Por José María Arévalo

( 1951. Rosina, Mariasun y yo, con mi madre) (*)
La verdad es que ya desde tan pequeños éramos muy competitivos. Luchábamos hasta para ayudar a Misa, cuando nos aprendimos las respuestas en latín, que entonces eran largas parrafadas, no solo aquello de “ad Deum qui laetificat juventutem meam”, la más famosa. Para ayudar a Misa íbamos al cole antes de las clases, y a pesar de que eran bastantes profes los que la decían, en los múltiples altares laterales de la iglesia del Colegio –que todo el mundo conocía como “los Padres”, aunque ahora sé que realmente se llamaba San Esteban- había cola para ayudarles. Yo estuve una buena temporada, quizá más de un curso, yendo a las ocho de la mañana al cole, para llegar el primero a la sacristía y coger vez.
Un buen aliciente era que al acabar el cura de desvestirse con nuestra ayuda, le tocaba al monaguillo limpiar las vinajeras –además de retirar purificador, aguamanil y manutergio- para lo que nos bebíamos el culín de vino que siempre quedaba. Mis profes eran claretianos, casi todos curas, así que tenían que hacer dos o tres turnos para decir Misa en los distintos altares de que disponía la iglesia del colegio, antes de que empezaran las clases, con solo los monaguillos como asistentes.
Entonces el pueblo fiel solo iba a Misa los domingos, salvo alguna viejecita, quizá por el ayuno tan largo, toda la noche, que había que respetar para poder comulgar. Pasado ese par de años de monaguillo, me tocó respetar aquel ayuno largo cuando empecé a acudir a Misa y comulgar entre semana, ya en mi adolescencia, cuando acudía a un grupo juvenil de Acción Católica; mis padres, que eran practicantes, no lo hicieron hasta años después, cuando les hablé y conocieron el Opus Dei, también les contaré.
A los curas les besábamos la mano si los encontrábamos por la calle, en el colegio normalmente no, hubiera sido un lío. En el colegio solo recuerdo un lego, el hermano Ramírez, de figura cuadrada y con las manos duras de jugar al frontón, lo que le veíamos practicar con algunos de los mayores en los recreos. No daba clase, era el encargado de la disciplina, y hay del que se encontrara en el pasillo por haber sido expulsado de clase. A mí no me expulsaron nunca, alguna vez me dieron con una regla en la palma. Los que llegaban tarde cada día formaban, de rodillas, una hilera en el pasillo, hasta que el hermano Ramírez les daba la colleja correspondiente, con mayor fuerza si eras habitual. Solo una vez llegué tarde y probé el jarabe de aquellas manos de jugar al frontón, me pareció muy suave para lo que sonaban los pescozones que había ido dando a los anteriores.
En casa, cuando hacíamos alguna fechoría, mi madre nos perseguía con la zapatilla en la mano, y eso era suficiente. De más pequeño me veo gimoteando, vuelto de espaldas a la mesa, con la cabeza metida bajo un brazo que apoyaba en el respaldo de la silla, porque no quería comer. Daba tanta guerra para comer que empezaron a darme una quina que se llamaba Sansón y estaba muy rica, a ver si engordaba algo. No sé si tuvo que ver algo esta resistencia a comer de pequeño, lo cierto es que a partir de los nueve o diez años fue al revés, engordé mucho, y eso fue un problema mayor, que dejo para otro capítulo más problemático, el de la adolescencia.

( 1952. Rosina, Mariasun y yo) (*)
Creo recordar que fue por mi primera comunión cuando empezamos a oir “el parte”, en las comidas, gracias a que mi padre instaló un altavoz que extendía la radio desde otra habitación. “El parte” era como se llamaba a las noticias de las dos y media, que realmente solo atendía mi padre por aquellas fechas; era la versión oficial de lo que ocurría en el país, como el NODO, el documental que precedía en los cines, obligatoriamente, a cada película. Así que también las malas costumbres, como la de ver la tele mientras se come –creo, yo nunca lo he hecho; ahora que me he quedado solo he vuelto a oír las noticias por la radio-, también regían entonces, solo que con las ondas radiofónicas. Pero era éste de la radio un medio para unir a la familia, pues oíamos juntos varios programas como aquel de las andanzas de otra familia, “Matilde, Perico y Periquín”, que nos encantaba a chicos y mayores. Pocos programas de televisión hay ahora que reúnan a la familia, como los había también cuando empezamos a contar con la “caja tonta”, a finales de los cincuenta. Quizá el último fue “Un, dos, tres, responda otra vez”, de cuyo estreno se ha celebrado este año el 45 aniversario.
Entonces no veíamos los dibujos animados más que en las películas de Disney, los chicos oíamos Radio Cocoliche, un programa para niños de Radio Zamora – EAJ 72, creo recordar- que llevaba un tal Gila, que luego sería uno de los mejores humoristas que se han conocido. Antes hubo, también primero por la radio, otro humorista, Pepe Iglesias “El Zorro”, al que oíamos toda la familia, y que entraba en antena cantando “Yo soy el zorro, zorro zorrito, para mayores y pequeñitos”.

( 1952 Cuando nació Mariantonia) (*)
Estos programas nos producían menos adición que ahora los dibujos de la tele. Cuando eran mis hijos pequeños tuve el problema de que sistemáticamente encendían la tele, nada más llegar del colegio, para verlos. Se me ocurrió comprar unos vídeos de aprendizaje del inglés, que tenían canciones, y ello fue mano de santo, les encasquetaba uno de estos vídeos y así aceptaron sin quejarse –entonces, ahora sí me lo reprochan- de haber perdido los dibujos animados. No obstante, ya de mayores me han confesado que se levantaban temprano los fines de semana, mucho antes que nosotros, los padres, y ponían la tele para ver los dibujos. Nunca nos enteramos, eran muy listos.
Volvamos a aquella época de la radio. A mi madre le encantaba el teatro –ya he dicho que en su juventud fue amiga de Maruchi Fresno- y por las noches oía la retransmisión por radio de las obras que le gustaban. Yo empecé a acompañarla de pequeño, más por no irme a la cama a la vez que mis hermanas, y acabé al cabo de unos años aficionándome también; bastantes años después, más o menos cuando apareció en casa el tocadiscos, que entonces se llamaba pic-up, y además de la música moderna que oía por radio en “Discomanía” – apuntando en una lista las fluctuaciones del ranking o clasificación de más oídas- conocí la música clásica por algunos discos que trajeron mis padres a la vez que el aparato. Pero quedan todavía años para llegar a este momento, cuando conectaba el tocadiscos a la radio para que sonara más fuerte, como ahora me quejo, claro, que hacen los jóvenes. Muy propio.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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