Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Los lunes, revista de prensa y red

Tres foramontanos en Valladolid 25 Sep 2017 - 07:27 CET
Archivado en:

“España es culpable”, de Arturo Pérez-Reverte, y “El año en que Hollywood se hundió ¿saben por qué?”, de Candela Sande

( Viñeta de Forges en El País el pasado día 12) (*)

ESPAÑA ES CULPABLE

Artículo de Arturo Pérez-Reverte publicado en XL Semanal el pasado día 10

No sé qué ocurrirá en Cataluña en octubre. Estaré de viaje, con la dosis de vergüenza añadida de quien está en el extranjero y comprueba que lo miran a uno con lástima, como súbdito de un país de fantoches, surrealista hasta el disparate. Por eso, el mal rato que ese día voy a pasar quiero agradecérselo a tres grupos de compatriotas, catalanes y no catalanes: los oportunistas, los cobardes y los sinvergüenzas. Hay un cuarto grupo que incluye desde ingenuos manipulables a analfabetos de buena voluntad, pero voy a dejarlos fuera porque esta página tiene capacidad de aforo limitada. Así que me centraré en los otros. Los que harán posible que a mi edad, y con la mili que llevo, un editor norteamericano, un amigo escritor francés, un periodista cultural alemán, me acompañen en el sentimiento.

Cuando miro atrás sobre cómo hemos llegado a esto, a que una democracia de cuarenta años en uno de los países con más larga historia en Europa se vea en la que nos vemos, me llevan los diablos con la podredumbre moral de una clase política capaz de prevaricar de todo, de demolerlo todo con tal de mantenerse en el poder aunque sea con respiración asistida. De esa panda de charlatanes, fanáticos, catetos y a veces ladrones –con corbata o sin ella–, dueña de una España estupefacta, clientelar o cómplice. De una feria de pícaros y cortabolsas que las nuevas formaciones políticas no regeneran, sino alientan.

El disparate catalán tiene como autor principal a esa clase dirigente catalana de toda la vida, alta burguesía cuya arrogante ansia de lucro e impunidad abrieron, de tanto forzarla, la caja de los truenos. Pero no están solos. Por la tapa se coló el interés de los empresarios calladitos y cómplices, así como esa demagogia estólida, facilona, oportunista, encarnada por los Rufiancitos de turno, aliada para la ocasión con el fanatismo más analfabeto, intransigente, agresivo e incontrolable. Y en esa pinza siniestra, en ese ambiente de chantaje social facilitado por la dejación que el Estado español ha hecho de sus obligaciones –cualquier acto de legítima autoridad democrática se considera ya un acto fascista–, crece y se educa desde hace años la sociedad joven de Cataluña, con efectos dramáticos en la actualidad y devastadores, irreversibles, a corto y medio plazo. En esa fábrica de desprecio, cuando no de odio visceral, a todo cuanto se relaciona con la palabra España.

Pero ojo. Si esas responsabilidades corresponden a la sociedad catalana, el resto de España es tan culpable como ella. Lo fueron quienes, aun conscientes de dónde estaban los más peligrosos cánceres históricos españoles, trocearon en diecisiete porciones competencias fundamentales como educación y fuerzas de seguridad. Lo es esa izquierda que permitió que la bandera y la palabra España pareciesen propiedad exclusiva de la derecha, y lo es la derecha que no vaciló en arropar con tales símbolos sus turbios negocios. Lo son los presidentes desde González a Rajoy, sin excepción, que durante tres décadas permitieron que el nacionalismo despreciara, primero, e insultara, luego, los símbolos del Estado, convirtiendo en apestados a quienes con toda legitimidad los defendían por creer en ellos. Son culpables los ministros de Educación y los políticos que permitieron la contumaz falsedad en los libros de texto que forman generaciones para el futuro. Es responsable la Real Academia Española, que para no meterse en problemas negó siempre su amparo a los profesores, empresarios y padres de familia que acudían a ella denunciando chantajes lingüísticos. Es responsable un país que permite a una horda miserable silbar su himno nacional y a su rey. Son responsables los periodistas y tertulianos que ahora despiertan indignados tras guardar prudente cautela durante décadas, mientras a sus compañeros que pronosticaban lo que iba a ocurrir –no era preciso ser futurólogo– los llamaban exagerados y alarmistas.

Porque no les quepa duda: culpables somos ustedes y yo, que ahora exigimos sentido común a una sociedad civil catalana a la que dejamos indefensa en manos de manipuladores, sinvergüenzas y delincuentes. Una sociedad que, en buena parte, no ha tenido otra que agachar la cabeza y permitir que sus hijos se mimeticen con el paisaje para sobrevivir. Unos españoles desvalidos a quienes ahora exigimos, desde lejos, la heroicidad de que se mantengan firmes, cuando hemos permitido que los aplasten y silencien. Por eso, pase lo que pase en octubre, el daño es irreparable y el mal es colectivo, pues todos somos culpables. Por estúpidos. Por indiferentes y por cobardes.

Artículo en: http://xlsemanal.elnortedecastilla.es/firmas/20170910/perez-reverte-espana-es-culpable.html#ns_campaign=mod-xlsemanal.com&ns_mchannel=cross-linking-interno&ns_source=elnortedecastilla&ns_linkname=portada.portada&ns_fee=pos-1

EL AÑO EN QUE HOLLYWOOD SE HUNDIÓ ¿SABEN POR QUÉ?

Artículo de Candela Sande publicado en Actuall el pasado día 8

La taquilla va de capa caída en EEUU. ¿Causas? Muchas –incluida la competencia de los videojuegos-, pero hay otra de fondo. Que nadie paga para que le insulten ni para que le sermoneen. Y eso es lo que hace la élite progre a través de Hollywood. En lo que va de año, la taquilla de la gran industria cinematográfica americana ha sido, por emplear un adjetivo de moda, deplorable: los ingresos del verano han sido inferiores en un 16% al mismo periodo del año anterior, la mayor caída de los últimos años, mayor incluso que el alarmante bache del 14,6% de 2014. Va a ser la primera vez desde 2006 que no se llega a un recaudación de 4.000 millones dólares.

Más: según comScore, los ingresos para todo el año rondarán los 3.780 millones, un descenso del 15,7%. La asistencia a salas alcanzará casi con seguridad un récord negativo de los últimos 25 años. Un desastre, para entendernos, que agudiza una crisis que el cine arrastra hace años. Hollywood ha tenido años malos antes, pero este parece marcar un inevitable declive, como lo han entendido los inversores al mandar al cuerno la cotización de los grandes estudios.

Naturalmente, se multiplican como setas las sesudas explicaciones por parte de los expertos del sector, todas ellas muy lógicas y razonadas: una industria que lo apuesta todo a secuelas de ideas ya probadas con presupuestos elefantiásicos, la brutal competencia que para el espacio de ocio le hace el sector de videojuegos, la inflación del precio del billete…

Y todas ellas son, ya digo, perfectamente razonables y casi con toda seguridad han contribuido a la debacle. Pero quiero proponer otra razón para esta decadencia, una que me parece tan de sentido común que me atrevería a situarla, al menos, en el Top Ten de las causas del declive: nadie paga para que le insulten ni para que le sermoneen. Dicho de otro modo: Hollywood hace tiempo se convirtió en el brazo cinematográfico de la enorme máquina de propaganda con la que la élite cultural trata de meternos a capón su retorcida visión del mundo.

Ya sé, ya sé: todo es dinero. Hollywood es una industria, un sector económico, y está a ganar dinero. En el mercado, o ganas o desapareces, y para ganar hay que satisfacer al consumidor y darle lo que demande. Si el americano medio es religioso, Hollywood pinta al clero como seres hipócritas; si el americano medio valora la familia, Hollywood presenta a la familia como una sentina de crueldades y vicios secretos.

Todo muy lógico, pero no del todo cierto. Hace ya años, el experto analista Michael Medved llevó a cabo un estudio sobre un universo suficientemente alto de películas y descubrió que las ‘toleradas para todos los públicos’ eran abrumadoramente más rentables que las ‘películas para mayores’, y no porque los niños fueran más al cine, porque incluso los adultos favorecían las primeras sobre las segundas.

Y, sin embargo, los estudios no solo seguían haciendo esas películas ‘controvertidas’ que se convertían en fracasos de taquilla, sino que les dedicaban especial entusiasmo, recursos, promoción y premios. Podría decirse, incluso, que las películas de ‘sana diversión’ las utilizaban como máquinas de hacer dinero para financiar las otras. Es decir, el Extraño Caso de Empresas Empeñadas en Perder Dinero.

He hablado de ‘insultar’ y ‘sermonear’, y lo explico. En la ‘América profunda’, la que ha elegido a Trump, para entendernos, hay más salas de cine que en las costas ‘progresistas’. Pero Hollywood es sólidamente progre, como puede comprobarse fácilmente con las declaraciones políticas de sus estrellas o el apoyo que dan invariablemente al candidato demócrata en bloque en cada campaña, y aborrece precisamente el prototipo de habitante del Medio Oeste.

Es decir, odia a su público objetivo, y apenas desaprovecha guión para ridiculizarlo. Si el americano medio es religioso, Hollywood pinta invariablemente al clero como seres hipócritas y viciosos; si el americano medio valora la vida en familia, Hollywood se complace en presentar la familia como una cárcel o una sentina de crueldades y vicios secretos; si el americano medio es patriota, Hollywood ridiculiza el patriotismo y lo asocia al fascismo y al supremacismo. Y así sucesivamente. Al final, naturalmente, el consumidor se harta.

Pero luego está la otra parte. Imagine que es usted un americano progresista que aborrece a Trump y maldice sus pompas y sus obras. Estados Unidos, un país inmenso, tiene millones de estos tipos, aunque muchos menos en posiciones tan extremas como las que suele vender Hollywood.

Pues bien, tampoco estos tienen un incentivo para ir al cine. Cuando la propaganda es demasiado descarnada, cuando el ansia por estampar la moraleja es demasiado fuerte, cuando la motivación ideológica se impone a cualquier otra, el resultado es invariablemente un producto mediocre, poco creativo, insultante para la inteligencia y, sobre todo, lo imperdonable: aburrido.

Ayunos de imaginación y buenos guiones, por ir algo más a lo concreto, últimamente hemos visto que la idea genial de los cineastas en los últimos años ha consistido, mayormente, en resucitar viejos títulos y reversionarlos cambiando sexos, razas y orientaciones sexuales para ganar el aplauso de los exquisitos del régimen. El resultado en taquilla, ya lo estamos viendo.

Artículo en: https://www.actuall.com/criterio/medios/cruda-realidad-ano-hollywood-se-hundio-saben/

—
(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4410/36787738960_1123090aca_b.jpg

Tres foramontanos en Valladolid

Los autores nos cuentan… Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Aunque de raíces castellanas, nuestra formación, como se indica en los resúmenes biográficos que siguen, tiene lugar más allá de las […]

Más en Tres foramontanos en Valladolid

Mobile Version Powered by