Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Esteban en El Norte de Castilla el pasado día 21) (*)
Noticias en cadena: resulta que un señor turco bien trajeado y con acceso a un acto al que asiste nada menos que el embajador ruso ha descerrajado a éste un tiro que le ha dejado seco y en el sitio. Luego ha lanzado un grito contra lo que está ocurriendo en la ciudad de Alepo. Todo de buena tinta pues quedó grabado tal como se pudo ver en las pantallas.
Poco después se interrumpen los programas para dar cuenta de un “remake” en versión alemana de la tragedia de Niza del pasado mes de julio en la que un camión de gran tonelaje entró a modo en una concentración de ciudadanos y se los llevó por delante; ahora en un mercadillo navideño situado en una de las zonas más elegantes de Berlín; algo así como su “milla de oro”. Cuando escribo esto aún hay cosas que no están del todo claras, pero las autoridades ya dan por seguro que se trata una vez más de un atentado yihadista.
Como era de suponer, este nuevo suceso es objeto de comentarios de primera urgencia en todas las tertulias y debates. En un conocido programa radiofónico en el que el suelen imperar el sentido común y el buen criterio y se utiliza un “desfibrilador” de tontos para los que aquí en España o en el extranjero muestran su estolidez diariamente, puedo constatar la colosal empanada de nuestros listos oficiales respecto a lo que nos está ocurriendo. En efecto, no vean ustedes la que se monta cuando a uno de los tertulianos se le ocurre relacionar la deriva que observamos aquí mismo hacia una sociedad carente de firmeza y debilitada por el relativismo con los problemas causados por la aparición de un autoproclamado estado islámico y un terrorismo ya globalizado y de naturaleza diferente a cualquier otro conocido. Enseguida surgen comentarios en pro de una corrección política en este caso consistente en hacer ver que no hay que “mezclar” unas cosas con otras, como si quien aparentemente denunció la relación entre ellas fuera una especie de nazi radical que sacara las cosas de quicio por las buenas.
Pues claro que tienen que ver y mucho. Cualquier persona que tenga experiencia y un cierto conocimiento de la Historia podrá encontrar la relación que tiene casi todo cuanto ocurre en el planeta y más en tiempos de globalización como los que vivimos. Cualquiera podría darse cuenta, por ejemplo, de la evolución que ha experimentado el islamismo, de capa caída desde siempre hasta los atentados del año 2001. Varias veces intentaron “los países árabes” cargarse al estado de Israel para acabar fracasando en el empeño por la vida rápida, hecho que debió generar en ellos un considerable complejo de inferioridad. De ahí que el 11 de Septiembre constituyera un hito de dimensión histórica: por primera vez en muchos siglos, el Islam demostraba su inteligencia y su capacidad al sustituir los misiles intercontinentales, de que naturalmente carecía, por una solución de circunstancias, barata y factible, consistente en emplear aviones que no tendrían que cruzar océanos, un combustible que serviría de explosivo, y unos pilotos que permitirían una precisión confiada hasta entonces a la tecnología; todo ello unido a un plan diabólico y suicida que haría inútil cualquier sistema de seguridad al uso.Todo ello unido a un objetivo ilusionante: la recuperación del esplendor antiguo de cuando el Islam se extendía por todo el ancho mundo.
Claro está que tal impulso coexiste con una feroz lucha entre facciones que enfrenta a muerte a las distintas sectas; ciertas son la luchas por la hegemonía e indudables los problemas internos derivados de la falsa “primavera árabe”. Y aun todo esto se complica con las grandes migraciones que escapan de la persecución y la pobreza extrema dirigiéndose hacia los amenazados países europeos, pero esto no hace sino complicar aún más el panorama, pues el resultado no es sólo un Oriente Medio Inestable e intratable sino también una amenaza que nos alcanza a todos y nos encuentra como estamos: es decir, cada vez más débiles e inermes para afrontar el reto. Ahí tenemos una sociedad carente de cohesión y vigor y también una Europa en la que no sólo crece el desapego sino también un feroz relativismo. Una Europa que pierde su impulso y su esperanza y está perdiendo la fe en sí misma y su futuro, un territorio donde se muestran actitudes que parecen recuelo de unos tiempos que definitivamente quisiéramos dar por olvidados y se desempolvan viejas fórmulas desacreditadas por las realidades de la Historia.
Siendo nosotros mismos miembros de una sociedad que, en nuestro caso al menos, abjura de sus fundamentos culturales y pierde su fe cuando más la necesita, ¿no les parece a ustedes evidente la relación entre nuestra situación política y social y las amenazas que casi nos entran por los ojos?
Pues yo digo que sí, y que quien lo niegue está tocando el violón. Pero se ve que hay mucho tonto útil al que convendría aplicar el desfibrilador famoso.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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