Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Miki y Duarte en Diario de Sevilla el pasado día 2) (*)
El programa consiste en una mesa, apodada “de la Transición”, en la que toman asiento unos políticos, no para participar en el clásico debate, sino para aportar ideas convergentes que contribuyan a sacar del hoyo a su partido, actualmente hundido en una considerable confusión. Uno de los participantes fue ministro; otro, alcalde de una ciudad española y embajador ante la Santa Sede; el tercero, presidente de una importante autonomía, y el cuarto, fiscal general del Reino. Todos ellos, por tanto, personas de criterio y de experiencia que se encuentran en perfectas condiciones para contrastar el penoso estado actual de su organización política con el de un pasado de esplendor y de éxito.
Y ahí quiero entrar yo para señalar algunas consideraciones sobre cómo aquél partido llegaría a gobernar holgadamente España para acabar sumido ahora en la desgracia. Recordarán ustedes la transformación que se produjo en él tras un comentario de su líder carismático en el que se refería a aquel proverbio chino según el cual bien poco importa que el gato sea de un color o de otro si caza bien ratones, pues a partir de él tendría la osadía de borrar el marxismo de la ideología oficial de la organización de la que él mismo era entonces presidente. Así fue como quienes se acostumbraron a invocar el axioma de la lucha de clases pasarían a alinearse con las socialdemocracias europeas para así gobernar en mayoría, demostrando que la moderación, además de ser exigida por Europa, era igualmente preferida por los votantes españoles probablemente porque durante el anterior régimen se había desarrollado una amplia clase media y se habían producido numerosos avances en el ámbito económico y social.
Con todo, lo más asombroso de este inaudito cambio fue su aceptación por una vieja guardia que cultivaba las esencias aun después de haber pagado largo tiempo por unos coqueteos con las fuerzas revolucionarias de un frente popular – el de las checas, los paseos al amanecer, la quema de templos y conventos, la exhibición de los retratos de Lenin y de Stalin en la Puerta de Alcalá, y el asesinato como expeditivo medio para cargarse a la oposición política – que propiciarían el trágico pero inevitable enfrentamiento entre los españoles.
Mas la transformación experimentada con la aplicación de un pragmatismo a ultranza no quedaría simplemente en el rechazo de una de sus más arraigadas bases ideológicas, pues, pasado cierto tiempo, el mismo partido protagonizaría uno de los hechos más curiosos de nuestra reciente Historia al someter a referéndum la permanencia de nuestra nación en la Organización Atlántica y, pese a haberse significando siempre en contra, solicitar el “sí” de sus votantes. Con lo cual se daría la contradictoria circunstancia de que su adversario recomendara la abstención para no dar más facilidades y obligar a que quienes hasta entonces fueron enemigos de esta idea tuvieran que volcarse por forzar un cambio de opinión de sus adictos.
Y aún cabe añadir que esta historia culmina, para mayor asombro, con la candidatura de uno de los más cualificados líderes políticos del partido nada menos que para el puesto de Secretario General de la citada organización de defensa colectiva, cargo que desarrolló con extraordinaria brillantez.
Luego ya vendría lo que vino, con lo cual se explica cómo acabaría la presente historia: lo que yo he dado en llamar “el Decenio de los Irresponsables”: un tiempo en que se negaría la realidad, se sembraría un inmoral relativismo, y se pondrían en solfa algunas de nuestras convicciones al par que se manipulaban las tragedias e incluso los ataques terroristas para condenar al adversario y así ganar las elecciones. Un tiempo en que se promovería el retorno del odio y del enfrentamiento entre los españoles con las argucias de la “memoria histórica”, ignorando clamorosamente ésta al escorarse a favor de ciertos movimientos independentistas o revolucionarios sobradamente conocidos desde el siglo XX. En suma, se perdería el norte, y, además de destrozar la convivencia, se pondría en peligro la propia existencia de la organización política a la que me vengo refiriendo.
De ahí que hayan surgido voces, como las de algunos de sus antiguos y más acreditados líderes, que, indignados con la situación actual, sienten la obligación moral de poner las cosas en su sitio y contribuir a la recuperación, no sólo del partido en el que votaron siempre, sino también de la tranquilidad, la paz, y la esperanza en el futuro.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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