Por Javier Pardo de Santayana

( Acuarela de Joseph Jzbukvic en jzbukvic.com/Home.html ) (*)
Miércoles de Ceniza. Cae la tarde cuando mi mujer y yo nos dirigimos hacia la parroquia. El templo está casi a tope: unos sesenta y tantos niños que se preparan para recibir su primera comunión se sitúan en los primeros bancos acompañados por sus padres; además, muchos feligreses se han acercado al templo para asistir a la celebración del acto con el que comienza la Cuaresma.
El párroco va de un lado a otro afanándose en la preparación de la liturgia cuando pasa a nuestro lado camino de la sacristía. Nos dice: “Cuento con vosotros para la imposición de la ceniza”. Así que llegado el momento mi mujer y yo nos acercamos al lugar donde se encuentran unos pequeños platos que contienen los restos calcinados de los ramos con que se iniciara la Semana Santa del año pasado..
Mi mujer abre el fuego imponiendo la ceniza al propio párroco. Luego, cada uno de nosotros escolta a éste a uno de los lados, y los feligreses inician su desfile. Toda suerte de rostros y expresiones van pasando sucesivamente ante nosotros: mujeres, hombres, jóvenes y niños; unos conocidos y otros no. “Conviértete y cree en el evangelio” vamos repitiendo después de mirar a quien devotamente se planta ante nosotros y entorna su cabeza para recibir la ceniza bendecida. Impresionantes en su certera sencillez, estas palabras suenan en mi interior cual si vinieran de muy lejos; como las que en su día pronunciarían los apóstoles.
A la hora de la comunión un gesto del párroco reclama que mi mujer suba a las proximidades del altar para ayudarle. Y yo soy el primero en recibir de sus manos nada menos que el Cuerpo de Cristo.
¡Cuántos rostros vimos ambos esa tarde-noche del primero de marzo cara a cara! Rostros, algunos, de dolor reciente, otros de intensa alegría; algunos de preocupación difícilmente contenida; todos, de gran respeto y con un claro destello de esperanza. Una madre joven ha rezado el padre nuestro delante de nosotros agarrando la mano de su bebé en la cuna mientras éste enlazaba con su hermano, no mucho mayor por cierto… Más allá deseamos la paz a una madre que vio cómo su hija se mataba a su vista en el estreno de una moto.
De pronto me viene al recuerdo de un suceso que ocurrió la víspera y que toda España ya conoce: en el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, unos “Drag Queens” – es decir, unos hombres disfrazados de mujeres aunque no sean necesariamente de la identidad transgenéro – como símbolos vivientes de la nefasta teoría que se quiere imponer en las escuelas, acaban de montar un número en el que uno de ellos, tras hacer unas muecas repugnantes disfrazado de Virgen María, se va desnudando para convertirse en un Cristo clavado en la cruz y escarnecido. Todo ello en un contexto de supuestas procesiones sevillanas. He aquí un ostensible gesto de grosería y de mal gusto, una ofensa premeditada que a nada viene a cuento sino es por el deseo obsceno de ridiculizar la tradición católica a sabiendas de que cosas como ésta suelen salir hoy gratis y son aplaudidas por algunos.
Entonces echo una mirada a quienes, en mi entorno, celebran nada menos que la Historia de la Salvación; una jornada de conversión al bien, de rechazo del mal que vive en el pecado que anida a veces en el corazón del hombre; ese mal cuya presencia está no mucho más allá de la desaforada víspera. Y veo a quienes participan en las oraciones de este Miércoles no ya como unos españoles que asisten a una celebración litúrgica a la que de seguro asistirían sus ancestros, sino como una comunidad cristiana perseguida en el seno de un país en el que hay muestras concretas de envalentonamiento de quienes tienen el desprestigio de la religión católica como una de sus prioridades principales.
Y a la memoria me vienen escenas de mi infancia que me hacen imaginar este escenario actual de mi parroquia transferido a los aciagos años que precedieron y siguieron a mi nacimiento: cuando estas familias y nosotros mismos habríamos sido interpelados para probar la fortaleza de nuestra fe cristiana. ¿Habríamos entonces respondido como respondió la generación de nuestros padres, es decir, con la aceptación decidida del martirio? Pues para aquellos antecesores nuestros sí que fue aquel el momento crucial de la verdad; cuando dar testimonio significaba jugarse la vida según recuerda la Memoria Histórica.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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