Por Javier Pardo de Santayana

( Robot android running en dreamstime.com) (*)
Comienzo de curso. Mi nieto menor – 4 años – me comunica que su hermano – de 10 – va a practicar “robótica”, así que se dedicará a construir “drones”.Y lo que primero pienso es lo que se preguntarían mis padres y no digo mis abuelos si oyeran decir estas cosas a un “mocoso”, como los españoles solía llamarse no hace mucho a los pequeños de esa edad.
Porque nuestros inmediatos antecesores oían lo de “dron” y no tenían la menor idea de a qué se refería su interlocutor. Sí que conocían el significado de “robot”, esa palabra de origen ruso relacionada con el trabajo, mas para ellos era aun algo esotérico que se relacionaba con la ciencia ficción. Pero que ahora esto sea ya “cosa de niños” mueve a la reflexión, pues, sin ir más lejos, mi nieto de diez años ya tiene un “dron” y el más pequeño ya se detiene a ver los pequeños robots comercializados en determinados establecimientos.
Yo me paro a pensar sobre todo en el progreso que se ha experimentado. Perteneciente a una generación en pleno proceso de extinción, he tenido la suerte de vivir el periodo de quizá más raída expansión de la tecnología, democratizada hasta – como ahora vemos – alcanzar ya al sector infantil de nuestra sociedad. Lo cual se advierte incluso en la terminología utilizada por los más pequeños, que se expresan ya en una jerga casi ininteligible para nuestros predecesores porque se desenvuelven con soltura desde que tienen uso de su lengua en un ambiente de ordenadores y tabletas. Abuela – dijo el más pequeño hace unos días – tengo el “password” así que no te necesito más por el momento.
Pienso también que de aquí saldrán muchas vocaciones tecnológicas, muchas ingenierías de distintos tipos. Y fíjense ustedes qué casualidad: estas noticias de mis nietos coinciden con otra que leo en los periódicos: trata de la creciente elección de disciplinas de este tipo entre los estudiantes universitarios, lo que con el tiempo coincidirá con la más que probable supresión de aquellos puestos de trabajo en los que entrarán ya pronto los robots. Resultado seguro: con la desaparición de aquellos puestos que se consideren más o menos rutinarios, el nivel de formación de la población laboral deberá ser considerablemente superior, abocándonos así a una conmoción social que habrá que conducir con mano diestra.
Otra casualidad salta en las mismas fechas: en la televisión habrán visto ustedes un robot de director de orquesta, y al correspondiente director “humano” haciendo comentarios asombrados sobre la idoneidad del nuevo maestro. Mas aquí no cabe ya la menor duda: el robot podrá haber manejado su batuta de una forma debidamente acompasada y podrá haber “imitado” fielmente los gestos oportunos, pero carecerá de la divina inspiración del arte, de la sensibilidad instantánea que mueve a la improvisación del gesto del artista.
Mientras constato todos estos impresionantes avances de la ciencia cuyas consecuencias alcanzan ya directamente al mundo de los niños, me llegan también dos noticias procedentes de otros adelantos, esta vez relacionados con la aventura del espacio de la que ya hace poco traté poniendo de relieve la irrupción de un artefacto construido por el hombre en los espacios interestelares y a la mayor distancia jamás alcanzada por el hombre. Ahora, casi inmediatamente, la noticia es que otra sonda espacial – llamada la “Cassini” – acaba de estrellarse en Saturno, ese planeta que se hace acompañar por unos satélites espectaculares. Así terminó su vida y un periplo que la permitió informarnos con pelos y señales de todo un catálogo de increíbles visiones. Recuerden mi articulo “pasando del Encélado” en el que describí el panorama de una extraña esfera de hielo atravesada por los géiseres.
Pues bien, supongo que a la vista de cómo el hombre es capaz de superarse y evolucionar llegando en sus esfuerzos a alcanzar distancias siderales así como de transformar a la propia sociedad para adaptarla a tan excelsas cotas de conocimiento y de destreza como las descritas, también será capaz de hacer algo que se encuentra bastante más a mano y que parece asequible por su proximidad y su naturaleza: conseguir la paz y la armonía de su entorno.
Esperemos que estos niños que sabrán ya hasta de robótica lleguen a saber también tanto de sus hermanos de carne y hueso – de los otros niños que con ellos juegan a la hora del recreo -, y que sean capaces de ponerse de acuerdo en algo cuando sean mayores. Quizá lo consigan, y ésta es precisamente mi esperanza; de entrada les recomiendo algo que me parece muy sencillo aquí en España. Por ejemplo, que busquen la extraordinaria perspectiva humana que les dará la fe de sus mayores.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4430/37109248206_4840472a62_b.jpg
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