Por Carlos de Bustamante

( La Virgen de Fátima, Virgen peregrina) (*)
Corrían los últimos años de la década de los cuarenta. Una excelente reproducción de la imagen de la Virgen de Fátima -Virgen peregrina-, recorría triunfal pueblos y ciudades de España. La historia de las apariciones en Cova de Iría (Portugal) a tres niños pastorcitos-Francisco, Jacinta y Lucía- se transmitía de boca en boca y se publicaba en diversos medios de comunicación.
No; no les voy a recordar lo acaecido allí, porque, seguro, es de sobra conocido por todos ustedes. Me limitaré sólo a la repercusión que tuvo en nosotros, para incluirla entre las historias más destacadas de mi Madre.
Enamorado como repetidas veces les he dicho, de la Señora en tantas y tan diversas advocaciones, la conmoción interior que sentí con la película de Bernardette Soubirou en Lourdes, volvió a repetirse con mayor intensidad aún si cabe con la procesión de Nª Sª de Fátima por estas tierras, siempre de María.
Sabía que una de las videntes, sor Lucia, estaba próxima en un convento de las monjas Doroteas de Tuy (Pontevedra). Y sabía con igual o mayor intriga que todos, que era la única de las supervivientes de las mundialmente conocidas apariciones. Tampoco podía ignorar que, por entonces, faltaba aún por conocerse el tercero de los “secretos de Fátima”.
Aunque adolescente aventajado, en tamaño al menos, aún no tenía automóvil ni carné de conducir. En una destartalada furgoneta –Fiat-(Va-3094) adquirida de muy segunda mano y conducida por “Teo”, aprendiz de chofer y amigo de la familia, nos trasladamos madre e hijos de la Dehesa a Valladolid. El viaje no tuvo otro objetivo que el de ver (en la Plaza de Colón, recuerdo bien) el paso de la Virgen de Fátima por nuestra ciudad. Imborrable el recuerdo y emoción del fervor popular-también propio- de tan extraordinario peregrinaje por el mundo entero.
No pasaron por ello a segundo plano nuestras queridas imágenes de la Virgen del Carmen, nuestra Patrona, ni la de san José: nuestro padre y Señor, como le llamaba nuestra madre terrena. Sin saber cómo ni de dónde lo supo, nos explicó que en una de las apariciones a los niños, la Virgen de Carmen y san José también estaban presentes. Así pues, nos dijo, que sólo nos faltaba en la capilla la imagen de la Virgen de Fátima.
Antes de continuar este relato, he de significar que a todos nos impresionó sobremanera el cariño contagioso en oraciones cantadas con emoción por Valladolid en masa en torno o siguiendo a la Señora. Aunque fue un detalle sin importancia, por camperos, advertimos cómo gran cantidad de palomas blancas revoloteaban o incluso se posaban en la bellísima imagen. También nos aclaró nuestra madre (se lo sabía todo) que en una aparición, los niños vieron una paloma blanca refulgente de luces no terrenas por lo extraordinarias. De ninguna manera afloró, por ello y sin que se extinguiera (¡qué bárbaros!), nuestro instinto cazador. Pero aquello quedó grabado y para siempre.
De vuelta al caserío, desde aquel día comenzamos los ensayos que, con emoción contenida, oímos en la capital junto a la Virgen del corazón coronado de espinas. Y desde aquel día también, rezábamos todos con afectividad educada el Santo Rosario. Nada nuevo, porque, desde niños, la familia entera teníamos esa costumbre adquirida. En la capilla cuando la tuvimos; y de paseo en los atardeceres mágicos de belleza, por la “carreterilla” que llevaba al caserío. Adolescentes y conociendo ahora el encargo concreto de la Señora a los tres pastorcitos, lo rezábamos dirigido por turno y con mayor devoción y conocimiento que antes de lo que decíamos. A uno que yo me sé, le pareció que entrar en el sagrado recinto, para similar encargo que a los hoy elevados a los altares, le parecía trasladarse cada atardecer a Cova de Iría. Y allí, en la capilla, entablar conversación-ésta imaginaria- con nuestra Madre en palabras que son, realmente, historia. En el repertorio de canciones ensayadas y dirigidas por nuestra madre, añadimos la que cantada a coro con voces nada vulgares, a buen seguro le gustaban a nuestra nueva Madre del cielo, que, ¡ay!, allí no teníamos, hasta el presente, representada.
Con anterioridad al domingo, que ese año cayó en 13 de julio-fecha de la tercera aparición-, una preciosidad de imagen de la Virgen de Fátima estuvo colocada cerca del altar y frente por frente de Nª Sª del Carmen. En recuerdo de lo que ahora tenía bien sabido, con no sé con qué artilugios, coloqué en el pedestal una rama de encina (¿) que pensé sería similar a la del lugar de las apariciones: Cova de Iría.
Con el pensamiento en mi nueva Madre, me desperté aún no amanecido. Tomé, como de costumbre la escopeta, el morral y la canana, y marché en derechura a la ribera. Ocupé el “garigolo” (cabañuelo)-escondite- para el acecho a las palomas torcaces que tenían allí querencia para beber en el río. Amanecía. Poco a poco desaparecían las sombras, para “trabajar” en el descanso de otros lugares, cumplida la misión en éste. Con la lentitud del que se despereza, la luz difusa del sol por nacer, se asomaba al valle desde el dormitorio en la panza del páramo. Allí permanecí muy quieto, con los ojos puestos en las alturas de los chopos gigantes donde solían posarse las palomas. Con el rabillo, no perdía la visión de la Senda de los Aragoneses. Allá a lo lejos, vi como un puntito negro se agrandaba a medida que pasaba el tiempo. Lo que era luz difusa, se convertía en claridad intensa. Y el puntito negro, en la figura de don Ramón. El cura “bueno”, que acudía puntual a la Misa dominical de sus queridos feligreses peñalberos. Ensimismado en el espectáculo -imposible de describir en toda su imponente belleza-, varias torcaces levantaron el vuelo con aleteo más ruidoso de lo acostumbrado. Precipitadamente abandonaron el sosiego del chopo gigante, fuera del alcance de mi arma. Enseguida, de la vista del cazador.
Oí luego cómo de arriba, en el cielo purísimo castellano, provenían gritos como los de un niño. La figura del sacerdote, caballero en burra torda, hizo que los halcones levantaran el vuelo del nido en la Peña Alba. Porque lo reclamaban sus polluelos, comenzaron a girar en lo alto, penetrando con la vista las espesuras negras de la ribera y blanquecinas en las laderas en busca de presa. Hasta entonces, y amanecido el nuevo día, aquel mundo, era un concierto espectacular de sonidos y colores. El macho de perdiz, soberbio y pechugón en la atalaya de un cotarro, lanzaba insistente el “cha, cha, cha, charará” de llamada a las hembras. Otros contestaban a lo lejos. Y los perdigones tras la madre que los mandaba agruparse, como la clueca a sus polluelos, componía el espectáculo que, no por conocido, dejaba de ensimismar al cazador escondido.
De pronto, se hizo un silencio absoluto. Algo presagiaba un acontecimiento extraordinario: arreciaban los gritos de los halcones que aceleraban el vuelo, cada vez a menor altura. Callaron las patirrojas; y de palomas no quedó ni rastro en un gran tramo de ribera. Sucedió todo muy rápido. Aterrorizadas las perdices, supe, más que vi, por la vibración sonora del vuelo, que se descolgaban como bólidos al refugio verde de la ribera en la Dehesa. Don Ramón avanzaba al paso lento de la burra, hacia lo que sería gran escenario. A la vez que a las perdices, vi ahora entre las ramas del cabañuelo cómo los halcones, con el último grito de guerra, se precipitaban a velocidad de vértigo sobre el “bando” aterrorizado. A pocos metros de don Ramón, se produjo un choque terrible. Las garras de las rapaces hicieron presa. Una llamarada de plumas rojas y azules sorprendió a la cabalgadura. Un rebuzno destemplado resonó varias veces por el eco en el valle. La burra, espantada, dio un salto de cabra; y don Ramón salió despedido-con perdón- como un pelele de trapo. Las espinas, duras como el acero en las aulagas, a la vez que parar al cura que rodaba ladera abajo, acabaron con el sueño plácido en el que venía sumido…. meditando.
Esperé sólo unos segundos. Como parece que el sacerdote no se movía, reaccioné sin pensarlo. Despojado rápidamente de las no muy complicadas ropas, me lancé al agua. En no digo minutos, sino en algunos segundos, levanté a don Ramón aún aturdido en el no precisamente santo suelo. Sin reparar en que estaba casi -sólo con el calzoncillo- como vine al mundo, le atendí como buenamente pude y supe. Se incorporó, pálido el rostro y blanca la sotana. No por el susto, claro, tremendo, sino porque tras hacer “la croqueta” ladera abajo en tierra caliza, quedó tan embadurnado como metido en harina. En voz alta y clara, dio las gracias a la Virgen del Carmen por haber salido sin nada roto del trance. Después de colocarlo en la albarda, le acompañé hasta la casa de la seña Felicitas. Alarmada ante la extraña visión que componíamos ante ella, llamó a su marido, el señor Santiago “el Marranero”. Sin prestar atención a la figura que les ofrecía mientras reconfortaban y limpiaban al sacerdote, “la Pilar” (hija de ambos) que huyó… a tocar primeras, hizo sonar la enorme campana Santa María.
A la vibración sonora y un tanto bronca que recorrió el valle, desaparecieron las perdices, palomas y halcones. Tras unos minutos de silencio, la “voz de Santa María niña” hizo lo propio en llamada a los obreros y vecinos del caserío de la Dehesa.
Del todo repuesto don Ramón, otra vez blanco por la palidez el rostro, surcó en la barca la nunca familiar mar oceana del padre Duero. Vestido, tomé la delantera y enseguida me uní al coro, con el Ave María que, como himno de acción de gracias, recibimos a don Ramón en la nueva Cova de Iría. Iniciada solemne la Santa Misa y tras las lecturas, en el sermón no hizo alusión al incidente. Salvo que se le espantó la burra en Acto de Servicio… Hizo luego y de palabra un canto sentido y brillante a la nueva imagen que aseguraba verla sonriente. Nos pidió que repitiéramos el Ave de entrada, que repetimos extraordinario y con emoción. Otra vez silencio absoluto y sonrisas de satisfacción en rostros curtidos y aún sin saber por qué asombrados.
Una bandada de palomas, venidas de la torre de la Iglesia de Peñalba de Duero, revoloteó a la entrada de la capilla breves momentos. En vista de tanto personal y esquivas las zuritas, huyeron todas; todas menos una que, blanca como la nieve, se introdujo en la capilla. Revoloteó por todo el Recinto y tras posarse sobre la imagen de la Virgen de Fátima y mirar en todas direcciones con ojos glaucos, voló también con sus compañeras del bando. Fijos los ojos en la bellísima imagen, que intentaré “pegar” al relato, con el “Itae Misae est”, salimos a la consabida celebración “pagana”; hoy más que animada por el episodio, que por el riquísimo Ribera del Duero.
En andas improvisadas y como hiciera por pueblos y ciudades de España, Nª Sª de Fátima recorrió en procesión el caserío acompañada por los cánticos que, pegadizos, cantamos todos:
“El trece de mayo, la Virgen María
bajó de los cielos a Cova de Iría
Ave, ave, ave, María (bis)
A tres pastorcitos, la Madre de Dios
descubre el misterio de su corazón
Ave, ave, ave, María (bis)
Haced penitencia, haced oración
por los pecadores, implorad perdón.
Ave, ave, ave, María (bis)
El Santo Rosario, constantes rezad
y la paz del mundo el Señor dará.
Ave, ave, ave, María” (bis).
P. D.: cuestión sin importancia: en la dedicatoria junto a la estampa de la Virgen de la Dehesa, dice Ignacio. Nuestra madre nos dedicó una a cada uno de sus hijos. Tengo tan bien guardada la mía (“ordenada” por mi mujer), que no la encuentro. Valga, pues, ésta, porque salvo el nombre -Carlos-, es idéntica. Debo también resaltar, aunque con esto no es preciso explicarlo, cómo y de quién recibimos el intenso Amor a la Señora.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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