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De nuestro futuro como antepasados

Tres foramontanos en Valladolid 30 Dic 2017 - 07:23 CET
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Por Javier Pardo de Santayana

( Vid. Acuarela de F. Buendía de felicitación de las Navidades 2017) (*)

Leo el pequeño comentario diario del director del ABC sólo horas antes de la cena de la Nochebuena y poco después de oír la misa del domingo. Dice algo que me ha llegado al corazón: que lo que el hace, su preocupación constante, es sencillamente intentar merecer el buen recuerdo de su gente. Lo que él en realidad pretende, más allá de su interés por hacer lo que le corresponde o conseguir los pequeños objetivos del quehacer diario, es ser clasificado en el futuro como un excelente antepasado. Porque está hablando de acabar dejando huella en su familia.

Su pretensión no va más allá de lo que digo; no habla de la sociedad o de la historia, que su finalidad se alcanza en la humildad del propio entorno familiar, y esta actitud me parece sumamente interesante.

Observo entonces mi propia circunstancia: cuando me hallo empeñado en poner orden en mis fotografías y papeles, en hacer un recuento de la correspondencia mantenida, en conservar mis antiguas conferencias, trabajos y anécdotas curiosas o mis canciones y dibujos, mínimos vestigios de mi tiempo, caigo en la cuenta de lo que me costaría destruir este pasado que en su día fue presente vivido más que vivo, y de que lo que estoy haciendo no es sino un regalo destinado a quienes no tuvieron ocasión de conocerlo.

En realidad lo que hago ahora cada vez que escribo es describir un acontecimiento que con el tiempo pasará al olvido; permitir que se conozca mi versión personal e intransferible de un episodio de la vida, un retrato de la realidad diaria y – por qué no – un autorretrato de alguien que en breve se tendrá que acostumbrar a ser tan sólo un nombre; un rostro con el que él mismo nunca llegó a identificarse plenamente; alguien que, gracias a los testimonios revelados, se convertirá en un autorretrato de sí mismo en la expresión de muchas formas diferentes. Como el clásico “espejo al borde del camino”: una acumulación de datos cuyo destino natural sería el olvido.

¿Quién no desearía volver a escuchar las voces de sus padres o verles de nuevo en movimiento cuando éstos ya no están entre nosotros? He aquí una posibilidad inexistente para cuantas generaciones transitaron por la vida desde la aparición del hombre, mas que se nos abre ahora con toda naturalidad y a todo el mundo. Precisamente nuestra dificultad actual es ser capaces de conservar con orden y concierto la ingente cantidad de testimonios que saturan soportes y programas obligándonos a destruir una gran parte de los datos que se han acumulado. ¿Qué criterio deberíamos seguir entonces para moderar la invasión informativa y al mismo tiempo mantener nuestros recuerdos esenciales?¿Qué soportes parecen preferibles para que se conserven? He aquí el problema que hoy se nos presenta, y que bien pudiera acabar en una “degustación” somera y poco duradera de imágenes y escritos seguida de su destrucción para dejar sitio a lo siguiente.

Otra de las posibilidades es que con el paso del tiempo se produzca un gran hartazgo y que decaiga la actual pasión informativa en la que registramos incluso el plato que tenemos en la mesa como solemos ver en las comunicaciones de Facebook. Que nos cansemos de vivir pendientes de registrar cada minuto que vivimos y así acabemos por cansarnos de contemplar continuamente la realidad a través de las pantallas o del móvil.

Tendremos, pues, que encontrar el punto más aconsejable a la hora de aprovechar las posibilidades que ya nos brinda la tecnología, ya que de no evitarlo los recuerdos desaparecerán inexorablemente por el hastío de la saturación o por faltar espacio libre en nuestras casas. O por el desprecio que ya venimos observando en las generaciones nuevas, que, acostumbradas a vivir en el confort de los avances alcanzados como si éstos no fueran fruto del esfuerzo de sus antecesores, tienden a carecer de perspectiva histórica y ven lo que disfrutan como un derecho irrenunciable cuyas posibles deficiencias merecerán la indignación de los “usuarios”.

Habrá, pienso yo en esta reflexión, que aprovechar las muchas posibilidades de que hoy en día disfrutamos para guardar el gran tesoro del recuerdo, pero también que asegurar de alguna forma que, por desinterés hacia el pasado o como consecuencia del exceso, éste no acabe al final en la basura.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4730/24464430977_f276800b67_b.jpg

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