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El Rezongón. Robots y progreso (I)

Tres foramontanos en Valladolid 21 Mar 2017 - 07:21 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Segadores. Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo”. 2001) (*)

La Capacidad de asombro hoy, no tiene límites. Más de uno ha dicho a este empedernido rezongón, que ya está bien de sacar punta a todo, y casi todos los días; pero es que mis amigos e improbablemente lectores ¡es que hay que roerse…! ¿Eh? Si me permiten la expresión barriobajera o del arroyo, si un día oyes una chorrada, al siguiente te enteras de otra mayor: un dirigente de un sindicato mayoritario ha propuesto, al parecer en serio, ¡que los robots paguen a la Seguridad Social, por las personas a las que privan de trabajo.

Me desperté esta mañana antes de lo acostumbrado y me vino a la memoria la idea luminosa del que por su supuesta valía personal lo eligieron como ¡secretario general de un sindicato! En un duermevela de pesadilla, comencé a enumerar los que, sin figura humana, son robots con las maléficas características del que con la propuesta del susodicho pago (a la S.S.), “se quedó calvo detrás de las orejas”.

Comenzaré por lo que, vivido, he conocido mejor: Bajaban los segadores gallegos y subían los andaluces para segar las mieses en estas tierras de pan llevar. Desde antes de amanecido y con la fresca, el cuerpo encorvado y el brazo extendido con los dedos introducidos en la “zoqueta”, la cuadrilla silenciosa hacía gavillas tras la siega rítmica de las hoces (primer robot), que en un continuo y rítmico ronchar humillaban al cereal que poco antes de que el fuego del sol cayera implacable sobre los campos de cereal; los que otrora orgullosos, se mecían suavemente con la brisa (suave susurro de otros mundos) del alba fresca de estos pagos. Atadas en gavillas quedaban expuestas a la modorra producida por “la calor” que sigue abrasadora después del alba. “Cacho tras cacho”, proseguían la labor sobre la terrible estepa castellana donde dejaban el sudor vertido por el esfuerzo continuado. El que sólo la reciedumbre de nuestras gentes hacía soportable.

Porque también lo hizo, el Rezongón da fe de que aquel trabajo rayaba en lo inhumano. Sin embargo –y porque también lo hizo-, no terminaba ahí “la cosa”: todavía no había roto el sol los fantasmas que la imaginación da vida en la noche, cuando con chirriar de bujes y llantas de hierro sobre el rastrojo entraban los agosteros para acarrear las gavillas que dejaron los segadores en el interrumpido reposo del cereal difunto. Uno tras otro pasaban los haces de la tierra al carro (“robot”), que con idéntica música destemplada marchaba sin prisa y sin pausa camino de las eras. Otros sufridores con el sol dejando el fuego de su interior sobre mieses y espaldas de los que primero forman y luego “tornan” la parva, volvían a regar de nobleza y sudor la abrasadora planicie empedrada del lugar donde el orgullo del cereal, inhiesto poco antes, quedara hecho añicos por el pedernal o lascas de cantos rodados de los trillos (“robots”), que no sin nuevo trabajo siempre penoso dejaran listos los artesanos de Cantalejo en sustitución del mayal (simple palo articulado). Tosco y primitivo robot, para triturar la paja y espigas y desprender de ellas el grano. Labor de trilla tan ingrata o más dificultosa que las anteriores porque no era con la fresca de la mañana cuando debía llevarse a cabo, sino cuando el sol en todo lo alto, dejaba caer sobre el cereal, hombres y ganados el ardor de sus entrañas que provocarían junto a nuevos y más intensos sudores. Fuego que caía de lleno, para la puesta a punto del horno en que se convertían las eras y el “pan” sobre ellas.

Si pese a todo hubo alegría mientras se ejecutaba éstas y otras labores que seguirán aquí o en nueva narración, es porque nuestras gentes del campo –héroes anónimos- fueron durante siglos el tronco de las benditas ramas nacidas de él en guerreros sin par o insignes hombres de la ciencia y las letras.

Tras el breve inciso para mitigar tanta rudeza de sudores y trabajos tan extenuantes como ignorados hoy, seguiré todavía un poco más, para finalizar -sin que sea el fin- lo que, por sabido de otros artículos en este blog, pudiera fatigar al lector amigo.

Cuando finalizaban las sucesivas trillas, y si el aire en movimiento les era favorable, con horcas y garias (robots en sustitución de las solas manos) lanzaban a lo alto paja y grano que el viento se encargaba de separar según el peso(caía el grano y volaba ,la paja) . Labor lenta y costosa que sólo la reciedumbre del labrador hizo soportable. Si el viento se entretenía, siseando historias de otros pagos o enredando entre los chopos y álamos de la ribera próxima, la criba (robot) suplía al viento con zarandeos rítmicos; los que repetidos durante horas hasta la casi extenuación dejaron la nobleza antes inhiesta de los agosteros, hecha unos zorros.

Ante este nuevo trabajo rayano también en el inhumano, además de las fajas enrolladas a la cintura sobre las vértebras lumbares, un nuevo robot armó la marimorena en las eras. Lo mismo que se robotizó la siega con primero la gavilladora y la atadora luego, el traquetreo rítmico de la aventadora (beldedora) fue la intemerata de los robots. Pero en las faenas con el “cerial”, hubo más ¡mucho más!

Ni hoces, hocinos, gavilladoras, atadoras ni aventadoras -beldadoras… hicieron total el progreso en las faenas de “hacer el verano”. Como por encanto o mejor, encantados, se recibió con alegría y alborozo la impresionante trilladora. En el no va más del progreso, hizo que desaparecieran de las eras, y aún las mismas eras, donde poco antes se deslomaban hombres y ganados. Con apariencia de monstruo de otros mundos, el extraño robot, recibía por una boca desdentada e insaciable, mieses haces o gavillas que en apresurado acarreo, engullía con ronquidos inenarrables. En una sola operación trillaba, aventaba y separaba el grano de la paja, que vomitaba por oquedades siniestras.
Uno tras otro, y no sin tristeza indisimulada pese al asombro, los segadores gallegos subieron a sus prados del Norte y los andaluces a los olivos del Sur. Y el “verano” que requería cuasi tres meses de guerra abierta a la calor y hacer pan del cereal, quedó reducido a un agosto incompleto. ¡Robot insuperable! Por el momento los agosteros castellanos, permanecieron en sus puestos “de combate”, no sin lanzar miradas furtivas al progreso ¡venido de Dios sabe dónde! Pero bendito sea, porque al fin creyeron- ¡ah infelices!- que las espaldas volverían a su ser y los “reñones” lo agradecerían.

Anteriormente a lo referido, y por incluir dos artículos en uno, es bien cierto que los regadíos dan más y mejores cosechas; sin embargo a la hora de “medir”, los trabajos previos, no eran precisamente de “reír”. Con la pericia de quien conocía el terreno palmo a palmo y antes de la siembra, era preciso trazar las regaderas que dadas luego por el regador mejor forma que la del sólo arado que las marcó, habrían de llevar las bendiciones dirigidas del agua “a manta” por cada cacho con o sin pendiente. Antes también y desde la toma de agua en el río o en el canal por medio del robot motor-bomba era menester conducirla por grandes “almorrones” con altura suficiente para surtir a cada regadera. Grandes caudales que no pocas veces “arpaban” los susodichos y habían de acudir todos los regadores del cacho para taponar la brecha con ingentes cantidades de tierra.

Otra vez vino el progreso, y en zanjas abiertas con pico y pala, los almorrones pasaron a ser antiguallas en comparanza de enormes tuberías enterradas. De trecho en trecho los sifones con bocas de salida al exterior, repartían el caudal por las entonces imprescindibles regaderas. Extraño robot éste de las tuberías de hormigón, que dio rapidez al riego sin el obstáculo de las monumentales conducciones en las que las ratas de agua producían grandes destrozos con las cuevas que horadaban. Siguió el progreso con mangueras de plástico enchufadas a las salidas de los sifones. Colocada la boca de salida del agua en los cotarros ella sola se esparcía por toda la tierra. Operación idéntica en cada sifón, con resultados aceptables, salvo que siempre se acumulaba la “bendición” en los hoyos donde dejaba de serlo. Por el terreno desnivelado, cantidades importantes de cereal quedaban pronto ahogadas, improductivas.

Un nuevo y espectacular robot vino en su ayuda: el riego por aspersión regaba por igual y en la cantidad precisa indistintamente hoyos y cotarros. Mas junto al bien, casi siempre existe algún mal: si la mano de obra se redujo al mínimo, el trabajo de cambiar y transportar tuberías de aluminio, era tan inhumano como los más penosos trabajos anteriores. No, el progreso no era completo.

Dos únicas soluciones: cobertura total fija de tuberías y aspersores, o el no va más, por entonces de los robots y progreso: ¡los pivots! Con ellos, un solo hombre regaba todo -pues avanzaban solos- sin más “trabajo” que apretar el interruptor de un motor que proporcionaba el movimiento circular o de ida y vuelta. Continuaré, si Dios es servido, con otros robots espectaculares en un progreso imparable. Así pues, nos vemos…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/1/711/32877837690_60bc95e9fa_b.jpg

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