Por Javier Pardo de Santayana

( El abuelo Luis. Foto de la familia Díaz Calderón)
Hoy podría ser un día cualquiera, aunque en realidad ninguno lo es realmente. Por ejemplo, hoy almorzaré con algunos los que aún quedan de mi promoción, y ahora mismo estoy escribiendo mi artículo número 900; buen momento para teorizar sobre el paso del transcurso del tiempo en nuestras vidas.
Tendemos a pensar que el pasado queda atrás, pero esto es interpretable porque, con la perspectiva de la eternidad, todo lo que en su día fue presente lo sigue siendo puesto que ya lo ha sido. Así sucede incluso con nuestra conciencia: lo que hicimos sigue siendo algo presente ya que influirá en el porvenir de cada uno, y porque una buena parte de él queda registrada de mil maneras diferentes. Incluso cabe suponer que, entre los avances que se producirán en el futuro, uno sea precisamente la posibilidad de reconstruir el pasado más allá de lo que ya hemos venido haciendo mediante la fotografía, la filmación y el registro de sonidos; cosas que hoy consideramos alcanzables mas que no ha mucho parecerían imposibles.
Así nos adentramos en la consideración de lo que podríamos llamar la “permanencia del presente”. Cuando el arqueólogo descubre un cráneo de hace no sé cuantos años o cualquier otro vestigio del pasado, siente la emoción de imaginar – más allá de las referencias científicas o de las incógnitas que se le presentan – cuál pudo ser la realidad de un día cualquiera en la vida de un ser que vivió sobre la Tierra.
De mis esfuerzos por conservar el recuerdo de otros tiempos retengo el hecho que de la generación anterior a la de nuestros padres quedan sólo unas fotografías, en general de las “de estudio”, que se cuentan con los dedos de una mano. Lo que no quita para que aquellas rígidas escenas fueran en sus días una maravillosa novedad que nos permite conservar el recuerdo de unos rostros necesarios para que nosotros existiéramos. Además de cuando en cuando encontraremos una foto que pudiéramos llamar “de ambiente” que nos conecta de forma más variada y viva con los ancestros.
Para mí, que ando desde hace tiempo intentando preservar de la debida forma los viejos recuerdos familiares, lo que más se echa de menos del pasado es el sonido de las voces. Porque es sólo ahora, cuando la fotografía y el vídeo se han “democratizado” y se aplican a cualquier momento y circunstancia, cuando empezamos a dejar registro de nuestras voces cotidianas. Antes, los viejas fotografías se quedarían sin sonido. ¡Cuánto daría cualquiera por escuchar de nuevo – si ello fuera en realidad posible – las voces de sus abuelos y sus padres! O la de aquella sobrina que murió tan joven, ahora que su recuerdo ya se va desvaneciendo. Y de los niños… Aún guardo como un tesoro las cintas en las que registré aquel día de Reyes del año 78, cuando mis hijos recogían los regalos o nos contaban el cuento de los cabritillas…
Decía que este artículo que escribo alcanza ya los 900, situación propicia para esperar que mis esfuerzos lleguen a dejar alguna huella, no sólo del tiempo en que vivimos sino también del paso de mi familia por la vida para que quizá – por qué no, pasados muchos años – mis sucesores se hagan cargo de como fueron sus antepasados, o para que – quizá después de algún desastre cósmico – un arqueólogo como el que encontró el cráneo de un australopiteco llegue a saber cómo éramos los humanos de este siglo XXI. Estoy seguro de que en tal caso tendrá la impresión de haber llegado a conocer no sólo mi cráneo pelado sino mi propio ser por dentro.
Con todo, en esta aventura confusa de vivir un presente que se escapa no podremos olvidar la lucha del hombre con la fugacidad del tiempo. Y no podremos llegar a valorar lo que supone para cada uno de nosotros la desaparición de aquellos seres que convivieron con nosotros en momentos de nuestra propia vida y cuyo recuerdo atesoramos, como tampoco aquellos instantes y situaciones que por haber sido en su momento un presente tan real como el de ahora quedaron de alguna forma eternizados en nosotros. Sólo ellos sabrían completar nuestro recuerdo o, mejor, revivirlo, así que sin ellos nos sentiremos como desvalidos, definitivamente incapacitados para revivir determinados momentos de nuestra existencia. Y ya no habrá la posibilidad de marcha atrás; de ahí precisamente la tragedia que produce ver cómo desaparecen nuestros parientes, nuestros amigos y nuestros compañeros, porque con ellos se esfuman ya definitivamente muchos momentos gratos o importantes de nuestra propia vida.
De lo cual se deriva la importancia de este oficio nuestro de relatores de lo que nos pasa por fuera y por dentro, como también de lo que nos pasó y de lo que ahora mismo nos está pasando. Pues, aparte de su valor afectivo y en cierta medida terapéutico, todo ello traza una huella más de ese latir del tiempo que intentamos transmitir a nuestros descendientes.
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