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Un pequeño destello del pasado

Tres foramontanos en Valladolid 19 Sep 2017 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( El Aaiun. Acuarela de Julio Visconti en juliovisconti.blogspot.com) (*)

En mi actual empeño por poner orden en mis cosas y organizar mis trastos y recuerdos ando últimamente involucrado en anotar todos mis libros, repartidos hasta ahora en cuatro librerías diferentes. Ya lo he hecho con dos de ellas, así que estoy más o menos a medio camino de alcanzar el objetivo planteado.

Como puede usted imaginar hay una tentación que en mi tarea sobrevuela: la de no limitarme estrictamente a consignar los títulos y nombres de los autores, sino enredarme también de vez en cuando en la lectura de aquellos textos que me atraigan en mayor medida. Pero por el momento me mantengo firme en avanzar estrictamente en mi trabajo sin escuchar estos cantos de sirena, aunque hoy me he permitido hacer una excepción cuando entre los libros, en general bien pertrechado de lomos y cubiertas, ha aparecido una especie de bloc de andar por casa formado por pequeñas hojas cosidas con humildes grapas. En cuanto al tipo de letra utilizado, está claro que corresponde a una máquina de escribir de las antiguas, con sus típicas imperfecciones; mientras que la dedicatoria, dirigida a mí personalmente, aparece escrita a mano con estilográfica y utilizando una letra diminuta; tanto, que me obligó a realizar algunas maniobras con mis gafas para lograr un enfoque algo más nítido.

El librito, si así pudiera ser llamado, contiene una colección de pensamientos con formato de versos que el autor se apresura a definir como unas “gotas”. Al verlas recordé de qué trataba: de algo que había sucedido hace ya más de cuarenta años, cuando casi recién casado andaba yo por la aridez del Sáhara. un territorio por mí ya conocido de bastantes años antes – cuando aún no había concluido mis estudios – mas que más tarde se convertiría en mi nuevo y exótico habitat por su elección como lugar de “mayor riesgo y fatiga”.

Usted recuerda bien la situación, estoy seguro. España se enfrentaba allí curiosamente a la amenaza de dos fuerzas hostiles que curiosamente eran también hostiles entre sí: una nación que desplegaba sus unidades militares frente a nuestra frontera y un incipiente movimiento revolucionario echado en manos de una segunda potencia que aspiraba a contener la expansión hacia el sur de su vecino al tiempo que acercaba al mar la salida de sus recursos minerales. Todo ello en un momento delicado en casa. Del resultado de tales maniobras ustedes conocen bien el resultado; un “impasse” sin resolver y una situación que a nadie satisface.

Los mayores de ustedes – en el caso improbable de que existan – recordarán también quizá la desgraciada defección de unos nativos saharauis encuadrados en patrullas militares bajo el mando de oficiales españoles que serían hechos prisioneros de forma artera y desleal. Pues bien, tan condenables acontecimientos darían lugar a un fugaz viaje mío a la capital de España con objeto de acompañar a los ex prisioneros, ya entonces liberados, a una preceptiva revisión hospitalaria que asegurara la no existencia de repercusiones de carácter físico. Así se establecería por mi parte una efímera relación epistolar con el padre de uno de los oficiales españoles; un breve pero intenso intercambio de mensajes: poca cosa que permitiría sin embargo cierto conocimiento mutuo que las circunstancias del momento harían expresivo de nuestros sentimientos y principios esenciales; he aquí lo que sin duda justificaría un gesto de acercamiento como el que refleja el posterior envío de ese desahogo del alma que él expresaría de tan humilde forma: con un pequeño, casi diminuto cuadernillo repleto de pensamientos íntimos.

Pasados ya mas de ocho lustros de aquellos días de tensión y de ocasiones de peligro, esas no muchas páginas escritas a máquina y cosidas con unas humildes grapas son para mí el recuerdo de un momento concreto de mi vida en el que viví con gran intensidad. Un acontecimiento que ya ha quedado en los anales de la Historia. como quedarán también el toque de queda en El Aaiun, las largas noches de los ataques a puestos fronterizos, mi viaje a Hammaguir en vísperas de la famosa Marcha Verde, y tantas y tantas otras cosas que se resisten al olvido.

Ahora me las ha vuelto a recordar este pequeño bloc de notas detrás del cual se esconde una coincidencia luminosa: el encuentro de dos hombres de espíritu coincidentes en la fe y en la manera de enfocar la vida. La tradición suele referirse a todas estos cosas, que pueden ser el germen de unos versos o de una reflexión filosófica o moral, como una parte del “el alma del soldado”.

Porque, en efecto, cada pequeña, no poesía, sino reflexión expresada en pocas líneas, cada pensamiento inconcluso, tan sólo apuntado brevemente como una sugerencia de lo que puede haber en torno a él, me permite, a partir de las pequeñas luces que de esta forma asoman, profundizar en la sensibilidad a flor de piel de un hombre con vocación de servicio, de entrega y de aceptación del sacrificio. Un hombre que, en este caso, vería cómo su hijo se insertaba en los avatares de la Historia y ésta le sometía despiadadamente a prueba.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4367/37079768851_7f4d60099b_o.jpg

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