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Huellas de la caza en el campo del lenguaje

Tres foramontanos en Valladolid 28 Abr 2017 - 07:24 CET
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Por José María Arévalo

( La caza del venado. Tabla de Frans Snyders en el Museo del Prado. 58 x 112. Foto en pintura.aut.org) (*)

Mi amigo Rafael López Muñoz me remite este muy interesante artículo sobre un libro de nuevo cuño, otra visión sobre temas de caza, que versa sobre dichos y refranes de tan vieja y noble ocupación: “Huellas de la caza en el campo del lenguaje”, cuyo autor es Hilario Peraleda Navas. Gustosamente lo incluyo.

Como nos dice su autor en la Introducción, un buen amigo mío “viejo cazador” y militar, Coronel en la reserva, la idea de escribir sobre ello surgió a raíz de la gran dificultad para seguir practicando su deporte favorito, al menos, durante el tiempo que le venía dedicando antes del nuevo destino militar. Y añade siguiendo con algunos párrafos más de la Introducción: “La caza siempre me atrajo, de niño acompañaba a los mayores, la practiqué desde la adolescencia y en el tiempo que cito me encontraba en buenas condiciones de edad, forma física y rendimiento en el ejercicio de este deporte. Así que, tras la obligación, decidí alternar la «devoción»: la caza en el campo siempre que pudiera, con la caza en los libros, por la tarde, entre semana.

De esta forma hojeé todos los que pude, fundamentalmente enciclopedias y diccionarios, ojeando sus textos con el fin de extraer de ellos cuantas voces tuvieran alguna relación con el mundo de la caza. La intención era componer una lista o relación de palabras, ordenarlas, definirlas y, sobre todo, dotarlas de una breve reseña etimológica”.

“¡Menuda tarea! –continúa Hilario Peraleda- Se me abría un inmenso campo que comencé a explorar con cierta intensidad, muchas ganas, gran satisfacción, abundantes medios y tiempo disponible, a la vez que con escasos conocimientos en la parcela de Letras, por proceder de la de Ciencias donde me había movido hasta entonces.

Mientras eso hacía y a medida que me introducía más y más en esa labor de búsqueda, surgían por uno y otro lado frases o dichos sobre el mismo asunto, del tipo de refranes incorporados al acervo popular desde tiempo inmemorial que también llamaron mi atención y que de igual modo intenté recopilar. De ahí a la consulta de refraneros de todo tipo y glosarios de voces y expresiones venatorias contenidas en los textos sobre la materia había un pequeño paso…

La visión antropocéntrica de la Naturaleza hizo que, desde muy antiguo, el hambre atribuyera sus propias capacidades, virtudes, defectos, etc., a los diferentes animales, estableciendo en mayor o menor grado comparaciones con las de ellos y llegando en muchos casos a adjudicarles alma y otras facultades humanas de donde surge el verdadero concepto y sentido que tienen tanto el refrán como la fábula o el cuento.

En todas las épocas se han recogido las manifestaciones del saber popular en colecciones de todo tipo. En muchas, sus autores se limitaban a acumularlas sin un plan determinado, solo porque se conservasen como las habían recogido; en otras, sus compiladores explicaron los decires que reunieron; en otras, las agruparon por materias y por fin, en otras, las que trataban de una especialidad o actividad determinada, como es el caso que nos ocupa. La parcela paremiológica nunca estuvo olvidada ni desabastecida; pero ha sido en los últimos años cuando ha cobrado especial interés y cierto dinamismo, tras una larga pausa sin fuerza, al ser recogidas esas muestras populares en textos según su lugar de origen o de tradición por las diversas Comunidades Autónomas.
A pesar de este impulso, hay que reconocer que los dichos y refranes no tienen hoy el prestigio ni la fuerza que tuvieron en épocas pasadas. Su uso se debilita y decae, siendo por ello cada día más limitado. Ya solo se escuchan en conversaciones de gente madura y se leen en páginas de escritores que buscan dar un aire popular a sus textos; pero al proceder del pueblo, a él pertenecen y, por ello, no morirán.

El mundo de la caza tiene su propia jerga, nacida de la numerosa y abundante variedad de lances a que su práctica da lugar, a las armas y armadijos de tan diferentes clases, unos lícitos y otros prohibidos y, en fin, a los múltiples anímales que son objeto de ella o participan de algún modo en la misma. De todo ello ha surgido el sinfín de dichos que se exponen y lo que en ellos se afirma. Aunque se digan o escriban con vehemencia, no deben tomarse nunca por definitivos, ni como dogma de fe, pues no todos son verdaderos. Los supersticiosos carecen de base firme; los meteorológicos que antes tenían fundamentos, hoy resultan falsos, bien por el cambio que supuso la corrección del calendario gregoriano (1582) o por el sufrido por el clima a lo largo de los siglos. Los hay que solo tratan de caza, dando definiciones, normas, reglas o consejos sobre la mejor forma de practicarla; pero la mayoría permite, a través de algo relacionado con ella, establecer (aunque sea figuradamente) comparaciones con el comportamiento humano”.

Así a modo de pequeña muestra, de los miles de dichos y refranes que éste rico tratado contiene, traemos a colación los que siguen:

“Heriste al jabalí, dejará al que seguía y volverá sobre ti” ( figuradamente puede traducirse por “provocación”).

“Hermano, el gavilán se os venga a la mano” (tórnase por “bendiciones”)

“Hidalgo como el gavilán”.

Sobre este último escribe Hilario Peraleda: “El dicho procede de un cuento medieval (quizás de mucho antes), en el que se narra la costumbre de esta ave de dormir con un pajarillo vivo, que atrapa al anochecer, entre sus uñas y pecho, para que le dé calor durante las noches frías de invierno y al comenzar el nuevo día, muerto de hambre, lo deja ir en libertad, fijándose hacia dónde va, para no volar en esa dirección cuando busque comida y así evitarse encontrarlo, en agradecimiento al servicio que le prestó durante la noche.

Con el tiempo, el cuento se dispersa y seduce tanto el generoso gesto del ave que arraiga en las clases sociales altas, llegando a fundarse para ella, de hecho, un legendario privilegio que más tarde se extendió como franquicia a todas las aves de caza, que quedaban exentas de cualquier tipo de arancel o canon, particularmente en puertos, cuando viajaban, acompañados de algún gavilán, incluso si este moría.

El dicho y también el hecho (circulación libre de tasas de estas aves por los puertos y reinos de España) tuvieron su época de esplendor entre los siglos XIII y XVII. Posteriormente la cetrería decae y la colocación y concepto del hidalgo como tal noble, comienza a declinar lo mismo que el sentido de la expresión, a la que, a veces, se le pega para remate la coletilla: «mas no hay pan» y de la que el maestro G. Correas dice que se refiere al que es hidalgo tan pobre que no tiene más de lo que por sus «uñas y pico» pudiere haber, como medios de ganarse la vida con sus manos y modo de hablar y ya para colmo, no faltan quienes otorgan a la frase el significado contrario de persona desagradecida a sus bienhechores.

No obstante, esto último no debe empañar la belleza y elegancia de este refrán, de cuya glosa se han encargado autores y personajes importantes como San Alberto Magno que relata el proceder del ave sin afirmar que sea cierto; pues reconoce que no es experto.

El Canciller Pero López de Ayala (XIV) menciona ya esa franquicia que suponía al dueño la posesión de un gavilán para circular con las demás aves de caza al narrar que un mercader que traía halcones sacres de Alemania y borníes de la Provenza, acompañados de un gavilán y muriéndose este, se fue a Perpiñán para adquirir otro a trueque de un halcón y regresando con él, retomó sus halcones porque «yva ya seguro de non pagar portadgo» Pero es en los siglos XVI y XVII cuando logra mayor divulgación y popularidad, bien en forma oral o escrita. Fernández de Oviedo y Valles (XVI) y Covarrubias (XVII), aumentan ya la franquicia a los gavilanes muertos; así, el primero: …”los que traen halcones a vender no pagan portado ni derechos algunos si traen con ellos un gavilán y si el gavilán muere, sálanle y aunque venga muerto son francos los halcones”.

Covarrubias lo relata así: “En las noches largas y frías del invierno, a puesta de sol, procura coger un pajarillo y lo lleva consigo a la dormida para tenerlo toda la noche entre las uñas y calentarse con él y al amanecer con grande hambre el gavilán, teniendo el manjar en las uñas, no toca de él; sino que lo deja en libertad sin lesión alguna por haber recibido de él aquel beneficio». Baltasar Gracián en “El discreto”, en el capítulo “De la galantería” pone en boca de ésta: «Préciome de muy noble y lo soy, hidalga de condición y de corazón. Tengo por empresa al gavilán, el galante de las aves, aquel que perdona por la mañana al pájaro que le sirvió de calentador toda la noche y prosiguiendo con comenzada gentileza, vuela a la contraria parte que él voló, por no encontrarle y poner otra vez su generosidad en contingencia». Sobre la comparación que se establece en el dicho, atribuyendo a esta ave de rapiña una hidalguía tan grande como se desprende de su conducta, ya narrada, Covarrubias apostilla: «Además de esto, entre las otras aves de cetrería ninguna se hace con mayor facilidad, tomando amor al cazador que le cura y reconociendo el regalo y buen tratamiento.

Tiene tan gran corazón y ánimo, que se pega con cualquier otra ave por valiente que esta sea; aunque haya de morir en la demanda. En fin, por esto y por otras razones dicen que cuando traen halcones de otras tierras, viniendo entre ellos un gavilán, son todos libres de los derechos de los puertos y si ha muerto en el camino, desentrañándole y con testimonio les da ni más ni menos franqueza y por esto le pudieron llamar hidalgo, por ser franco y franquear a las otras aves». En este sentido, nuestra estimada ave adquirió importancia semejante a la de los reyes de suso y reyes semetipsos, que en lenguaje pintoresco de la época (Edad Media) se decía de personas importantes o pertenecientes a algún lugar con unos beneficios o ventajas especiales concedidas por reyes y que podían transitar libremente por las Españas sin pagar portazgo alguno o franqueza total, como francos eran nuestros gavilanes y las otras aves que, con ellos viajaran”.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
https://c2.staticflickr.com/4/3934/33520673032_a98be2f971_b.jpg

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