Por Carlos de Bustamante

( La Inmaculada, antaño Virgen sin manos, con el autor de este artículo) (*)
Les decía “quisió” (qué sé yo) hace cuánto tiempo, que el foramontano y organizador de este blog Josemari Arévalo tuvo noticias de la existencia en la iglesia de Nª Sª de la Asunción en Tudela de Duero de una imagen extraordinariamente hermosa de la Virgen. Pidió verla. Con el sello inconfundible del gran imaginero castellano Gregorio Fernández, me dijo que le recordaba en todo a la que tuve restaurada en la capilla de la Dehesa de Peñalba. Me faltó tiempo para establecer contacto con la Concejala de Cultura del Ayuntamiento tudelano. A las pocas horas, recibí una fotografía -gracias Marta- de la que fuera Virgen sin manos, ¡pero con ellas en actitud orante! ¡¡Era Ella!! La que creí perdida, vendida y vaya usted a saber dónde.
Henchido de amores y emociones que ni les cuento, pedí a un amigo íntimo acudir en su vehículo en romería agradecida. Marta y el señor cura Párroco nos esperaban a la puerta de la iglesia. Entramos. Taconazo y saludo con inclinación reverente de cabeza al Santísimo en el Sagrario, tal y como acostumbramos los de nuestra profesión que ya no podemos adoptar la postura de rodilla en tierra; la que le es debido al Señor sacramentado. Como flotando sobre la tarima del suelo seguí tan deprisa como me era posible a los que se dirigían a la sacristía.
Se hizo la luz y… ¡allí estaba! Sobre un pedestal en la pared de piedra, mi Inmaculada era la maravilla de las maravillas. Hubiera trepado por la pared hacia Ella. Tal era el ansia, o llámenlo como quieran, que me invadía. Se me adelantó el sacerdote. Con la ayuda de una silla, y no sin equilibrios peligrosos, la tomó del pedestal y con delicadeza extrema la depositó sobre una mesa justo a mi lado. Las fotografías “robadas” dan fe de lo que hice por un impulso incontenible y en absoluto contenido. Varias veces me he preguntado luego: si ante una simple imagen -que de simple, ¡nada!- el beso y abrazo a la Aparecida me salieron del alma, ¿qué no será en la realidad, si el Señor y su Madre me conceden el inmerecido bien de llevarme con Ellos…? Si ante la que creí perdida para siempre pugnaron las lágrimas por salir a borbotones por el encuentro pleno de emoción ¿cómo será el encuentro definitivo, si por la gracia de Dios, me es concedido el Cielo?
Les ruego perdonen estas expresiones de niño bobo. Son fruto de la confianza que ustedes me inspiran tras años y artículos a cientos de comunicación ininterrumpida. Son confidencias que no me atrevería a expresar de no ser probablemente los mismos quienes habitualmente me siguen.
Pues ya lo saben; la que fue preciosa Virgen “sin manos”, es hoy la misma Virgen felizmente Aparecida.
Con delicadeza digna del mayor agradecimiento, el Sr. Cura y la Sra. Concejal hicieron “mutis” de la sacristía y solos los dos amigos romeros, rezamos el segundo de los misterios con piropos entrecortados: rosas encendidas a Nª Sª Aparecida en su casa de Tudela de Duero. El tercero que completó la corona de rosas, fue una continua acción de gracias por tan emocionado reencuentro.
Desacralizada la capilla por estar vacío de vecinos el caserío y el pueblo Peñalba que le dio el nombre en la otra margen del padre Duero, Aparecida “vive” sólo en su Casa.
Como no siempre es posible encontrar un amigo que transporte a quien le gustaría estar en visita constante, opté por la solución que ofrece la técnica informática: colocar a la imagen Aparecida como fondo de pantalla de este instrumento de trabajo. Virgen sin manos, Aparecida, está presente en cada inicio de un nuevo artículo. Les aseguro que es una “industria humana” de singular eficacia. Como si Aparecida saliera de la sacristía e hiciera bueno el dicho –con el respeto a personas y distancias-: “Si la montaña –que dijo Mahoma- no viene a mí, yo iré a la montaña”. Aparecida viene cada vez que pongo en funcionamiento este instrumento. Le digo lo que me pete, y de paso, le ofrezco cuanto escribo. ¿No creen ustedes que tal vez le guste? Digo el hecho en sí, porque en cuanto a calidad de cada “rezongón”, lo dudo. A lo más, un cariñoso ¡viva la buena voluntad! Pues, mis amigos, me conformo encantado. O sea que otro día más. Si Dios y su Madre son servidos. Pero ¡esperen!, como les veo mascullando no sé qué de hipersensible o de excesivamente sentimental, sin que me importe y sin negarlo -¡que es nuestra Madre, oigan!– les dejo con la letra de la canción que, a buen seguro, muchos de ustedes, mis amigos de cierta edad, le pondrán la música tantas veces interpretada en nuestros mejores años de juventud:
“Salve Madre/ en la tierra de tus amores/te saludan los cantos que alza el amor./
Reina de nuestras almas/flor de las flores/ muestra aquí de tu gloria los resplandores/ que en el cielo tan solo te aman, mejor./
Virgen santa/ Virgen pura/ vida esperanza y dulzura/ del alma que en ti confía./Madre de Dios/ Madre mía./
Mientras mi vida alentare/ todo mi amor para ti./ Mas si mi amor te olvidare/ Madre de Dios/Madre mía/ aunque mi amor te olvidare/ Tú no te olvides, de mi…
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/1/569/32353389283_a10a497b9b_b.jpg
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