Por José María Arévalo

( 1950. Con mis hermanas Maríasun y Rosina) (*)
Los chicos, que íbamos en párvulos al colegio de las chicas, La Milagrosa, cercano a la iglesia de San Torcuato, empezamos realmente las primeras letras en la escuela de don Emiliano Honorato, en las Cortinas de San Miguel, que era una calle muy típica de casas molineras, casi en el centro. Tenía un solo grupo, de unos quince o veinte chavales. Don Emiliano, un gran maestro que se manejaba con muletas, llegó a ser alcalde de Zamora. No se me olvida la lección que nos dio cuando uno de los chavales se levantó y le dijo:
– Don Honorato, quiero salir, que me duele la cabeza. El profe le pidió que se acercara y le dio con la muleta en el culo.
– ¿A que ahora lo que te duele es el trasero?.
Con don Emiliano estuvimos solo un año, creo que cerró. Entonces nos fuimos a la Normal, donde aprendían los maestros, que tenía mucha fama. Solo recuerdo de ella la lapicera que usaba don Ángel Contra, metálica y con una ruedecilla para sacar más mina, una perfección, nunca vi otra igual.
De allí pasé ya al único colegio privado que había en Zamora, el Corazón de María, de los claretianos, para hacer el ingreso al Bachillerato. Los pupitres tenían un tintero de loza que usábamos para hacer caligrafía a plumilla, nos los rellenaban de vez en cuando y nos poníamos perdidos los babys “sin querer”. Los del curso siguiente, los de Primero, ya no usaban tinteros ni babys, eran mayores. En la clase de matemáticas el profe, cuando menos lo esperábamos, daba dos palmadas y teníamos que salir despepitados a formar un corro pegados a las paredes, mientras gritaba, todavía no sé por qué, “El primero a la fila, el último a la cola”. A lo mejor era porque como subía puestos el que acertaba las preguntas, se guardaba el orden para el día siguiente. Y cantábamos canciones sobre las reglas matemáticas, como aquella de “Para reducir / quebrados a un / común denominador / se multiplica el numerador / …”
En aquella época en que llegué al Colegio vivíamos ya una cierta independencia de la familia. Hasta entonces los domingos, después de ir a Misa, dábamos un paseo toda la familia y acabábamos tomando el aperitivo en El Moderno, también en San Torcuato. O quizá fue desde que hicimos la primera Comunión. Toñín Moneo iba de almirante y yo de simple marinero. Me quitó un poco la devoción que en los pantalones largos, los primeros largos que me ponía, blanquísimos, y que no recuerdo haberlos usado nunca más, salvo otra vez, en la procesión del Corpus, se me marcaba el borde de abajo de los calzoncillos, a media pierna, como se llevaban entonces; en las fotos de primera comunión, como la que incluyo para ilustrar este artículo, se aprecia perfectamente.

(1952. En la procesión del Corpus, con Toñín Moneo) (*)
El Corpus se celebraba en Zamora por todo lo alto; se extendía una manta de tomillo y romero en las calles por donde iba a pasar el Señor en la custodia procesional sobre el extraordinario templete, más de dos metros de altura, con forma de torre, de arquitectura gótica, de Enrique de Arfe, en plata sobredorada en 1515 por Pedro de Ávila, y una hilera de soldados armados cubría las dos aceras en todo el recorrido, en posición de firmes cuando pasaba la procesión, que cambiaban a rodilla en tierra, rindiendo armas, cuando llegaba la Sagrada Forma. Así que cuando oía aquella canción de la época que decía “ya no se pinta la cara / la mujer que yo más quiero / huele a tomillo y romero / que se lava con agua clara”, siempre recordaba el olor de las calles en el Corpus. Creo recordar que, de más pequeño, vi acompañaba a la procesión la Tarasca, en otro paso, una especie de gigantilla con forma de dragón, representando al diablo, que he leído ha sido restaurada hace poco.
Así que, ya niños “mayores”, abandonamos los paseos y el aperitivo familiar de los domingos y empezamos a ir al cine, primero a la “matinal”, que nos llevaba toda la mañana, después también a la “infantil”, casi nada más comer, y al caer la tarde al cine del Colegio. Si teníamos dinero, cuando dejamos de gastarnos la paga en chuches, nos íbamos también a la sesión de tarde, que acababa justo para poder llegar a la del Colegio. O sea que, en invierno, podíamos vernos tres o cuatro pelis los domingos. Casi todas eran películas del oeste, que nos encantaban. Ahora, cuando nos quejamos tanto de la mucha tele que ven los nietos, pienso que también entonces tragábamos mucha pantalla, aunque era más grande, y que buena parte de la gran imaginación que tenemos en estas generaciones nuestras, y van a tener las futuras, se debe a aquella multitud de imágenes que nos chupábamos. Y que cualquiera tiempo pasado fue peor.
Creo que entonces leíamos mucho menos que ahora, por lo que veo de mis hijos y nietos. Tengo que remontarme a mis cerca de diez años para recordarme leyendo las primeras novelas de Julio Verne y Salgari, mientras que ahora a cualquier chaval le animan en la escuela a leer cuentos, que incluso se editan por edades. A nosotros solo nos gustaban los tebeos, el TBO que dio nombre a todos los que hoy se llaman comics, de chistes, y los de aventuras, de los que yo coleccionaba “El guerrero del antifaz” y “Roberto Alcázar y Pedrín”. Había otros mejor encuadernados, de Supermán por ejemplo, pero esos no estaban al alcance de nuestra propina, una o dos pesetas de entonces. Por cierto que ya he mencionado al comentar algunas de las recientes exposiciones de ilustradores vallisoletanos, que en Valladolid nacieron nada menos que “El guerrero del antifaz”, del vallisoletano Manuel Gago, y “El capitán Trueno” de Jesús Redondo, que también leí muchas veces aunque no lo llegué a coleccionar.

( 1952. En mi primera comunión) (*)
Uno de aquellos años, cuando ya no creía en los Reyes, pedí, en la carta que seguíamos mandando, un colt 45 que parecía de verdad, y que había visto en el Bazar J, junto a mi casa. Fui a comprarlo con mi madre, y al verlo le pareció poca cosa para el precio que tenía, y me compró un bazoka que disparaba pelotas como de pimpón, lo que exigía un cañón muy grueso, absurdo. Así que me quedé sin el revolver que tanta ilusión me hacía. Para colmo ese mismo año a Toñín le pusieron los Reyes una ametralladora que sí parecía de verdad, como las que salían en las pelis de gansters, que también nos gustaban mucho. Con su ametralladora en ristre trató Toñín Moneo de subirse al árbol del templete de La Avenida, donde jugábamos mucho, y se cayó de bruces, aunque sin mayores consecuencias –quizá se le rompió algo la ametralladora, y tuvo que pegársela su padre que, como ya he dicho, era muy manitas-. Ese incidente mitigó un tanto mi envidia, ya que, como jugábamos a ir al trote a caballo igual que en las pelis del Oeste, me había imaginado recorrer la Avenida con el revolver en bandolera, lo que hubiera sido una pasada.
A la sesión de cine del Colegio iban también mis hermanas, que se colocaban con las chicas en bancos distintos de los chicos. Nos ponían películas más antiguas y censuradas, y chillábamos cuando se notaba que habían cortado un beso. Solo recuerdo dos, una de terror, en que pasé mucho miedo –seguro que no sería para tanto- y otra de la vida del santo cura de Ars en que también pasé algo de miedo, pero menos, porque salía el demonio, aunque no se le veía. Conservo la imagen de cómo empezaba, con una niebla que se levantaba del río, impactante, que podía ser la aparición del maligno. Lo que me impresionó más que la Tarasca.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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