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Antaño y hogaño. (VI). -1- Período de la juventud

Tres foramontanos en Valladolid 28 Feb 2018 - 07:21 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Acuarela de Takashi Akasaka en 5f.biglobe.ne.jp) (*)

Insisto en lo que les dije “ayer” en que cuando la mayoría de los adolescentes aún permanecerían en este período algún tiempo, el nuestro, tan precoz él, pasó al siguiente. Los acontecimientos y la formación recibida por su madre y complementada “divinamente” en el santo cole, tuvieron la culpa…

El acontecimiento, sin duda, más importante fue el de su precoz enamoramiento con la niña de la Enseñanza. Bendito, digo, sea, porque fue sin duda- aunque no exclusivo- el que más influyó para pensar en un “mañana” que no se redujera al deporte y la intensa afición a la caza y la pesca. No digo que también a la naturaleza, porque de la contemplación enamorada -¡siempre el amor!- de ella(naturaleza), no recibió más que beneficios por cuanto le llevaban a amores superiores.

El caso fue que, por una providencial decisión de no ser preciso el séptimo curso de bachillerato más reválida para acceder a la profesión militar, la única que realmente deseaba; y aún sin terminar el sexto curso, que, casualidad, llevaba regular tirando a bien, preparó intensamente el examen de letras exigido como primer requisito –aparte del examen de aptitud física y exhaustivo reconocimiento médico en el que no sería previsible ningún problema- para el ingreso en la Academia General Militar. En el reconocimiento médico se equivocó. Susto morrocotudo. Antaño, que fue cuando se presentó examen el adolescente-joven, no se admitía anormalidad alguna que desdijera de un hombre sano y normal en todos los aspectos. Algo que no parecen tener en cuenta hogaño, según las nuevas RR.OO. Disposición que, al parecer, obliga a admitir hombres con la anormalidad, según la Rae, de tener, queriendo tenerlos, caracteres de feminidad. (“Cualidad de femenino; o estado anormal del varón en que aparecen uno o varios caracteres sexuales femeninos”). Cuando en este riguroso examen el tribunal observaba la menor anomalía, ordenaba volver a pasar reconocimiento. Le volvieron a llamar. Inquietud y extrañeza en grado máximo. Temblando, y no por presentarse tal cual vino al mundo, acudió a la llamada. Así se presentó ante la mirada atónita de todo el tribunal. “No, no se preocupe Caballero Aspirante, ¡es que nunca habíamos visto unos pies tan grandes…!”. Explicado a trompicones que tal vez los tuviera esparramados por cazar a diario en alpargatas durante muchas horas cada día, con la sonrisa guasona de los doctores marchó con alivio al vestuario. Los ejercicios físicos, aún siendo de gran exigencia, los superó “con la gorra”.

No sin sorpresa de propios y extraños, más no del interesado, aprobó este primer grupo, incluso “con nota”. Se lo dije, fue ella, su reciente y encendido amor uno de los que más influyeron para que la precocidad derivara en tomarse en serio el porqué de vivir como Dios manda. Estudiando. Y con el menos común de los sentidos que es la responsabilidad con vistas al futuro y al presente: responder adecuadamente a lo dispuesto al ser humano desde que fue creado: trabajar. Amó y custodió, a su modo, sí, la naturaleza; pero del trabajo propio a su edad, bien puede decirse que apenas dio “un palo al agua”. Salvo en letras, claro.

Por entender `esto´ y los ánimos recibidos de su ilusionado amor, entró en el período de la juventud “antes de conantes”.

También de puntillas, por no repetir como el pepino sobre lo dicho hace años en este blog, insistiré brevemente en cómo le entró el juicio. En resumen: con mucho amor y

Amor, pero trabajando. Estudiando.

No es preciso, creo, insistir en que, falto de base en ciencias, el trabajo del estudio hubo de ser máximo. Con determinaciones drásticas.

Al alimón con el hermano inmediatamente mayor que él, propusieron –no sin consentimiento sorprendido- de su santa madre, recluirse internos en el colegio para huérfanos de militares caídos en campaña. Si el primer y único amor humano con visos de seriedad fue la niña de la Enseñanza, la que le impulsó a ser algo en la vida, en aquel colegio fue otro Amor el que le dio el impulso definitivo. ¿Qué otro podía ser sino la Madre Inmaculada a la que cada día pedía ayuda durante la Santa Misa a la que asistía diariamente? Ella, y con un trabajo superior a lo imaginable de “con el mazo dando”, obraron el milagro. Con diez y siete años, nuestro adolescente-joven consiguió los cordones rojos que distinguen al Caballero Cadete. Los que, naturalmente, puso a los pies de otro nuevo y superior Amor: Nuestra Señora la Virgen del Pilar. De cómo los puso luego “a los pies de su dama”, ni les cuento. Noviazgo formal y no precisamente con la pipa de la paz… Fácil de imaginar ¿no? Pero bueno y limpio. Nunca experimentado antes… Después, lo natural antaño nada más, que no fue precisamente lo de muchos –g.a D. no todos- hogaño.

Enseguida, diez y ocho años. Sin mayoría de edad (aunque antaño sí), pero con recién estrenada juventud. La que le dieron “su niña” y el ser Caballero Cadete. De cómo se hizo efectivo y patente éste salto a la juventud, lo verán si Dios es servido en el próximo. Si no atractivo, a mi parecer es, cuando menos interesante, por cuanto influyó el medio donde se produjo. Sin parangón en el medio de otras profesiones. Mañaanaa…

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4707/25312501087_f91345aac7_o.jpg

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