Por Javier Pardo de Santayana

( Reflejos. Óleo de Miguel Perrino) (*)
Repaso mi lista de artículos y veo que no es la primera vez que me refiero a lo que se llama una “onda de calor”, de lo cual deduzco que esto de los excesos de la meteorología – o del tiempo, como solíamos decir – resulta ser bastante habitual aunque cada vez que ocurre se convierta en “trending topic”.
Escribo estas líneas mediado junio, es decir, cuando aún debiéramos estar en primavera, y sin embargo luce un sol de agosto. Cosa que no tendría mayor importancia, puesto que ya se sabe que con los calores, como con los fríos y las lluvias, los comentarios suelen referirse a situaciones que sorprenden pero que a fuerza de repetirse en nuestras vidas acaban por convertirse en un manido tema de conversación. Lo que ahora está pasando es que tanto se nos habla del cambio climático que este adquiere los rasgos y matices de un escenario apocalíptico.
De entrada, en el boletín meteorológico que sigue a los telediarios han decidido añadir el dramatismo del color, así que un intenso rojo sangre tiñe estos días nuestros mapas transmitiendo la impresión de estar entrando en el infierno al tiempo que el amarillo avanza con la promesa de un viento cargado de arenas encendidas. ¿Sobreviviremos a tan brutales amenazas? se pregunta el ciudadano medio, que tiene la impresión de que el planeta Tierra está en el trance de su autodestrucción.
Y uno imagina haber atravesado definitivamente el punto de no retorno, con los hielos polares a punto de desaparecer del mapa y las aguas oceánicas dispuestas a engullir las costas españolas. Menos mal que a continuación, cuando uno esperaba oír que ya se habían fundido incluso los termómetros, nos dicen que estas temperaturas no se habían visto desde el año mil novecientos no sé cuantos, con lo cual uno piensa: “pues, caramba, con este lejano precedente la cosa no parece tan preocupante”.
Mientras tanto, cuando todo nos conduce a buscar una sombra y no movernos ya del sitio, las circunstancias nos obligan a desarrollar una actividad casi frenética, y mi mujer y yo, que andamos ya por los setenta y los ochenta, terminamos baldados de inclinar nuestros lomos respectivos y manejar los aperos del jardín. Por de pronto hay que poner a punto la piscina, que para eso está: para proporcionarnos el alivio y el placer del baño en unos días tan incómodos. Pero sus aguas tornan a un verde cada vez más intenso que denuncia la presencia de unas algas que crecen con la temperatura, y esto obliga a realizar mediciones complicadas; así que el jardín se transforma de repente en una especie de laboratorio. La historia acaba echando al agua distintas sustancias químicas, pues, por lo que parece, en esto no cabe tratamiento ecológico que valga sino todo lo contrario.
Y, naturalmente, nos vemos obligados a regar todas y cada una de las plantas además de aplicar en su totalidad el riego programado. Sabemos que, si por descuido no hacemos la ronda diaria con la regadera, al día siguiente muchas de nuestras plantas amanecerán quemadas por el sol. Claro que podríamos utilizar directamente la manguera, pero en estas cuestiones se ha de andar con gran cuidado habida cuenta de la experiencia acumulada en el sentido de que una excesiva generosidad afectaría a unos bolsillos ya maltrechos. Sin ir más lejos, el año pasado fuimos al ayuntamiento para aclarar los motivos del excesivo gasto y encontramos una cola interminable y coincidente con nuestras inquietudes. A todo el mundo le pasó lo mismo: que, asustado por la factura del verano, pretendía averiguar la causa del aumento.
Mas por si fuera esto poco, nuestro hijo, obligado por un gemelo que se le rompió jugando al paddle, ha optado por utilizar sus brazos para podar los setos y talar árboles enteros, trabajos en los que ha contratado gratis a sus ancianos padres aunque tan sólo en actividades secundarias. Y ahí nos tienen ustedes troceando ramas, rellenando bolsas verdes y arrastrando restos de la poda – cuando no de la tala – para quitárnoslos de en medio en pleno sol. Todo esto en una prematura canícula de primavera en la que se nos ofrece el espectáculo de unas fuerzas de la naturaleza que avanzan amenazando el futuro del planeta. Justito lo que nos faltaba.
Menos mal que con un simple chapuzón se recupera la alegría de vivir.
PS: El termómetro con forma de patito amarillo que flota en la piscina nos indica que la temperatura del agua ya alcanzó más de los treinta grados . Y esto sí que bate todos los récords conocidos.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4287/34531638793_54f42b0037_o.jpg
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