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Antaño y hogaño. (VI). 8. Período de la juventud

Tres foramontanos en Valladolid 28 Mar 2018 - 07:27 CET
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Por Carlos de Bustamante

( Academia de Caballería de Valladolid. Acuarela de Chema Fraile) (*)

Creo que repetido, “sin queriendo” lo relativo a valores, es llegado el momento de especificar cómo nuestro protagonista vivió muchos de ellos en la recién estrenada juventud con el ingreso en la Academia General Militar de Zaragoza. Aprendió, digo, en el diario vivir de este singular Centro Castrense muchos de los valores que, repito, sin ser exclusivos de la milicia, sí es en ella donde tal vez sean más evidentes. Haré una pequeña reflexión sobre los siguientes: Responsabilidad, generosidad, austeridad, justicia, fortaleza, espíritu de sacrificio, compañerismo, disciplina, subordinación, respeto…

Cito primero –aunque el orden no indique preferencia, ni importancia-, la “responsabilidad”. Si con la imaginación se trasladan conmigo a la Academia General, podrán comprobar cómo antaño nuestro joven precoz asistió durante más de un año a la mejor escuela donde esta virtud era el pan nuestro de cada día. Como epitafio para la mejor comprensión, tomo de las RR.OO. el artículo ciento veintisiete que dice taxativamente: “El que tuviere orden absoluta de conservar su puesto, a todo trance lo hará”.

El a todo trance incluye, obviamente, hasta perder la vida si fuera preciso. Esa responsabilidad, lo aprendió, vivió y practicó en múltiples ocasiones; las que si no le fue preciso perder la vida, (les recuerdo el juramento a Dios: “y derramar si fuera preciso hasta la última gota de su sangre”). Tanto ésta como otras virtudes, no nacen grandes, -porque ya saben, que lo que nace grande es por lo general monstruoso y muere-, sino que se forman a través de “pequeñas responsabilidades repetidas hasta adquirir hábito”.

Nos recuerda el joven cuáles y cómo fueron algunas de ellas. Puesto que cuando al término de las Academias, tendrían la responsabilidad de formar e instruir a sus soldados, voluntarios o de reemplazo, nada de cuanto pudieran luego ordenar, dejaron de ejecutar ellos antes durante la exigente preparación en las Academias.

Si de ejercicios de tiro se trataba, esta práctica la hizo a menudo en campamentos, maniobras o ejercicios con cada una de las armas reglamentarias en los ejércitos de España. Aún siendo infante, cuando hizo su aprendizaje de artillería, responsable de una batería, hubo de vencer el miedo real de ver y sufrir cómo una pieza reventaba por el cañón y hería de gravedad a varios compañeros. O menos prosaico, ejerciendo de mulero en baterías a lomo, dominar a la Bernarda, que, al recibir sobre los costillares la importante carga de la cureña, saltaba, coceaba e incluso mordía al Cadete que -no en este caso, pero sí en otros muchos-, en su vida se había en otra. O cómo en ejercicios físicos -tampoco en su caso-, pese a lo dificultoso de saltar potro, caballo o plinto de múltiples maneras y formas había de ejecutarlo con la responsabilidad de superar dificultades por duras que fuesen. Unos por afición (otra vez nuestro joven), otros por obligación exigida por el “proto” (profesor) asumían la responsabilidad de prácticas en horas no lectivas de sábado o domingo, para luego superar las pruebas.

Para quitar hierro a tanta exigencia, también tuvieron que aprender el modo de domar a la fiera (la Bernarda). A la salida del comedor –impresionante el de la Academia de Infantería en Toledo- los chuscos sobrantes, desaparecían de las mesas con disimulo indisimulable: “¡es para el mulo!”. Cierto ciertísimo… a veces, para aplacar las iras de la Bernarda. Otras… daban buena cuenta de ellos en meriendas en la nave, más o menos suculentas. Pequeños afanes cuasi diarios en los que los jóvenes Cadetes (el nuestro incluido), habían de pechar con la responsabilidad grande o pequeña que les tocase en turno. Tampoco era menor ésta, cuando en la piscina era obligatorio lanzarse al agua (para más de uno, terrible mar oceana) desde un trampolín de diez metros de altura más el impulso del tablón que hacía de ballesta. Tampoco era “moco de pavo” la responsabilidad en la misión de socorrista para los que, de secano, no supieran nadar o su pericia fuera deficiente. Como lapas se agarraban a nuestro joven que se las veía y deseaba para rescatar al inexperto.

Durante su estancia en la impresionante Academia de Infantería en Toledo, fue elegido –tirador de primera- responsable de probar y sacar el máximo rendimiento a los por entonces llamados fusiles de asalto. Curioso al menos que para comprobar la resistencia del maltrato o de las inclemencias del tiempo, cayó sobre un reducido grupo de expertos tiradores la responsabilidad de empleo, resistencia y eficacia en todas las circunstancias, incluidas las más duras que la “Sección de asalto” también había de sufrir. Con plena satisfacción de la prueba realizada por los responsables de ella, es hoy el arma reglamentaria de todas las unidades. Responsabilidad, pues, que contribuyó, definitivamente, a este fin. Como a la postre, cada arma no deja de ser un objeto, ¿cómo no ha de ser mucho más importante la responsabilidad de formar educar e instruir a los soldados por los que, terminado el período de los Caballeros Cadetes y alféreces, obtuvieran las ansiadas dos estrellas de tenientes con la primera y más importante misión referida?

Perfectamente planificado y previsto en el plan de estudios, cuando los Caballeros novatos del primer curso pasaban a veteranos del segundo, a muchos de ellos se les asignaba un grupo de diez o doce novatos a los que habían de instruir en los primeros y elementales principios de la milicia. También y como parte importante de su misión eran denominados “padres” del grupo asignado. Aún con mayor disciplina y subordinación por parte de los “hijos”, ejercían de moderadores y en cierto modo protectores de esta singular prole, contra las pequeñas novatadas de los veteranos. Novatadas jamás humillantes ni que decir tiene, en absoluto degradante. Y es, que cuando decían que soplaba el Moncayo –viento impetuoso de la zona, volaban colchas, sábanas, mantas, almohadas y demás ropas de camas y el interior de las ¡taquillas! – los armarios individuales- en las que, en perfecto orden era preciso tener el no pequeño equipo de uniformes diversos(paseo, diario, equitación, gala, gimnasia, correajes, botas de diario y paseo, útiles de aseo…) y demás enseres que se exigía estuvieran en perfecto estado de revista. Misión entonces del padre, era que el viento fuera, al menos, moderado. Responsabilidad, pues, no paternalista, pero sí, como he dicho moderadamente defensiva de “su prole”.

Distinta era la primera y elemental instrucción en orden cerrado, que incluía actitudes, saludos, movimientos de armas, marcha, evoluciones y los rudimentos del denominado “orden de combate”. Imborrable, pues, el recuerdo de mi padre académico, q.e.p.d. , porque por desgracia, o para su mayor gloria, falleció pocos días antes de cuando escribo este relato. En llegando a este punto ¿cómo no equiparar que lo beneficioso para la milicia de estas responsabilidades, igualmente lo son para hijos, alumnos, empleados, funcionarios civiles…?

De otros valores, continuaré en el próximo, si Dios es servido.

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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/5/4788/39875310165_9ba0693e52_b.jpg

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