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Progreso y robots. Y más sobre las achicorias

Tres foramontanos en Valladolid 20 May 2017 - 07:26 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Óleo de José María García Fernández, “Castilviejo” en la exposición de Espacio36, en Zamora, marzo de 2012) (*)

Mentira parece que el cuasi desconocido, por lo humilde, cultivo de referencia, le ha dado a este hombre de campo temario para tres artículos de un producto “menor”. Les diré el porqué: Una llamada telefónica fue la que armó el lío; porque se lo aseguro éste fue descomunal. Había en Traspinedo –el pueblo más cercano a la Dehesa de Peñalba – un modesto secadero de achicorias donde, por métodos artesanales, se troceaba, secaba-deshidrataba- la raíz cuyo cultivo era tradicional en los terrenos limosos, arenosos de estos pagos.

Es de notar que la mayoría de los pequeños labradores “traspindejos” eran propietarios de pequeñas parcelas que, sin la calidad requerida para otros productos de mayor categoría, los destinaban bien para unos “líneos” de majuelos que les proporcionaban el vino suficiente para “el gasto”, bien para abastecer de materia prima al modesto secadero que, cumplida su misión, la enviaba a Bilbao donde los mismos propietarios tenían otra pequeña industria en la que elaboraban el producto en bruto para transformarlo en el sucedáneo del café, listo para el consumo humano.

Y lo de la llamada telefónica…: con motivo más que probable del auge de la medicina homeopática y las bondades de la achicoria en ella, la potente industria agroalimentaria más importante del mundo instalada en la ciudad suiza de Vesvé, tuvo la ocurrencia de extender sus tentáculos en los lugares de España más apropiados para producir la medicinal achicoria.

Incentivo, y muy importante, fue que, sin ser época de gran demanda y a la vez de la carestía que propició su uso, sí hubo demanda importante cuando la potente industria la ofreció soluble y difundió como reclamo las apenas conocidas propiedades.

Los que podríamos denominar “cazatalentos”, indagaron cuáles eran los mayores productores de estas zonas tan idóneas. Y llamaron al que por sí mismo era capaz de abastecer de materia prima al secadero de Traspinedo.

Propuesta tentadora de los potentes representantes de la gran empresa que transformaba los productos lácteos, abundantes por pagos montañeses de Santander, en yogures, cremas, papillas para niños…: instalar en la propia Dehesa de Peñalba un complejo total de producción y transformación de la achicoria, listo para distribuir al comercio del ramo.

La explotación reunía todas las condiciones exigidas: robots-tractores, herbicida de comprobada eficacia; remolques volquetes; descoronada; sembradora de precisión; riego por aspersión; cosechadora… de remolacha; terrenos suaves y de mayor calidad que los circundantes; capacidad de producción sobrada, para sin prescindir de los modestos labradores-, abastecer “la fábrica” por sí misma sólo en caso de necesidad por mayor demanda.

Revuelo ilusionado y manos a la obra…: cuarenta hectáreas como prueba antes de montar el complejo. Como añadido a la mejor calidad del terreno, la aportación nunca empleada del abonado idóneo, dio como resultado un desarrollo nunca visto de achicorias de peso y tamaño incluso superiores a las de sus parientas las remolachas. Confieso, que en ningún momento pensé que, robotizado el cultivo, irían parejas las necesidades de mano de obra. Pensé en las pingües ganancias que permitirían reponer no sólo las arcas vacías, sino multitud de deudas acumuladas por la adquisición de tantos robots que ni les cuento…

Sin ser “ivierno”, a la hora de cosechar, se nos heló la sonrisa en los labios: más frágil la raíz y, a la vez con mayor profundidad en el terreno mollar, la palanca ejercida por la cosechadora que extraía la remolacha por arrastre aprisionada entre dos rejas, sacaba sí la raíz experimental, pero chascada; con semejante cosechadora, aún quedaba la mitad de la raíz, o más, bajo tierra. Gestiones paralizadas. Y búsqueda febril de la máquina apropiada. En España, nada de nada. Los suizos oferentes con sede en Santander, se retiraron a sus cuarteles de invierno.

Como a la “Armada invencible”, hasta los elementos se pusieron en contra. Incapaz el secadero de Traspinedo de secar y molturar tantísimo producto partido…, puso serias objeciones. La producción fue tan alta, que hasta los secaderos de otros pueblos tradicionalmente productores recibieron cantidad tal de raíces chascadas, que no tardaron en completar el cupo del que eran capaces de elaborar. Y lo que inclinó más la balanza de elementos contrarios, fue el serio perjuicio causado a los pequeños labradores que ni con patatas pudieron “comerse” el producto que les era imprescindible para sobrevivir decorosamente sin el incremento de este cultivo de los exiguos jornales ganados en las labranzas más potentes donde trabajaban.

Sin la ilusión primera, el empeño por solucionar el problema de la cosechadora siguió moderadamente… Un gran mecánico, el mejor bodeguero luego en Pesquera de Duero, intentó sin éxito hacer la cosechadora que, a imitación de otra imponente cuya marca omito, extraía sin arrastre las remolachas por un ingenioso sistema de rejas que, con movimiento alternativo y continuado de abajo-arriba., supuse las extraería sin partir. Puede que supusiera bien, pero el hoy gran productor de uno de los mejores vinos con D.O Ribera de Duero, no lo consiguió. Todo el gozo en un pozo; y, además, tiranteces serias por cuestiones de pago en el vano intento de cosechadora eficaz. El que se las prometía tan felices -¡ay que “aquí abajo” eso, completo, no existe-¡, volvió a los cultivos tradicionales; los que por olvido imperdonable, aún no han terminado para decir los robots y progreso en ellos. Los leerán si Dios es servido en el o los próximos…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/3/2808/34130064492_bf75db77c8_b.jpg

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