“Cataluña, rota y radicalizada”, de Xavier Salvador, y “La Reconquista, mito o realidad histórica”, de Pío Moa

( Ilustración de Tomás Serrano en El Español el pasado día 3, al artículo “¿Será un Anschluss a la inversa o un Putsch de la Cervecería?” de Pedro J. Ramírez) (*)
CATALUÑA, ROTA Y RADICALIZADA
Artículo de Xavier Salvador publicado en El Español el pasado día 3
Cataluña se encuentra rota en dos mitades y cada día más radicalizada en lo político. Atrás quedaron los espacios de transacción, diálogo, vías alternativas o espacios comunes de debate. Vivimos entre el blanco y el negro, sin grises a los que asirse. El actual estado de cosas ha ido aposentándose de manera creciente en los últimos años, los mismos en los que el nacionalismo intensificó su pulso al Estado. La demoscopia es clara: el 50,1% de los catalanes están, a unos pocos días del envite definitivo y tras los sangrientos atentados del 17-A, en posiciones favorables a la independencia. La encuesta elaborada por SocioMétrica para El Español es inequívoca, sólo el 45,7% de ciudadanos de la comunidad son contrarios –pero con matices– a la independencia de Cataluña. El 4,2% restante a lo máximo que contribuiría aclarando su postura es a fijar un empate casi idéntico de posiciones políticas entre el electorado de la comunidad.
Ni los atentados, ni la politización y el uso torticero posterior de la manifestación contra el terrorismo, ni las mentiras del Govern, ni las llamadas a la calma desde Madrid, ni casi nada de lo acontecido en los últimos meses modifican un estado de cosas que lleva camino de perpetuarse. Es cierto que el independentismo ha sido incapaz de avanzar posiciones de manera clara, pero también que las tesis de defensa del orden emanado de la Constitución se encuentran estancadas sin progresión.
Mariano Rajoy tiene ante sí un descomunal desafío. El independentismo se ha movido a lo largo de la historia de la democracia en una horquilla que oscilaba entre el 15% y el 25% del electorado. Hoy, fruto de cómo se han gestionado la reivindicaciones nacionalistas durante la última década y de la inacción o de la nula respuesta ante el crescendo, el cuerpo electoral es mayor y, además, vive afianzado en las instituciones hasta controlarlas y manipularlas desacomplejadamente, sin la menor vergüenza y con mínimo pudor. Incluso quienes piensan que la escalada soberanista se combate con mayor contundencia convendrán que llegan tarde y que en los momentos actuales resultan incluso más difícil de aplicar sus tesis y, sobre todo, de aceptar en clave interna y externa.
Cataluña es dual en lo político y está extremadamente radicalizada también en lo social. La demagogia y el populismo ya no son fenómenos aislados, son el modus operandi de la élite dirigente. No es lo más importante recuperar ahora el debate sobre cuáles son las razones y circunstancias que han dado lugar o desembocado en la foto fija que les proporcionamos, sino echar una mirada hacia adelante y plantearse cómo afrontar el futuro. Tras el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, el movimiento independentista constituye la mayor amenaza real para la existencia de España con su morfología actual. Desde entonces, nunca la situación política española había alcanzado tal grado de putrefacción. En los peores tiempos del llamado conflicto vasco –con las pistolas sobre la mesa política–, el potente nacionalismo de aquella comunidad quedó a distancia de lo conseguido por sus homólogos catalanes de forma más sibilina, capilar y pacífica.
El Estado no puede permitirse que el Gobierno de Carles Puigdemont y Oriol Junqueras prosiga con los planes secesionistas que han elaborado y que este próximo miércoles arrancarán. No tanto porque sean un pulso antidemocrático, una nueva deslealtad institucional y una verdadera barbaridad formal, sino porque atentan contra el sentir, como poco, de la mitad de los catalanes. Y aquí es donde se echa de menos que la respuesta del Estado, en sentido amplio, deje de ser sólo la contestación del Gobierno de Madrid. ¿Qué sugieren el PSOE de Pedro Sánchez o el Podemos de Pablo Iglesias ante el desafío soberanista? ¿Mantener un prudente paso atrás y dejar que sea Rajoy quien se queme las pestañas frente al espejo de un PP más débil que nunca por la corrupción y con menos legitimidad para plantear respuestas? ¿Aprovechar en clave electoral el asunto catalán para destronar a Rajoy y a los suyos del poder en España? ¿No sería deseable un verdadero pacto de Estado de amplio espectro que fijara el común denominador de las formaciones políticas de ámbito español ante la estructura territorial del Estado?
Para avanzar y superar esta compleja división a la que se enfrenta la sociedad catalana se hacen necesarias respuestas diversas y complejas. Ni las cloacas del Estado, ni la respuesta de la fuerza, ni el ahogo financiero, ni los cortocircuitos internacionales, ni los exabruptos puntuales, ni las amenazas legales de la Brigada Aranzadi, ni las inhabilitaciones, ni tan siquiera la prisión son por si solas o combinadas la forma más inteligente de superar el desafío y de coser los jirones sociales y políticos de una sociedad catalana quebrada en su interior. Es más, si en algo hemos de tomar una lección del nacionalismo es en cómo desde la enseñanza y la comunicación ha edificado un proyecto discursivo que con el paso de los años se ha convertido en el más presente en su entorno. El relato catalán ha sido mera pedagogía, populismo sistemático y libertador. Ha triunfado, sobre todo, por la inexistencia de un discurso y un proyecto alternativo.
Artículo en: http://cronicaglobal.elespanol.com/pensamiento/zona-franca/cataluna-rota-radicalizada_85094_102.html
LA RECONQUISTA, MITO O REALIDAD HISTÓRICA
Artículo de Pío Moa publicado en La Gaceta el pasado día 10 de agosto
“La obstinación de muchos historiadores y políticos en negar la evidencia y buscar complicaciones artificiosas tiene, por lo demás, un origen bastante obvio y que debe señalarse: la intención de negar legitimidad a la existencia histórica de España, incluso de negar su existencia”. En 711 una invasión procedente de África empezó a transformar profundamente el panorama político y cultural de la Península Ibérica. Hasta entonces Hispania o Spania, era un estado de religión cristiana, lengua y derecho latinos, integrado en la civilización eurooccidental como uno de los reinos más consolidados surgidos del derrumbe del Imperio romano de occidente. A partir de entonces se iría imponiendo una nueva cultura: religión islámica, lengua árabe, derecho musulmán o sharia, integración en una civilización asiático-africana… España desapareció para convertirse en Al Ándalus.
No por primera vez en la historia la Península ibérica, por su situación geográfica, estuvo muy cerca de entrar en el ámbito africano-oriental. Lo mismo había ocurrido cosa de diez siglos antes durante las guerras entre Roma y Cartago. La península había quedado incluida en el área de influencia de Cartago, una potencia justamente africana-oriental, y de no ser por la victoria de Roma en la II Guerra Púnica su destino (y el de Europa, como he señalado en el ensayo al respecto) habría sido muy otro que el que conocemos. La disyuntiva quedó resuelta entonces con bastante rapidez, aunque después le costase a Roma largos y penosos esfuerzos imponerse en Iberia. Y esa disyuntiva que, por simplificar, podríamos definir como “o África o Europa”, volvió a plantearse a principios del siglo VIII con la invasión musulmana, de apariencia definitiva.
España, pues, desapareció, pero no del todo. Muy pronto surgieron en las regiones más inaccesibles del norte de la península reductos que reivindicaban, desde el principio o desde muy pronto, la España “perdida”. Y cerca de ocho siglos más tarde, los descendientes de aquellos rebeldes del norte tomaban el reino de Granada, último bastión islámico en Iberia. La lucha había sido muy prolongada, llena de altibajos y alternativas, períodos de paz y de guerra abierta, y finalmente la península volvía a llamarse España, con una cultura cristiana, romana e integrada en la civilización eurooccidental. Dadas las circunstancias de aquella larga pugna, lo más probable habría sido que la derrota del islam se hubiera acompañado de la dispersión de la península en varios estados y naciones poco amigas entre sí, al modo de los Balcanes. Pero terminó unida, con la excepción menor de Portugal, lo que no deja de ser un dato revelador, aunque sorprendente.
A ese largo proceso se le ha llamado Reconquista, y el nombre ha originado un sinfín de discusiones. Muchos han puesto en duda la existencia de tal cosa, tachándola de “mito”. Ortega y Gasset, por ejemplo, dice que un proceso tan largo no puede ser llamado reconquista, aunque no explica por qué su duración lo invalidaría. Otros (Olagüe) niegan incluso la realidad de una invasión islámica suponiendo que una gran masa de españoles se habría convertido pacíficamente al islam. Varios insisten en que lo que realmente hubo fue la formación de varios reinos “cristianos”, en general enemigos entre sí y sin la menor idea de un propósito común de volver a formar España. Los historiadores Barbero y Virgil han sostenido que los reinos cristianos no reconquistaron nada, sino que utilizaban el recuerdo del reino visigodo para inventarse una legitimidad ficticia. De hecho, en numerosos departamentos de historia, y entre políticos y periodistas, el término “Reconquista” es denostado o incluso prohibido a los alumnos. Recientemente Peña, un catedrático de historia, ha sostenido que el término Reconquista es ilegítimo porque no se usó en la época sino a partir de 1800, para legitimar la ideología de una nación española inexistente antes del XIX. Así, critica a Sánchez Albornoz por decir que Pelayo empezó a fundar la nación española, cuando no existía entonces la noción de España como unidad política, y menos como noción de patria. Para colmo de males, Franco habría utilizado el término nefando, lo que acabaría de desacreditarlo. En resumen, la Reconquista habría sido un mito “nacionalista”, incluso “franquista”, “y sin utilidad alguna para analizar el pasado medieval. Es hora de que le confinemos al lugar que le corresponde: al rincón de los fósiles culturales, donde duermen los mitos gastados el sueño de sus mejores -o más inquietantes- recuerdos”.
Dejando aparte a Olagüe, que se basa en interpretaciones un tanto peregrinas y sin sustentación documental, el fondo de todo el debate puede concretarse en este punto: ¿es el término Reconquista adecuado para definir un proceso histórico? Los hechos indiscutibles son que antes de la invasión árabe la península estaba ocupada por un estado europeo, cristiano, latino, etc; que durante un largo tiempo fue sustituido por otro radicalmente distinto, Al Ándalus; y que finalmente Al Ándalus fue derrotado y expulsado de la península por unos reinos que se consideraban españoles y reivindicaban con más o menos claridad el reino hispanogodo anterior. Y que este proceso se dirimió fundamentalmente por las armas. ¿Cabe llamar reconquista a este proceso? Obviamente sí, se haya inventado antes o después (también se llama Edad Media a una larga época que nunca se llamó así en su tiempo, por ejemplo, pero que además es un término perfectamente impropio, a pesar de ser comúnmente usado: todas las edades son medias y antiguos por comparación con otras, y modernas o contemporáneas para sí mismas. Por eso vengo proponiendo, desde Nueva historia de España, un cambio en la nomenclatura). En vez de Reconquista pueden buscarse otros términos,como “Reeuropeización”, “Recristianización”, “Relatinización, “Recuperación”… pero son menos expresivos y no implican el carácter bélico del fenómeno: a la larga, la victoria de los reinos españoles y finalmente de España, implicaba la desaparición de Al Ándalus, y viceversa.
Una historiografía especialmente mediocre ha gastado enormes energías en crear discusiones bizantinas buscando cinco pies al gato. Pero la discusión terminológica encierra otro problema, también en gran medida bizantino: el de la nación, confundiendo nación con nacionalismo. Peña decide por su cuenta, dogmáticamente, que en tiempos de Pelayo no existía la noción de España como unidad política y menos aún como patria. La realidad es que existía desde mucho antes, desde Leovigildo y Recaredo, como está perfectamente documentado. ¿Era una nación el reino hispanogodo? Depende de cómo se quiera definir la palabra “nación”. Si la definimos según las ideas de la Revolución francesa, es decir, como un estado cuya soberanía radica en la nación, en el pueblo (esto es el nacionalismo) y no en el antiguo “soberano” o monarca, entonces está claro que no existieron naciones anteriores en Europa. Sin embargo el concepto, con otra idea política, es mucho más antiguo. Lo que cambia es el depósito teórico de la soberanía. La Revolución francesa no aporta la nación, sino el nacionalismo. Y posiblemente dentro de algún tiempo la idea teórica de la nación cambie nuevamente, con lo que veríamos a muchos aficionados a Bizancio sostener que las naciones anteriores eran ficticias, inexistentes, “mitos”. Estos galimatías han dado lugar a ideas tan estrafalarias como que España no existe hasta la Constitución (nacionalista) de Cádiz, con lo que seguiría sin existir, porque dicha Constitución nunca fue realmente aplicada. Y ello a pesar de que España es abundantísimamente mencionada, dentro y fuera del país, desde muchos siglos antes; y no como definición meramente geográfica, según pretenden algunos, sino claramente cultural y política.
Una definición más clara, más acorde con la historia y menos propensa a disputas verbalistas, explica la nación como una comunidad cultural bastante homogénea y con un estado propio, lo cual existía en la península desde Leovigildo y Recaredo. Hay, por lo tanto, que excluir la idea de que Pelayo y los suyos partían de la nada y sin ningún objetivo político, como si se tratase de las antiguas tribus astures dedicadas a la rapiña de las tierras adyacentes. Otra idea, muy divulgada y poco aceptable, es la de que España se forma en la Reconquista, que en tal caso no debería llamarse así. Los reinos que pugnaban por ir expulsando a los invasores tenían muy claro el precedente hispanogodo. Indudablemente España tomó forma como comunidad cultural con Roma, y como nación, es decir, con un estado propio, desde Leovigildo. No era un estado “moderno”, claro, pero era un estado bastante centralizado, con leyes propias, ejército, aparato fiscal, etc., y reconocido como tal por otras potencias. Aunque los documentos sobre la reivindicación de la España perdida hispanogoda sean algo posteriores a Pelayo, es difícil creer que no la tenía en mente cuando construyó a su vez un embrión de estado para irlo expandiendo a costa de Al Ándalus. Sin el precedente hispanogodo, la Reconquista sería muy difícil de imaginar, y lo más probable habría sido que la península se integrase definitivamente en el Magreb o se balcanizase.
La obstinación de muchos historiadores y políticos en negar la evidencia y buscar complicaciones artificiosas tiene, por lo demás, un origen bastante obvio y que debe señalarse: la intención de negar legitimidad a la existencia histórica de España, incluso de negar su existencia. Impulso que cobró fuerza en el “Desastre” del 98 y dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema la historia de España y hasta su misma existencia. Esto merece análisis aparte.
Artículo en: http://gaceta.es/opinion/19633-20170810-2111/
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4394/36598730050_4bd92de79b_b.jpg
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