Por Carlos de Bustamante

( Niños. Acuarela de Lola Catalá en lolacatala.com ) (*)
Casi, casi, que con los acontecimientos de estos días pasados… y los que vengan, no sé por dónde iba. Sí; estaba en la segunda clase elemental del colegio de Nª Sª de Lourdes. Tendría, digo, cinco años y sabía ya ir solo a los retretes, limpiarse y poner los pantalones. Sabía leer divinamente y devoraba tebeos y novelitas de quiosco. Todas. El niño, recibió los primeros premios literarios: barras de regaliz “zara” finas o gruesas, según… Pese a la poca facilidad en “cuentas”, el chaval pasó a tercera clase elemental. Renegaba de la “bobada ésa de los números primos…, pero progresaba con nota en gramática y lectura.
Como razonaba tal vez de manera precoz (razonablemente bien), se me amontonan los recuerdos. En la tercera clase elemental comenzamos a recibir las primeras clases del Catecismo del Padre Astete. ¡y venga barras de regaliz! A pesar de las lombrices por ello, el niño, crecía a ojos vistas en altura y anchura. Y en uso de razón. Entre las lecciones del hermano Enrique y más por las de mi santa madre, en cuentas progresé poco, pero se sabía casi todas las verdades de la Religión católica, para hacer la primera Comunión. El arrapiezo tenía seis años. Como tenía dos hermanos mayores, es de suponer, porque de ese día una nebulosa cerrada le impide- y no sé por qué- recordar, supongo digo, que heredaría el traje de Primera Comunión del mayor de los hermanos mayores. Ensanchado y alargado, claro. Por lo de la nebulosa, he de suponer también que seguiría la tradición de la visita acostumbrada a las Carmelitas de extramuros entonces y hoy en la Rondilla de Valladolid.
Decía, que la nebulosa obstruye los recuerdos. El porqué lo sé ahora. Y es más que terrible, dramático: el hermano mayor, Manolo, tuvo una enfermedad grave y propia de los niños de antaño: ¡difteria! Sin las vacunas de hogaño todavía para ella, fue más grave de lo normal; y lo fue tanto, que no pudo superarla. Manolo falleció de difteria con tan solo diez años. Tendría ahora ochenta y ocho. A pesar de la prohibición absoluta de acercarnos siquiera a su dormitorio, el niño que fue el que se lo cuenta, no logra saber si la primera Comunión fue antes o después del fallecimiento de Manolo. Lo que sé con seguridad es que el hermano Mariano repartió una carta a cada uno de sus educandos para recibir la Primera Comunión; la que por la extraordinariamente buena casualidad aún conservo y que en un próximo artículo, les llegará, si Dios es servido, a ustedes íntegra.
Para que la nebulosa fuera aún más densa y el recuerdo del día más importante de la vida del niño después del Bautismo, hubo más; mucho más.
Si les hablé poco del padre de la criatura, desde este momento, los recuerdos fueron nulos totalmente. Parece que su madre tuvo que ausentarse forzosamente. Ni idea con quién quedaría los sólo cinco en casa. Ni idea, cuánto tiempo estuvo ausente su santa madre. Supo luego, que en una emboscada por tierras de la sierra cordobesa y próxima a Cerro Muriano, una partida del ejército rojo nos lo acribilló a balazos sin posibilidad de defensa alguna: once heridas, once, alguna de extrema gravedad (en el pecho y pulmones) y otras no tanto. Cuando los asesinos le dieron por muerto, aún le dispararon el “tiro de gracia”. Pero de pie el verdugo por la proximidad de tropas nacionales, sólo le arrancó el disparo el lóbulo de la oreja rozando la sien. El niño y los niños, sin entonces enterarse de nada. Sólo que por no sabe qué razones estuvieron un año internos en el colegio. Tiempo en el que tampoco vieron a su padre.
La nebulosa, aclaró un poco y el niño cree recordar un cuerpo de atleta con abundantes cicatrices. Como entre niebla espesa alguna clase de las matemáticas de tercera clase elemental.
Al transitar hogaño el hombre que fuera niño por el atrio de Santiago, camino de Misa, recuerda el edificio donde su padre era el jefe de la Comandancia de Artillería. Y difuso, el uniforme militar que sería imagen imborrable de su única profesión con cabida en su mente. La nebulosa volvió a cerrarse. Impenetrable. Supo el niño luego, que un simple catarro ocasionó que a su padre se le abrieran e infectaran las heridas de los pulmones. El niño, sin dejar de serlo, pasó a estudiar ingreso. A trancas y barrancas porque no le sobraban luces, también superó el ingreso. El hermano Román hizo filigranas para introducir en una mollera harto dura para las cuentas, pero es de suponer que consideró suficiente la facilidad y afición por las letras,-leídas pero no escritas- porque tampoco era lo suyo la horrible caligrafía… Gracias probablemente al Quijote, pasó a primero de bachillerato. Once años.
¿Y de su padre…? Siguió sin verlo ni conocerlo. Pero conoció a una de las “mujeres fuertes de la Biblia”. La que hubo de ser en lo sucesivo padre y madre de cinco hijos como catedrales. Cinco varones, cinco, que a partir de entonces vivieron de las rentas de un atleta como varón recio y de un cristiano de una pieza como católico. El que por temor al contagio de una enfermedad por entonces incurable, hubo de desterrarse al sanatorio antituberculoso de Ronda primero; al de Quintana del Puente en Palencia luego y….
Sin llegar todavía al período siguiente, la adolescencia, ya sí tiene recuerdos fidedignos. Tenía el niño once años cuando inició el primer curso del bachillerato de siete más reválida. Mas no adelantemos acontecimientos y sigamos el devenir de los presentes: por una ligera mejoría en el proceso de la terrible enfermedad, causa y efecto de las heridas de guerra, decidieron acercar al padre de las criaturas de las tierras andaluzas de Ronda a las castellanas de Quintana del Puente en Palencia. Próxima la ciudad a los vallisoletanos lugares, las visitas de la mujer fuerte de la Biblia fueron más frecuentes y menos costosas.
El recuerdo imborrable tuvo lugar en la estación de ferrocarril Valladolid Campo Grande. Desde el lugar de facturaciones y compra de billetes se veían perfectamente los andenes. De mayor a menor y colocados en fila, esperaban ansiosos el paso de su padre. Se detuvo y con mirada que lo decía todo, el niño cuasi adolescente, retuvo en su retina la imagen imborrable del amor paterno y materno. Al tiempo que el amor filial sin posibilidad de expresarlo. Fue la primera vez que el niño supo de amor. El que en sus más íntimos adentros le conmovió el alma y corazón y el de cada uno de los hermanos. El que no hay palabras para describirlo. Cuando ya en el Centro de la capital padre y madre marcharon al hotel Roma, las lágrimas a duras penas contenidas, fueron el adiós definitivo. Si el uso de razón se adquiere de por vida con acontecimientos extraordinarios, en éste, edad o período intermedio pasó de forma violenta a la adolescencia. Previa copia de la carta referida, lo verán, si les pete y Dios es servido, en otros próximos y siguientes.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
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