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El día de la madre (y III)

Tres foramontanos en Valladolid 20 Jul 2017 - 07:20 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Virgen que estuvo en la capilla de la Dehesa de Peñalba) (*)

Cuando pudiera suceder que les tenga ya hartos de artículos, con mejor o peor fortuna e insulsos las más de las veces, vuelvo a mis confidencias. Saben que lo hago en la seguridad de que, por tratarse de la madre, a todos nos traerán recuerdos muy gratos. Leía no hace mucho tiempo, en el libro que les recomiendo “Es Cristo que pasa” de San Josemaría Escrivá, la frase que transcribo y que me impulsó a continuar esta miniserie dedicada a las madres.

“¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor, Su poder realizó todo su querer”. Sí; este habitual rezongón hubiera elegido también a la que tuvo. Imposible con todas las gracias con que llenó a la Suya, pero les aseguro que tampoco se quedó corto. Lástima que lo haya aprovechado tan poco. “¡velay” que como parece que se me concedió una prórroga, aún esté a tiempo! En nueva confidencia les diré alguno más de los muchos porqués. Ahora.

La capilla de la Dehesa no era una ermita de hace “quisió” los tiempos, sino fruto de un acuerdo familiar en el que nuestra madre hacía cabeza. Proyectó construirla en el espacio libre entre dos viviendas casi juntas: la de los abuelos y la nuestra. Espacio que aun insuficiente para la posterior y posible “clientela”, sí lo era al menos para las dos familias de ambas viviendas e incluso para todos los vecinos del caserío. En previsión incierta de mayores necesidades, una amplia terraza, común a ambas viviendas, podría acoger a no menos de un centenar de personas. Pero como “las obras de palacio van despacio”, mejor no adelantar acontecimientos. Pese a lo dicho y con una ilusión desbordante, una cuadrilla de albañiles gallegos construyó en un tiempo record la ansiada capilla. Pequeña, sencilla, acogedora.., que el cariño “del ama”, hizo monumental. Cada pequeño detalle que se iba agregando, era recibido con alegría. Así las figuras -de serie- de la Virgen del Carmen (nuestra Patrona) y de San José.

Como no había espacio para la sacristía, el altar encargado al carpintero-ebanista de Traspinedo era del todo singular. Altar y armario a la vez. No es que se tuviera que introducir dentro el sacerdote- si es que alguna vez lo hubiera- no; sino que todos los ornamentos precisos tenían cabida dentro en diferentes baldas. La pared blanca impoluta hacía de un imaginario retablo que a la menguada economía no le era posible. Los vasos sagrados, sólo revestidos de oro, el amor hizo de miles de kilates. Vinajeras…, en fin, hasta las crucecitas para el hipotético Vía Crucis, fueron llegando envueltas en verdadero cariño. El maestro albañil gallego, hizo un pequeño campanario de tan perfecto acabado, que se diría contagiado del amor de los vecinos.

El día que por vez primera volteó pequeña Santamaría, campana cantarina regalo de las monjas Carmelitas de Carrión de los Condes, donde profesó una hermana de mi padre, fue festivo. Todos quisimos ser “quasimodos”. Cuando el tejado sufrió las consecuencias de subidas y bajadas continuas para el volteo, una maroma muy fina atada al badajo, solucionó el problema. Menos ópera, la campanita cantaba todo; y los chavales la hacíamos repicar con tal pericia, que a buen seguro la campana añoró la paz y sosiego del convento.

Temprano, resonaba en todo el valle, las primeras, segundas, terceras y repique final como llamada para la Santa Misa. Pero ¿ya con cura…? ¡Aguarden!: nuestra santa madre patentó el invento que se llamaría luego “Misa seca”. Por turno y misal romano en ristre, se leía la Santa Misa que correspondía cada día del largo (¿y cálido?) verano. Leíamos –muy “modennos”, en lengua vernácula; pero las contestaciones todas las recitábamos “divinamente” en latín. Llegado el momento de la verdad –que omito porque creo haberlo narrado en algún artículo de algún año de éstos….- el sacerdote perplejo, cuasi que no daba crédito a lo que oía de sus monaguillos, también por turno.

Justo a mediodía, alguien interrumpía sus incansables andanzas y aventuras sin cuento, para llamar al rezo del “ángelus”. El latín se hizo por arte de birlibirloque (léase el de nuestra madre) en el idioma oficial de nuestra particular liturgia. Por no sé qué influencia, era ésta una asignatura que nunca “me quedaba” para septiembre. También en el campo, cuantos oían el “toque del Ángelus”, si no lo rezaban, al menos y por breves momentos se quitaban el nacional el nacional cubrecabezas (la gorra).

Cuando finalizaba la jornada y después de curarnos uno por uno las heridas sufridas en los diarios “combates”, llegaba el momento mágico del día. Si como verdaderos hijos del trueno, los cinco (murió el mayor aún muy niño) “tronaban” por montes, páramos, pinares y riberas, al ceder el sol su imperio al de las sombras, en la suave penumbra de la terraza, las melodías espantaban con suavidades sonoras lo más horrísono de las tormentas a pleno día. Fue entonces cuando la madre ejerció con la mayor de las dulzuras el duro oficio del que incluso al padre que apenas tuvimos, le hubiera resultado fácil. ¿Cómo adivinar que en las voces con que cantábamos a c oro a cada una de las regiones de España con sonoridad tal que incluso las estrellas se asomaban con asombro y auditorio creciente, se escondían hombres recios como la encina centenaria, azotada en la atalaya del páramo por fríos ventiscas y los rigores mil del sol ardiente del los largos (¿y cálidos), ardientes veranos? Pero sí, ahí estábamos como los pollitos alrededor de la madre.

Cuando las voces se apagaban, porque acababa o interrumpíamos el cuasi inagotable repertorio la cara brillante de la luna asombrada contemplaba la escena singular que la hizo salir como reina con su corte de estrellas. Era la voz bellísima de la más bella de las madres en la tierra que enseñaba a sus hijos, pendientes de su voz y manos que como alas de terciopelo con movimientos suaves al aire, nos enseñaba oraciones cantadas. ¿Cómo se lo diría a ustedes para que comprendieran lo inimaginable?

Naturalmente que aprendimos en el colegio oraciones sin fin a Dios Sacramentado, a los santos y a la Madre también de nuestra madre. Pero vivir y entender lo que tal vez hacíamos antes como rutina, poco tenía que ver con aquellas oraciones cantadas.

“Vino el arcángel flor celestial y ante María se postró: llena de gracia la saludó”; y enseguida, el Avemaría que ni Schubert, ni Gounod pudieron componer en los momentos más inspirados. Aprendimos lo que ella compuso y cantado como los ángeles. Y al cantarlo, aprendimos a amar a la Virgen a Dios y a los santos más santos. “Alma de Cristo santifícame, Cuerpo de Cristo sálvame, Sangre de Cristo embriágame, agua del costado de Cristo, lávame. Pasión de Cristo confórtame. ¡Oh buen Jesús óyeme, dentro de tus llagas escóndeme. No permitas que me aparte de Ti; del maligno enemigo defiéndeme, y en la hora de mi muerte llámame y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe por los siglos de los siglos. Amén”. De haber escuchado San Ignacio de Loyola la oración que él compuso, a buen seguro que hubiera bendecido a nuestra madre. En el “Bendita sea tu pureza”, cantada, nuestra madre se superaba hasta lo sublime.

Casualmente y termino, hoy celebramos otra fiesta de la Virgen: La Visitación a su prima Santa Isabel. Cuando con la costumbre adquirida rezamos el Santo Rosario, ahora en familia, ¡ay que normalmente el matrimonio sólo! Rezo y canto, canto y rezo, las oraciones inolvidables. Por tanto, y aunque me pase de ¿cursi…? : Gracias mamá.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4242/35260847812_1847c972ac_o.jpg

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