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El virus informático

Tres foramontanos en Valladolid 29 Jun 2017 - 07:29 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Puebla en ABC el pasado día 19) (*)

La verdad es que nadie supo exactamente de donde procedía, aunque lo más probable es que viniera de las demasiadas horas de pantalla. De lo que no quedó la menor duda es de que una difusión tan rápida como la que se produjo sería propiciada por un proceso de contaminación a través de las pantallas de los móviles. En todo caso, lo importante fue que el virus inducido se alojó con gran facilidad en los cerebros y de esta forma llegaría a transformarlo todo. Sólo algunos hombres y mujeres sabios, que se libraron temporalmente de su influencia y estimaron que sin la intervención de un desequilibrio cerebral sería imposible admitir la existencia de tal desbarajuste, quedarían aislados en sus guetos con la amenaza de ser eliminados cualquier día.

Las primeras víctimas del virus fueron la tradición y la verdad, cuyas efigies arderían espectacularmente en acto público sobre las ruinas de la catedral del Reino: así se extirparía todo recuerdo del pasado, Y los grandes hombres y mujeres de la Historia quedarían definitivamente desacreditados tras un juicio de carácter sumarísimo: había que romper con el pasado. Sólo permanecería la Ley de la Memoria Histórica, perfeccionada mediante la elaboración de un gran listado dividido en dos columnas; la de ”Los Nuestros” y la de “Los Otros”. Y se desarrollaría la campaña titulada “No es no: ¡A por ellos, que hay que destruirlos!” con un capítulo especial para quien se singularizara como buen patriota, pues es preciso decir que antes que nada se revisó la Ley de Educación con la intención de introducir en ella más mordiente revolucionaria. Para lo cual se deificaron los derechos y el egoísmo sustituyó a la generosidad. También las buenas formas cederían ante la ridiculización y mofa de los débiles y se impondrían el acoso y el insulto. Los maestros y las expresiones de amor o de respeto hacia la “Patria” serían objeto de la contundencia de los Guardianes del Orden, celosos de extirpar el mal gusto de exhibir los colores nacionales en el atuendo o en los balcones de las casas.

Estas transformaciones radicales conducirían a determinados cambios de costumbre; singularmente de las inspiradas por la fe cristiana, que serían duramente perseguidas. Claro que, por el contrario, algunas sí se mantendrían, como la de las antiguas checas y cacheos y la de la celebración del “Día del Orgullo Gay”, convertido ya en nueva Fiesta Nacional que se celebraría, como siempre, en Chueca, pero bajo la presidencia del Líder Máximo en ligueros.

No hay que decir que el virus alcanzó indirectamente a la raíz del sistema democrático, que se debatiría durante largo tiempo entre su aprovechamiento para hacer mangas y capirotes con la llamada “voluntad del pueblo”, su sustitución definitiva por la agitación pancartera por las calles, o, sencillamente, mediante la entronización de un liderazgo de corte moscovita muy a la vieja usanza.

Pero de entre las muchas variaciones experimentadas, una de las más significativas se produciría en el mundo del arte, purificado por un fuego en el que arderían los fondos museísticos. La “Nueva Estética” implantada bajo el lema de “Preferencia por la Mugre” tendría su inspiración en el ambiente “okupa», que a su vez adoptaría como símbolos el famoso Urinario de Duchamps, los retratos de Francis Bacon, la mayoría de los cuadros de Picasso, y una naturaleza muerta consistente en un rollo de papel higiénico con una jeringuilla usada y una birra. También se promoverían, con gran éxito de público por cierto, los concursos de chistes sobre víctimas del terrorismo y niñas violadas, así como de fotografías en las que el autor – o autora – se mostrarían en el trance de orinar en plena vía pública. Unas y otras creaciones serían etiquetadas como el novedoso “Triunfo del mal gusto” y merecerían entusiastas plácemes por parte de la crítica del ramo que lo consideraría un acto rompedor. Y se popularizaría el teatro para niños mediante simpáticas sesiones de guiñol que incluirían secuencias de jueces y banqueros ahorcados por la plebe, monjas apuñaladas, y gritos en favor de organizaciones terroristas para inducir deseos de justicia social.

Mientras en el ambiente interno se eliminaba la tradición de siempre, en política exterior el virus influiría curiosamente en los cerebros para orientarlos hacia el retorno del pasado con la nostalgia de la Vieja Europa. Así reforzaríamos las fronteras y volveríamos a las antiguas guerras intestinas. Lo primero sería cargarse el Gran Proyecto y la memoria de los padres de la Unión por carecer de sintonía con los nuevos líderes del cambio; actitud en la que influiría poderosamente el “Espíritu de Destrucción Masiva” inculcado sin duda por el virus.

Para terminar, ni les cuento las lindezas que se oyeron no sólo de la boca de ignorantes sino de muchas mentes extraviadas que harían cola ante el desfribilador de tontos. Verán que no exagero: lo último que puedo reseñar es aquello tan sublime de la “nación de naciones” etc., etc., que queda tan bonito, para presentar como modelo deseable, ¿a quién creen ustedes?… ¡a Bolivia!

Lo cual demuestra que el virus convirtió a España y a los españoles en algo parecido a un circo con tres pistas en el que el “todos contra todos” fue in crescendo hasta el punto de hacer que de aquellas ilusiones de hace tiempo no quedara ya sino un vago recuerdo superado.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4231/35277735702_1c3f42629e_o.jpg

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