“El saqueo de las cajas de ahorro, la otra desamortización”, de Pedro Fernández Barbadillo y “Las ideas que ha reformulado Obama”, de Juan Meseguer

( Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 14 de febrero) (*)
EL SAQUEO DE LAS CAJAS DE AHORRO, LA OTRA DESAMOR-
TIZACIÓN
Artículo de Pedro Fernández Barbadillo publicado en Actuall el pasado día 18 de febrero
El hundimiento de las cajas de ahorros, que representaban casi la mitad del sistema financiero español, comenzó con su ocupación por los políticos, por medio de una ley, la LORCA, aprobada por el PSOE en 1985. Cuando yo era un chaval, en las capitales de provincia como Burgos o Logroño había unos enormes carteles en forma de hucha panzuda que se iluminaban por la noche; y los más ingeniosos mostraban una moneda entrando por la ranura. Representaban las cajas de ahorros locales, algunas con nombres tan curiosos como la Caja del Círculo o la Caja Inmaculada o la Caja de Pensiones o el Monte de Piedad. Además, como las cajas no tenían accionistas, sino entidades fundadoras y finalidad social (proteger el ahorro de las personas más humildes y darles acceso al crédito), los beneficios se destinaban a reservas y a la llamada obra social.
La cantidad de programas y actividades que tradicionalmente pagaba la obra social de las cajas de ahorro es interminable: asociaciones de afectados con síndrome de Down, becas, hospitales, centros de jubilados, residencias de ancianos, promociones de viviendas, bibliotecas, deporte, restauración de catedrales y monumentos, exposiciones, museos y hasta papeleras, columpios y bancos en las plazas.
La obra social era para cientos de pueblos castellanos, aragoneses gallegos o extremeños de lo poco que les llegaba de fuera totalmente gratuito.
Pero vino la modernidad. Había que europeizarse. Adaptarse a los nuevos tiempos. Menos ventanillas y más cajeros automáticos. Menos directores ascendidos desde botones y más pijos con MBA. Al cabo de unas décadas, todas esas cajas han desaparecido, incluso sus sedes, construidas en dura piedra como para transmitir confianza en su solidez, han sido transformadas en centros comerciales iguales que los que hay en Estocolmo o Miami. Junto con ellas, su veterana obra social se encamina a la supresión.
“Una fusión nunca crea un problema”
¿Cómo pudo suceder? La pareja de ‘malvados’ que hundió Bankia, Rodrigo Rato y Miguel Blesa, se ha convertido en un trío al unírseles –quizás hasta el primer descarte- Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que era gobernador del Banco de España cuando el ‘frankenstein’ formado por la antigua Caja Madrid y otras seis cajas de ahorro salió a bolsa.
En 2013, cuando las cajas habían quedado arrasadas con la colaboración de sus planes de fusiones, este señor tan listo y tan bien relacionado (fue columnista en El País y su esposa es alta ejecutiva de un tinglado de la ONU) sentenció que: “Una fusión nunca crea un problema. La gente lo tiene que saber. Una fusión es una oportunidad de resolver problemas.”
El principio del fin para las cajas y su obra social comenzó cuando el PSOE de los 202 diputados aprobó en 1985 en las Cortes la Ley de Órganos Rectores de las Cajas Ahorros
Pero ni Bankia es la única caja envilecida ni MAFO es el único responsable. El principio del fin para las cajas y su obra social comenzó cuando el PSOE de los 202 diputados, el de Felipe González, Alfonso Guerra y el ‘liberal’ Miguel Boyer, aprobó en 1985 en las Cortes la Ley de Órganos Rectores de las Cajas Ahorros (LORCA), a la que se opuso con tanta brillantez como inutilidad ante el rodillo socialista el ex ministro franquista y diputado de AP Fernando Suárez.
Con la LORCA comenzó el reparto
La LORCA decía esto tan bonito en su exposición de motivos: “Esta Ley pretende alcanzar el triple objetivo de democratizar los órganos de gobierno de las Cajas de Ahorros, conciliar esa democratización con las exigencias de una gestión eficaz, que debe cumplirse con criterios estrictamente profesionales, y establecer una normativa de acuerdo con los principios que inspira la nueva organización territorial del Estado, sentando al mismo tiempo las bases del régimen de disciplina, inspección y control de estas Entidades.”
Entre los planes delirantes de la partitocracia, se llegó a hablar de la unión de todas las entidades de cada comunidad en una sola
En los años siguientes las comunidades autónomas elaboraron su propia ley de cajas regionales, para que el gobiernito pudiera mangonear con mayor impunidad las que se encontraban en su territorio. ¿Por qué cajas que operaban en media España tenían que estar sujetas al cacique del territorio donde tenía su sede social en vez de a la legislación nacional? Entre los planes delirantes de la partitocracia, se llegó a hablar de la unión de todas las entidades de cada comunidad en una sola.
Al principio sólo el PSOE, el PNV y CiU irrumpieron en las cajas. Sus apparatchiks fueron depurando a los verdaderos profesionales. Una de las poquísimas que resistió a los políticos fue laCaixa, nacida de otra fusión en 1990, que desbarató los ataques del partido del 3%. A medida que el PP conseguía en los años 90 poder local este partido se unió a la ‘merienda de afroamericanos’.
Los bancos privados de los partidos
De los tres objetivos planteados por la LORCA, se cumplió plenamente sólo uno, el último. La democratización de sus órganos de gobierno supuso la entrada, como los bárbaros en Roma, de los partidos políticos y los sindicatos mayoritarios en la asamblea general y el consejo de administración respectivos.
En 2009, se calculó que de los 6.065 miembros de las asambleas y los consejos de las 45 cajas, un 34%, es decir, 2.087, estaban nombrados por la partitocracia.
Varios ex políticos presidieron algunas de ellas: los socialistas Narcís Serra (Catalunya Caixa) Juan Pedro Hernández Moltó (Castilla La Mancha), los populares Rato (Bankia) y José Luis Olivas (Bancaja), el nacionalista vasco Mario Fernández (Kutxabank), el navarrista Miguel Sanz (Caja Navarra)… Pedro Sánchez fue miembro de la asamblea de Caja Madrid.
Y la “gestión eficaz” consistió en financiar proyectos ruinosos, como el aeropuerto de Ciudad Real, Terra Mítica (Alicante), el Centro Niemeyer (Asturias), cadenas de hoteles de lujo… Además, se concedieron docenas de millones de euros en préstamos a los partidos, muchos de los cuales se condonaban, o a amigos y testaferros.
Por último, los consejeros se fijaron sueldos astronómicos y generosísimas pensiones. José Luis Méndez (director de Caixagalicia) percibió en un solo año 11,2 millones de euros. El consejo de Caixa Catalunya se aumentó las retribuciones a la vez que la entidad recibía transferencias del Estado. Y el director y tres consejeros de la catalana Caixa Penedès cobraron 28,6 millones de euros como pensión que tuvieron que devolver para no ir a la cárcel.
Si el empeño de la partitocracia para apoderarse de las cajas de ahorro está claro, cabe pensar que su obcecación en salvarlas de quiebras, ventas y absorciones se ha debido a que querían seguir con sus ‘banquitos’ y que no nos enterásemos de cómo las habían saqueado.
Un diputado del PP gallego, Pedro Puy, explicó que el veto de su partido en el Parlamento gallego a una comisión de investigación sobre las cajas locales, ya desaparecidos, fue, en realidad, “un favor que le hemos hecho al país”
Semejante gestión afectó a los beneficios de las cajas y, en consecuencia, a la obra social. Ésta por primera vez superó los mil millones de euros en 2002. Con la borrachera provocada por el ladrillo y la especulación, el beneficio de las cajas se disparó y también la obra social, hasta rebasar los 2.000 millones en 2008.
El rescate de las cajas ha costado más de 60.000 millones de euros a los contribuyentes españoles
A partir de ese momento, el sistema financiero español (“el más sólido del mundo”, según Rodríguez Zapatero) comenzó su declive, que en el caso de las cajas fue un desplome. Hasta ahora, el rescate de las cajas ha costado más de 60.000 millones de euros a los contribuyentes españoles.
La desaparición de los beneficios y las fusiones, dirigidas por Fernández Ordóñez, Zapatero y su ministra Elena Salgado, han depauperado la obra social.
En 2014, las cajas, ya transformadas en fundaciones, aportaron a su obra social casi 710 millones de euros, de los que alrededor de 500 millones correspondieron a laCaixa. Es decir, en seis años de “gestión profesional” y de órganos “democratizados”, la obra social se redujo en dos tercios. En 2015, la cantidad se recuperó un poquito, como la economía española: 717 millones.
Otro reproche que hemos de hacer a la partitocracia y a los altos funcionarios del Banco de España es la concentración del sector financiero. En 2007 operaban en España en torno a 60 entidades financieras (de las que 45 eran cajas) y en 2015 quedaban 18. ¡Algunos aseguran que sólo quedarán diez!
Más concentración reduce la competencia, tanto para los clientes como para los empleados, aunque para los directivos y los funcionarios es una situación ideal, porque tiende al oligopolio y a un control más sencillo del mercado y de las entidades.
Dependiente de los dividendos
La CECA (el organismo que las agrupaba a todas) advirtió en 2015 de que la obra social peligra debido a la ‘bancarización’ de las entidades.
“Si la continuación de la Obra Social de las antiguas cajas de ahorros, ahora en manos de las fundaciones, pasa a depender únicamente del posible reparto de dividendos de los grupos bancarios de las que son accionistas, resulta previsible una preocupante disminución de los fondos para la financiación de los proyectos sociales.”
De ocurrir esto, se habría consumado una nueva desamortización, como la perpetrada en el siglo XIX, que despojó a las órdenes religiosas y los ayuntamientos de su patrimonio, con el que atendían a millones de españoles, para enriquecer a un puñado de corruptos.
Y ahora el Gobierno amenaza con mejorar las cajas rurales, cuando de las más de setenta cajas rurales que hay en España sólo una, la de Mota del Cuervo, tuvo que ser intervenida por el Estado (2014). Pero el Estado de las Autonomías no puede consentir ni una sola área organizada por los ciudadanos en la que no intervenga.
Artículo en: http://www.actuall.com/criterio/economia/el-saqueo-de-las-cajas-de-ahorro-la-otra-desamortizacions/
LAS IDEAS QUE HA REFORMULADO OBAMA
Artículo de Juan Meseguer publicado en Aceprensa el pasado día 20 de enero
El traspaso de poderes en la Casa Blanca está dando que hablar sobre el contraste entre el tono agresivo de Donald Trump y el tacto de Barack Obama. Pero los modales suaves del presidente saliente no excluían el radicalismo por la vía de los hechos. El mismo convencimiento que le llevó a tomar partido por una visión del mundo que en su opinión le situaba en “el lado correcto de la historia”, le impulsó en ciertos temas a limitar en la práctica la libertad de quienes estaban al otro lado.
La militancia de Obama no debería causar sorpresa. Aunque un presidente declare su intención de gobernar para todos, como hizo Trump tras su victoria, o su deseo de escoger “el propósito común por encima del conflicto y la discordia”, como dijo Obama en su discurso inaugural del 20 de enero de 2009, ya se entiende que cada cual gobernará desde sus posiciones políticas.
Decretos polémicos
El problema, en el caso de Obama, viene de dos frentes. Primero: decía estar a favor del consenso bipartidista, pero no renunció a los decretos presidenciales –órdenes ejecutivas– en temas éticos sensibles, como la financiación pública de las investigaciones con células madre embrionarias; las medidas antidiscriminación por motivo de orientación sexual, a expensas del derecho a la objeción de conciencia; o los “baños trans”.
Es cierto que los congresistas republicanos no siempre pusieron fáciles las negociaciones en otros asuntos que afectaban a su agenda política, como se vio en el debate sobre la reforma sanitaria, que condujo al cierre de la administración en 2013; o en su persistente contestación a cualquier proyecto de reforma migratoria, a las medidas restrictivas de las armas o a la lucha contra el cambio climático. Debates necesarios en los que muchos republicanos se cerraron en banda.
¿Por qué un presidente supuestamente tan conciliador deja un país tan polarizado?
Pero habría que preguntarse si Obama contribuyó al diálogo. El columnista del Washington Post Robert J. Samuelson, que elogia enormemente el legado económico de Obama, le pone un “pero” en ese punto. “¿[La cerrazón] fue culpa de los republicanos que no se apean de sus posiciones partidistas, como dice la Casa Blanca? ¿O fue cómplice Obama, al que sus propias limitaciones partidistas no le dejaban margen de maniobra?”. Y responde: “Quizá de ambos”.
Intervencionismo moral
La segunda cuestión que arroja sombras sobre la militancia de Obama proviene del deterioro que han sufrido la libertad religiosa y de conciencia bajo sus dos mandatos. El caso más flagrante es el del “mandato anticonceptivo”, la norma que pretendía obligar a los empleadores –incluidas las instituciones de inspiración religiosa– a garantizar a sus empleadas el acceso gratuito a los anticonceptivos, la píldora del día después y la esterilización. Y ha habido otras presiones que han afectado a pequeños empresarios, a colegios o a agencias de adopción católicas (ver Aceprensa 23-06-2016).
A diferencia de Trump, Obama se toma muy en serio las llamadas “guerras culturales”. En este sentido, no es un relativista: él sí toma partido y quiere ver a los demás pasarse al “lado correcto de la historia”, como le gusta decir. Es más, es posible que su intervencionismo en estos temas venga exigido en parte por su visión del mundo, que le lleva a presentar sus puntos de vista como exigencias morales para los demás. Este enfoque, al que añade fuertes dosis de sentimentalismo, le ha resultado eficaz para reformular varias ideas importantes.
Obama no es un relativista: él sí toma partido y quiere ver a los demás pasarse al “lado correcto de la historia”
Igualdad. Obama se declara a favor del respeto a las diferencias. Pero su idea de igualdad excluye que dos realidades distintas puedan ser tratadas por la ley de forma desigual. Olvida que la idea clásica de igualdad ante la ley prohíbe las discriminaciones arbitrarias o injustas, pero no las distinciones basadas en razones objetivas y justificadas. Este principio permitía comprender por qué la institución del matrimonio –caracterizada por unos rasgos concretos– gozaba hasta hace poco de un régimen jurídico diferente al de otro tipo de uniones. Y eso no suponía una discriminación hacia las personas que optaban por un modelo de pareja distinto: los rasgos de su relación eran objetivamente diferentes a los del matrimonio.
Matrimonio. Obama ha cambiado los términos de este debate y lo ha convertido en un problema personal. No le interesa si la institución a la que hasta ahora llamábamos matrimonio tiene unos rasgos u otros. Lo que quiere es que cualquier adulto que desee tener el estatus social y jurídico de matrimonio lo tenga, aunque su relación sea otra cosa. Y da un paso más en la personalización de este debate cuando equipara la discrepancia con su modelo de “matrimonio igualitario” con la falta de amor al prójimo, recurriendo a una especie de chantaje emocional: “Si de verdad hemos sido creados iguales, sin duda nos debemos el mismo amor unos a otros”, dijo en el discurso inaugural de su segundo mandato.
Tolerancia. Con este cambio de perspectiva, Obama no solo está falseando la idea del matrimonio: también está cambiando el significado del debate público. Si la premisa es que quienes se oponen a la legalización del matrimonio gay son personas que no aman a los homosexuales, entonces cualquiera que discrepe de mis puntos de vista en otros asuntos también puede estar actuando de mala fe. La presunción “si discrepas, vas contra mí” rompe la idea clásica de tolerancia, que distinguía entre la obligación de respetar a toda persona y su derecho a expresar sus ideas, de un lado, y el derecho a refutar esas ideas, de otro. Ahora, la única manera de ser tolerante con alguien es aprobar y bendecir sus puntos de vista. Visto así, se entiende por qué discrepar de lo que dice la administración Obama sobre el aborto y otros “derechos reproductivos” es emprender una “guerra contra las mujeres”.
Libertad religiosa. Obama se declara “cristiano”, pero no se adscribe a una confesión religiosa concreta, desde que en 2008 se desvinculó de la United Church of Christ. Lo paradójico es que la libertad que se toma para crear su “religión a la carta” y llevarla a la política, se la niega de hecho a los creyentes que desean actuar conforme a sus convicciones en todos los aspectos de su vida, también en su trabajo. Es verdad que en sus discursos defiende ese derecho: “Los laicistas se equivocan cuando piden a los creyentes que dejen su religión al otro lado de la puerta antes de entrar en la esfera pública”, dijo en 2006. Pero el “mandato anticonceptivo” y otras medidas aprobadas por su gobierno, en la práctica solo conciben el ejercicio de ese derecho dentro de las cuatro paredes de una iglesia.
Estos posicionamientos han motivado el choque entre los obispos norteamericanos y la administración Obama. Pero le han tendido la mano en otros muchos asuntos, que también conforman su visión del mundo: la atención médica digna para todos, la reforma a favor de un sistema migratorio justo, las medidas para combatir la pobreza, promover el empleo y mejorar las condiciones laborales, la atención al cambio climático, los pronunciamientos contra la pena de muerte, su intercesión a favor de los presos de Guantánamo…
Como se ve, el espacio para buscar “el propósito común por encima del conflicto y la discordia” era grande. La pena es que faltase libertad en aquellos ámbitos donde la democracia exigía el disenso. Más que multiplicar la cordialidad, Obama ha enrarecido la discrepancia.
La presidencia de Obama deja una lección para Trump: si aspira a sacar adelante reformas de calado que no sean fácilmente desmontables, tendrá que apoyarse más en el consenso bipartidista. Su intención de transferir el poder “desde Washington al pueblo estadounidense” no puede convertirse en una excusa para agravar la polarización.
Ver artículo completo en: http://www.aceprensa.com/newsletter-article/las-ideas-que-ha-reformulado-obama/
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