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Cabo de Palos

Tres foramontanos en Valladolid 11 May 2017 - 07:27 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Tormenta sobre Cabo de Palos. Acuarela de César Viteri T. en ‎Hispacuarela de Facebook) (*)

Como nuestros nietos estudian en un colegio de Madrid, les tocó el privilegio de un largo puente de final de abril y comienzo de mayo, así que nos los repartimos para el viaje. El pequeño se adelanta con su madre mientras los abuelos asistimos con los tres mayores a una triple primera comunión, cosa habitual en una familia que, como la de sus primos, es numerosa pero a la antigua usanza.

El viaje se encamina hacia la costa mediterránea del cabo de Palos. La conocimos con ocasión de una conferencia que di en Cartagena, cuando en un rato libre la echamos un vistazo. Ahora tendremos la ocasión de pasar allí tres días.

El largo recorrido transcurre bajo una lluvia intermitente pero sin toparnos con un tráfico excesivo. Por lo que se ve, el buscador de Google anda este día un poco despistado, así que tendremos que restaurar la situación prevista varias veces. Pero esto nos permite conocer algunas rutas fascinantes en las que destacan las huertas y viñedos cuidados hasta el mimo. Campos y campos en donde las plantas crecen en alineaciones perfectas, protegidas.

Estando ya en el punto de llegar al lugar en el que sería imprescindible, se apaga, exhausto, nuestro móvil. Afortunadamente, llevamos otro de repuesto, que, aunque limitado de posibilidades, nos permite conectamos con nuestro destino para que nos orienten desde allí. Cuando alcanzamos el lugar ya ha comenzado a oscurecer.

Nuestro destino es una casa entre las buganvillas y tan asomada a la costa que bajo la terraza vemos la pequeña cala directamente accesible por una empinada escalera flanqueada de pitas y matas de flores. Al fondo se percibe la silueta de algunos barcos grandes que parecen navegar sobre el horizonte, y, en la inmediata cercanía, un pequeño archipiélago de islotes y rocas accesibles desde la caleta. Los niños, que están entre los cuatro y los once años de edad y han conocido playas y mares de varios continentes, saben sus nombres porque constituyen el entorno de sus juegos: la isla grande y la isla menor, los punchosos, la primera y la segunda islas, y un poco más allá, el arco de los reyes. Y a mitad de camino un bajo donde pueden ponerse en pie sacando el cuerpo fuera. Los niños lo llaman “el seco”. A la llegada de la noche, un punto de luz se enciende en una de las rocas negras como un aviso para los navegantes. Sopla el viento y la mar está rizada.

La mañana siguiente y todas las demás veremos un tiempo espléndido, a veces totalmente en calma. Uno puede quedarse tiempo y tiempo con el rostro vuelto hacia el sol mientras los niños descienden al agua. Por lo que se ve, o conocen ya a todo el mundo o nos encontramos entre gente muy sociable; son en total dos o tres grupos que se sientan en corro, se meten en el agua o la surcan en lo que ahora llaman “paddle surf”: una plancha sobre la que se navega de pie dirigiendo el movimiento con un largo remo. En algún momento veo también dos o tres pescadores con sus cañas clavadas en la arena: momentos deliciosos que valen para dejar entrar por todos los sentidos la majestad del mar Mediterráneo, en cuya lejanía se siguen viendo los perfiles de los grandes barcos y, a mitad de camino, algún que otro velero.

Así transcurren estas vacaciones robadas al tiempo y al hastío, en un ambiente como de verano espléndido y en contacto con ese entorno distendido y alegre de los grandes espacios españoles abiertos al turismo en los que que se acumulan atractivos como los de de este cabo que es como la proa de otra gran embarcación, ésta cercana al Mar Menor y a su interminable Manga. La veremos más tarde precisamente desde el faro: todo un espectáculo de horizontes abiertos. Allá desde lo alto, con la visión de un trozo del mapa de España en nuestros ojos, nos señalarán la mínima pero espectacular presencia de las Islas Hormigas, llamadas quizás así por su tamaño. Islas pequeñas pero con drama grande, pues nos enseñan las escenas de aquel barco que se clavó en la línea de bajos que media entre ellas y el inmenso faro, y nos hablan del arrojo de aquellos pescadores que acudieron raudos en su auxilio. Una foto antigua mostrará el retrato de un hombre cubierto de medallas que suponemos será el héroe del acontecimiento.

A las horas de reponer fuerzas constataremos la abundancia de rincones propicios al turismo: las terrazas y los restaurantes de todas las marcas y variedades culinarias, los pequeños puertos en los que se apiñan los yates, los barcos deportivos, y hasta algún velero de gran porte; los mercadillos clásicos como zocos morunos donde uno apenas puede abrirse paso entre la gente. Y los cajeros automáticos, que se funden y protestan, cansados ya de repartir dinero.

No me referiré al regreso tras estas inopinadas vacaciones, salvo que al llegar a Murcia encontraremos su paso saturado y tendremos que buscar algún itinerario que permita escapar del agobio, y que en el alto para comer coincidiremos con media España en las barras tomando un refrigerio. Todo a tope. He aquí lo que da de sí un país en crisis…

Yo no puedo por menos que garrapatear unas pequeñas rimas alusivas en el primer papel que encuentro:

Cuatro grandes barcos en el horizonte
y una vela blanca volando hacia el norte,
las olas que exhiben su torso de atleta
rompiendo en espuma sobre la caleta,
una luz que brilla cada diez segundos
en las rocas negras del final del mundo,
y el sol en los ojos y el viento en la cara,
que es exactamente lo que yo buscaba.

No hay días oscuros, ni tristes, ni malos
si sientes la brisa del Cabo de Palos.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4161/33655953643_f2f63f45b9_b.jpg

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