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Relato casi poético de un viaje al Norte

Tres foramontanos en Valladolid 20 Abr 2017 - 07:28 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Medina de Pomar. Acuarela de José Luis López, “Kubi”, en acuarelaskubi. blogspot.com) (*)

Después de un invierno frío e inhóspito se agradece esta Semana Santa que se anuncia hermosa y soleada. Esta España nuestra en peligro de autodestrucción parece respirar un poco y apetece cambiar de aires; además atrás quedaron días de incertidumbre provocada. Sabemos que aún seguirán bastantes más de despropósitos y luchas intestinas, y que ante el desfibrilador de tontos éstos ya están haciendo cola, pero afortunadamente todavía queda alguien sensato y con paciencia suficiente como para templar las gaitas, así que nos permitiremos algunas alegrías; algo que contribuya a levantar el ánimo.

Cinco meses y pico llevamos ya sin acercarnos siquiera a La Montaña, así que decidimos tomar la carretera aunque con cierta pereza, porque el jardín sonríe de nuevo y nuestro valle del Jarama se ve exultante de verdes y amarillos, ya que, por segundo año seguido, los campos de colza han vuelto a sus andadas (“cercas verdes, verdes prados / hermosos campos dorados / ya anuncian la primavera”). Además, tras muchos años de lluvias adversas, los del tiempo auguran una Semana Santa sin intempestivas lluvias que impidan la salida de los pasos.

Así que nos pondremos en marcha y elegiremos nuestra ruta clásica – la que yo llamo de los corzos – aunque en esta ocasión no llego a ver ninguno y eso que salimos a tiempo de que los animalillos saliesen de sus bosques para aproximarse a los linderos. Después de muchos meses volvemos a disfrutar del atractivo del viaje y de la soledad en compañía, de ese gran aire de fiesta que nos brinda el campo, en este caso tan sólo revestido de los nuevos verdes porque aún es pronto para las amapolas. Y haremos un alto, como siempre, en el Landa, partiendo así en dos nuestro trayecto. Nos sorprenderá ver que en los cinco meses transcurridos desde nuestra última visita ya se han producido algunos cambios importantes, y una vez más constatamos que si antes era normal encontrar alguna cara familiar, lo normal es ahora no conocer a nadie; hasta los camareros nos son en esta ocasión desconocidos. De ahí nuestra alegría al oír la amiga voz del maitre, con quien solemos intercambiar algunos comentarios sobre lo humano y lo divino y ponernos al día sobre el estado de nuestras huertas respectivas.

Luego, por tierras ya de la Bureba, cruzamos Bribiesca con sus bellas murallas y jardines, Terrazos, con su Peña del Turco de sugerente y misterioso nombre. el pueblo de Los Barrios, con su acogedora iglesia y la “filial” de San Facundo – esa pequeña gran joya del románico. Luego aparece la modesta Cornudilla que se revela contra su propio nombre por celos hacia Hermosilla su vecina, y, por fin, la majestuosa Oña evocadora de tiempos de esplendor en que cerraba un paso tan solo atravesado ahora por tres túneles de nombres – el “Buitre”, “La Blanca”, “El Pastorcillo” – que bien valdrían para escribir una posible historia, sugerida ya en algunos versos mios (“Oña de fulgor de espadas / de cánticos y de rezos”). Pero antes, en un recodo del camino, nos llegará el descubrimiento de algunas rocas sugerentes: una a modo de fortificación de piedra, y otra con el aspecto de una enorme cabeza de elefante.

Mas para llegar a Medina de Pomar, con su castillo y sus acogedoras plazas, aún queda el impresionante desfiladero que abre el Ebro poco antes de llegar a Trespaderne, con sus perfiles heridos por el sol y matizados por las sombras; allá donde se nos anuncia la proximidad de Cillaperlata; otro nombre sugeridor de poesía (“Cillaperlata azul / brillo de nácar / entre las sombras del desfiladero“), como lo es también el de Nofuentes (“¿Quién arrancó tus fuentes / que tan dulces sonaban?”) Luego aún queda acompañar al río Trueba por Pienza y El Ribero para llegar al arranque de la subida hacia los Tornos (“Tornan y tornan los Tornos / tornado a enredar el aire / hasta que tornan las cumbres / a descansar en los valles”) .

En este punto, cuando ya va cayendo el sol, el cielo sigue perfectamente azul, sin una sola nube, así que nos permitiremos augurar un buen paso del puerto. Mas – oh sorpresa – he aquí que una inmensa nube solitaria se halla alojada en el hueco que abre el monte precisamente en su camino para alcanzar la cima, como si hubiera caído dentro de él. Menos mal que la suerte nos favorece poniendo delante de nosotros un camión que nos abrirá el paso entre la niebla que ya no nos abandonará hasta que no llegamos a Ramales, otro lugar para el ensueño, esta vez cerca ya de mis orígenes (“Puerta de los montes cántabros / encuentro de cuatro ríos””). Sólo falta seguir el río Asón hasta la ría de Treto, seguir ésta por Limpias, donde las rimas fluyen (“Bañadas por el Asón / y por la ría bañadas / las niñas de Limpias son / limpias, dulces y saladas”), y, ya en Colindres, el majestuoso puente que la cruza y que, finalmente, nos situará en las inmediaciones de Cicero, donde encontraremos – final de trayecto – el calor de la cama y la cocina.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c1.staticflickr.com/3/2879/33196193273_c0e6722a91_b.jpg

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