Por Carlos de Bustamante

( Complicidad. Acuarela de Julia Morkecho en Hispacuarela de Facebook ) (*)
Dice la sabiduría popular, o nuestro Miguel de Cervantes como se ve en el párrafo que sigue, en el diálogo de Sancho Panza con el bachiller Sansón Carrasco :….(2ªparte delQuijote)=: —“Sí promete —respondió Sansón—, pero dice que no ha hallado ni sabe quién la tiene, y, así, estamos en duda si saldrá o no, y así por esto como porque algunos dicen: «Nunca segundas partes fueron buenas», y otros: «De las cosas de don Quijote bastan las escritas», se duda que no ha de haber segunda parte; aunque algunos que son más joviales que saturninos dicen: «Vengan más quijotadas, embista don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere, que con eso nos contentamos”.
Pese a lo referido y sin que pretenda -¡Dios me libre!- ser “más papista que el Papa”, me arriesgo a esta segunda parte de un nuevo día de la madre. Precisamente en éste que lo es de Nuestra Señora la Virgen de Fátima en el cien aniversario de la aparición a los tres niños pastores en Cova de Iria. Hago así gustosamente mías las palabras “vengan más quijotadas…”, que sin serlo, quieren honrar a quien, tanto en el caso de este viejo cascarrabias como, seguro, en el de todos ustedes, más se lo merecen.
Y como lo prometido es deuda, cumplo lo referido en (I) de escribirles confidencias. Se trata, pues, de algunas de las muchas enseñanzas que, por aprendidas desde muy niño de mi madre en la tierra, perduran con huella imborrable.
Con seis hijos a su cargo y haciendo de padre y madre, sería en exceso prolijo relatar todas y cada una de sus enseñanzas. Quiero resaltar una por encima de todas –porque las abarca- que, chicarrones físicamente todos como las tierras recias de la Montaña, puso todo su empeño en que esa fortaleza heredada, se desarrollara en hombría (hombres muy hombres) de bien en palabras como de ¡en obras! El común denominador para ello fue el ejemplo de infinidad de virtudes humanas, con las que Dios quiso que ella viviera primero en grado de heroísmo.
Cristiana de una pieza, supo elevar en proporciones espectaculares, pero sin alardes, lo natural heroico a lo sobrenatural; rayano, si no del todo inmerso, en la santidad. Supo vivir y transmitir a cuantos tuvo cercanos, el hacer extraordinariamente bien lo ordinario de cada día durante el no mucho tiempo –y éste a prueba de mujeres fuertes como las mujeres fuertes de la Biblia- que peregrinó con alegría ejemplarizante, los que el Señor le concedió de vida en compañía de seis renuevos de roble o del más recio de los árboles creados a partir del recio tronco de padre y madre.
Hecha esta justa alabanza, les ruego que una vez más me acompañen a la Dehesa de Peñalba, cuna sin duda de muchas de esas virtudes que, con aprovechamiento diverso allí recibimos.
Con libertad controlada en la medida de sus posibilidades, veía complacida cómo sus hijos crecían y se fortalecían en pleno contacto con una naturaleza privilegiada, como era la de la Dehesa. Satisfacción tanto mayor por cuanto con intrepidez, rayana a veces en la temeridad, en la misma medida tan hondo nos calaba. Tanto, que, a nuestro modo, asimismo la amábamos. Lección primera con la que, no sin algún riesgo, nos permitió amar lo bello. Ese prodigio de la creación que, si no Edén, algún parecido digo yo que tenía en el río, pinares, montes y riberas espléndidos. Desde muy niños, nuestro elemento.
Cuando el sol, radiante en días de verano huía a descansar tras el páramo, era llegada la hora de, tras la sonrisa complacida del regreso a casa sin novedad, recibir su lección particular, realmente extraordinaria: lo que con anterioridad fue soberana lección para las potencias del cuerpo en los niños, que asimilaran primero tanto bueno y bello como el Señor del tiempo y del mundo puso en la naturaleza creada. Si esto, que no es poco, ya nos caló con su beneplácito, vigilado como digo, no descuidó lo que más le importaba; como fue el cuidado del alma de sus hijos, sin menospreciar lo otro. Se propuso y lo consiguió, respetando libertad de cada uno, incrementar las más importantes potencias del alma en sus hijos amoldada sabiamente a cada a las edades de también cada uno. El porqué, por si fuera preciso mencionarlo, procedía de una sólida formación cristiana vivida más que hablada en una existencia marcada por la aceptación alegre, de sucesos tremendos que apocarían al más fuerte de los seres humanos varoniles.
En cada atardecer mágico de aquel entorno tan bello, como los polluelos de la “clueca”, acudíamos casi siempre puntuales, al regazo de nuestra madre.
En el paseo de costumbre por la “carreterilla”, jalonada de almendros gigantes, eran testigos mudos de las aventuras que cada uno narraba, atropelladamente, y que nuestra madre escuchaba complacida. Tras este nunca interrumpido desahogo, al fin llegaba la lección cotidiana con que nos moldeaba el alma. Por turno no riguroso, el coro familiar desgranaba una tras otra las Avemarías del Santo Rosario. Eran ahora los pinos enormes, los que se asomaban, entre penumbras de silencio sonoro, para contemplar lo que la costumbre, sin acostumbramiento, no hizo insólito. Los niños, adolescentes y ¡ay que apenas nos vio de jóvenes!, no hacían sacristía del Templo vivo con la bóveda del firmamento tachonado de estrellas que se asomaban atónitas para ver un espectáculo singular. El incienso eran las fragancias del tomillo y romero que crecía en la penumbra del pinar. Tampoco escuchaban músicas celestiales en coro de ángeles de otros mundos, sino el vozarrón de hombres recios como los robles que también fueron testigos; y la dulzura en la voz femenina, inigualable, que los dirigía o suavizaba.
Ignoro –pasados los años y acontecimientos mil- si aquello es -fue- o no formación indeleble; pero les aseguro, que por el recuerdo de aquellas alabanzas a la Madre de Dios, quien se lo narra “ha vuelto” -¡muchas veces!- al paseo de la carreterilla… Aunque sólo fuera por esto, bendita sea nuestra santa madre de aquí abajo que nos enseñó, sin mojigaterías, a amar a la Madre común de Arriba.
Ignoro si al resto de los hermanos -verdaderos todos hijos del trueno- les sucedió lo mismo, pero en lo que respecta al que se lo dice, puedo asegurarles que nunca aprendió mejor latín que el de las Letanías Lauretanas a la Virgen. Como parece que no medí tiempo ni espacio, será, si Dios es servido, en (III) donde finalice “estos días de la madre”.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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