Por José María Arévalo

( Olmo San Gregorio, de la serie Árboles, Texturas en acuarela. Acuarela de José Garrido en artimannias.blogspot.com) (*)
Me envía mi amigo y colega acuarelista José Garrido un artículo que ha publicado en su blog Desconcertatus (Epistolarium) el pasado 5 de agosto, una estupenda reflexión sobre la libertad creativa del artista y la libertad de pensamiento en general, que creo vale la pena reproducir. No conocía este blog de Pepe Garrido, sí en cambio el que dedica al arte, a sus acuarelas y de otros autores, sobre todo de siglos pasados, que titula Artimañas, en el que he descubierto verdaderas joyas de antiguos acuarelistas ingleses, con ámplios comentarios suyos por los que ya sabía de su facilidad de pluma y riqueza de ideas. Ahora veo en este otro blog suyo sus enjundiosos comentarios sobre temas de actualidad, de política también, pero sobre todo de pensamiento, me atrevería a decir filosófico, sobre la sociedad que vivimos y todo lo que nos rodea.
En este artículo de desconcertatus.blogspot.com que ahora les reproduzco, Garrido defiende la libertad creativa y en general de pensamiento, con sus límites razonables, y denuncia – “resumiéndolo mucho” dice- como los de lo políticamente correcto nos quieren volver tolerantes hacia cualquier cosa, algunas francamente aberrantes, excepto hacia el pensamiento. Lo titula “Epístola censora e inquisitorial” y comienza: “El arte, como máxima expresión de la sensibilidad y pensamiento y humanos, debe, al menos, conservar la capacidad de incomodar, de ofrecer una visión alternativa. Tener el derecho, aunque no la obligación, de hacerlo. La literatura, el teatro, la pintura, la música, la poesía, son manifestaciones que pierden mucho cuando renuncian a provocar una cierta inquietud, cuando se limitan a abundar en la forma habitual y consolidada de ver las cosas por parte del grupo al que van dirigidas”.
“Ya el hecho –continúa Pepe Garrido en su artículo- de que sean destinadas a unos sí y a otros no, de que hayan sido creadas para dar satisfacción a un grupo, sea una élite o una chusma, limita por no decir que elimina la necesaria universalidad del arte. Explicar aquí que a esa universalidad se puede llegar desde lo más local sería ofender a mis lectores, si los hubiere.
Se da la circunstancia de que algunos creen que es suficiente con incomodar, con provocar, para que cualquier cosa sea tenida por arte, lo que ha llenado de bodrios el mercado del que viven culturetas y especuladores. Y no, la provocación, el escándalo o el ataque a creencias, sentimientos o visones ajenas no garantizan que el producto que los origina sea arte, aunque atribuirse que lo sea pretende a veces proporcionar un paraguas protector ante posibles críticas. ¡Ah, se siente! ¡El arte no debe de tener límites! El humor, siempre que no se dirija contra mí, tampoco. Un oído educado agradece la disonancia, siempre que se limite a aportar la sal y la pimienta en una estructura tonal armónicamente familiar. La educación musical amplía el rango de disonancias que uno es capaz de admitir con disfrute, pero tiene un límite. En la vida real, una excesiva acumulación de disonancias interpretativas, algo muy frecuente hoy en día, es muestra de que no se tiene ni puta idea de música vital, económica o política. Ruido y postura. Hasta la sepultura.
Si eso ocurre con los artistas, para qué hablar del resto de los mortales. Nos ocurre con la libertad como con algunos aparatos cuya tecnología nos rebasa, que no somos capaces de usar más que una ínfima parte de sus recursos. A veces las épocas más sombrías de nuestra historia, incluso aquellas en que a la ruina y descomposición del país se agregaba la nada amable vigilancia de la Santa Inquisición, han dado lugar a un florecimiento general de las artes, a un siglo de oro. La inteligencia asumiendo riesgos para desbrozar veredas llenas de malezas y pedruscos hasta llegar a campo abierto. Ha habido épocas de censura en las que unos creaban calladamente mientras otros más escandalosos se lamentaban de los obstáculos insalvables que esa losa suponía para parir su obra. Cuando la censura desapareció muchos perdieron tal excusa mostrando que en realidad nada tenían que decir. En esas estamos ahora.
Y estamos en esas no porque no exista censura, que sí que existe y de la peor. No es una censura institucional, política, pues aunque nos quejemos de los torpes intentos de leyes mordaza que pretenden poner puertas al campo, la censura más perversa es la que nos autoimponemos, lo que ha dado lugar a que hayamos permitido que la parte más desocupada, inculta, infantilizada y estúpida de la sociedad nos imponga sus limitaciones y miserias, se dedique a vigilar la ortodoxia de la tribu y a destrozar en las redes a cualquiera que se haya arriesgado tímidamente a discrepar, empeñados en perseguir cualquier atisbo de disidencia, a poner a los pies de los caballos a cualquiera que, cuadrante en mano, se atreva a cuestionar una sola línea de su catecismo. Somos una sociedad contradictoria que admite las agresiones más salvajes e incívicas contra valores, creencias e ideas muy extendidas, atentados para los que siempre hay quien encuentre una justificación, mientras volvemos a un puritanismo propio de los Amish. Nos harían un gran favor botando un May Flower y yéndose a fundar una colonia a alguna acogedora bahía de Canadá.
Resumiéndolo mucho, nos quieren volver tolerantes hacia cualquier cosa, algunas francamente aberrantes, excepto hacia el pensamiento. Hacia el pensamiento libre, el que tiene dudas, contradicciones, el que se sale de parva, el que se atreve a decir que eso que tienen por incuestionable, aquello que ni se puede nombrar, lo será para ellos, para menos de los que esos talibanes creen. Desde luego para mí no lo es. Deben acostumbrarse de nuevo a la libertad que niegan a los demás y que administran como exclusivamente propia, deben rebobinar personalmente varios siglos, leer y valorar el esfuerzo y el sacrificio con que otros nos habían dejado como herencia el por poder decir lo que uno piensa, recuperar una tolerancia de la que hablan sin saber en qué consiste y dejar de tocarnos los cojones. No solo tenemos el derecho, sino la obligación, de poner en duda cualquier cosa. Eso tan sencillo, admitido en las sociedades en los momentos en que han sido libres, está ahora puesto en cuestión. Algunos están más concienciados en otorgar la libertad de imprenta a alguna tribu ignota del Amazonas que en dejar que su vecino opine como tenga a bien.
Somos actores a los que sólo se nos permite reírnos de los que están fuera del teatro, lo más fácil. Reírse, incomodar a los que asisten a la función, verdadera misión y valor del teatro, la literatura y el arte en general, es hoy en día algo temerario. Cada uno en su burbuja.
En este ambiente espeso y cutre uno llega a decantarse del lado de quienes defienden algo que no nos gusta, sólo por no estar junto a quienes les atacan con odio irracional. O de temer más a algunos apoyos cerriles que a quienes nos contradicen con educación y buenos argumentos. Más tenemos que aprender de los segundos que de los primeros.
Me encanta la gente imprevisible, los que te sorprenden con una opinión aparentemente discordante, incluso contradictoria con su habitual línea editorial. Saber de antemano qué va a opinar alguien de un tema, de un artículo o de una noticia, desmerece mucho al que con sus opiniones viene a confirmar escrupulosamente lo previsto. Le hace perder valor ante mis ojos. Hacer un cuadrante con los temas sensibles, las esperadas correcciones mentales, políticas y sociales, donde ir poniendo crucecitas para ver por dónde respira el personal, para constatar hasta qué punto fulano o zutano se ajusta al kit de pensamiento de la peña, de ésta o de la otra, es algo poco recomendable por descorazonador y destructor de respetos. Aplicárselo a uno mismo puede resultar demoledor. La excesiva coherencia, el percibir en magín ajeno un bloque sin fisuras, una doctrina sin espacio para dudas, incluso incorrecciones, es índice de escasa actividad mental autónoma. Es el retrato de alguien aburrido, incapaz de sorprender, normalmente privado de sentido del humor y, en definitiva, poco recomendable.
Porque, con todos mis respetos, la verdad sea dicha, según para qué plan y por poner un caso, la madre Teresa de Calcuta, podría llegar a ser una compañía poco recomendable en algunos momentos”.
Seguiremos de cerca este segundo blog, Desconcertatus, que promete. Enhorabuena, Pepe. Otro descubrimiento a añadir a los de Artimañas, de los que ya incluimos en estas páginas comentarios, entre otros, en nuestro artículo “Acuarelas antiguas” de 30.01.11, “Más acuarelas antiguas”, de 27.03.11, y “Villaamil en el Museo Lázaro Galdiano” de diciembre del mismo año.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4410/36375940696_eb8c711d8c_b.jpg
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