamos. Como esos nuevos vándalos de ahora que parecen sentirse incómodos si no están molestando a los demás, porque poco más están en condiciones de ofrecer que no sea mostrarse superiores por no estar de acuerdo con cosa alguna del pasado.
Si, señores:, nada hay más ridículo que estos “don nadie” que presumen de originales y de osados rompiendo “moldes” que no son en el fondo sino muestras de sensibilidad y buena educación. Y es que, a falta de virtudes, su actitud es expresión de lo que ahora llamamos “postureo”, eficaz en estos tiempos de predominio de las apariencias en que lo importante es dar bien en una televisión en la que, sobre todo, se valora la producción de “contenidos” impactantes. Es decir, de programas que percutan los oídos y la vista de una sociedad consumidora de información ya digerida y previamente convertida en cápsulas de interesada “corrección política”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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