Por Javier Pardo de Santayana

( Viñeta de Caín en La Razón del pasado día 16) (*)
No es infrecuente que los periodistas se refieran como “tiempos oscuros” a los que transcurrieron durante la mayor parte de mi vida. Y tampoco es de extrañar, pues durante ellos el mundo estuvo siempre en guerra, primero a cañonazos y luego al borde del abismo con la amenaza de que en cualquier momento la cosa acabara, no sólo con una tercera confrontación mundial aún más aparatosa, sino con un verdadero “conflicto nuclear”. Fueron los tiempos de la “Guerra Fría”: situación que, tras de la “caliente” nos mantuvo en vilo muchos años. Lo que pasa es que nosotros, los torpes españoles, no entramos en el juego y nos mantuvimos en paz todo ese tiempo dando largas a unos y rechazando a otros, con lo cual pudimos dedicarnos a otras cosas menos emocionantes. Por ejemplo, pariendo una serie de leyes de carácter social que no relaciono para no aburrirles, desarrollando nuestra economía, y construyendo una abundante clase media, de forma que al final hasta pudimos restaurar la Monarquía y pasar de ser un país de mono y alpargata a homologarnos con los más avanzados de nuestro continente. Pero claro, todo esto parece ser bastante inane y aburrido.
Tampoco nos hicimos comunistas, y eso que todo favorecía que llegáramos a serlo. Y fue una pena, porque hasta se habían montado ya las checas, los “paseos” y los tribunales populares, y nos habíamos cargado ya a tantos curas y cristianos de a pie que lograríamos superar las marcas de Nerón y otros artistas. Fíjense ustedes: hasta pusimos los retratos de Stalin y de Lenin en la Puerta de Alcalá con el OK no sólo de los de la hoz y el martillo, sino también de sus amigos y de los tontos útiles de siempre. Pero al librarnos de ondear banderas rojas nos perdimos la emoción del puño en alto.
Con todo, lo que más influye en el calificativo de “oscuro” que damos a nuestro pasado es que nos faltara la televisión. Sobre todo, en color. ¡Fíjense ustedes lo que debió ser vivir sin televisión durante tantos años – o sea desde siempre – y ver que cuando viene nos llega ¡en blanco y negro! No sé cómo pudimos resistirlo. Pues aunque la generación de los “tiempos oscuros” puso un hombre en la luna y creó los aviones supersónicos y los ordenadores, hemos de reprocharla su ignorancia respecto a la filosofía LGBTI y su desprecio del orgullo gay, que tantos placeres nos promete.
Así habrá que reconocer que aquellos tiempos nuestros y de nuestros padres fueron oscuros como boca de lobo comparados con los de nuestros días, tan luminosos y brillantes. Sólo pondré, como contraste, unos ejemplos significativos: ahí tienen ustedes esos foros políticos en los que la buena educación hoy brilla aunque sea por su ausencia; esa inteligente exhibición de insultos de rufianes y meonas, esa ingeniosa chispa de quienes ridiculizan a jóvenes mutiladas o violadas y muertas… Y el espectáculo trágico-cómico de las camisetas serigrafiadas con mensajes de los diputados/as. ¿A que todo esto mola cantidad? ¡Pero si hasta pisan moqueta los amigos de los asesinos de cerca de mil ciudadanos españoles que ahora son recibidos como héroes sin que suceda nada de importancia! ¿No es eso libertad y buen rollito?
Habrá por tanto que reconocer que los tiempos de ahora son de paz y de tranquilidad. Tiempos que nuestros nietos considerarán modélicos. De ahí que hayan proliferado esas empresas de seguridad que cada día perfeccionan sus medios y sus procedimientos. Pero no para ahí la cosa, porque ya hemos conseguido que nadie se fíe de nadie y que hasta los niños de guardería hayan perdido la inocencia. ¿Qué me dicen del acoso escolar, que hasta lo decimos en inglés, o del hecho de que los alumnos persigan a los profesores, cosa tan chusca y llamativa? O que niñas de doce años alcancen el coma etílico los fines de semana… ¿Pero quién puede aburrirse con un telediario convertido en crónica de sucesos si hasta los eventos deportivos son declarados de alto riesgo, calificación confirmada por unas muertes que ya empiezan a ser habituales y prohíben la presencia de niños en los estadios? Fíjense que incluso se ha obligado a cerrar los colegios más cercanos… ¿Y qué me dicen de los armoniosos silbidos a nuestro Rey y a nuestro himno en las finales? ¿No añaden un maravilloso toque exótico, como lo hace la quema de retratos? Eso sin contar con los deseos expresados por los muchachos/as procedentes de la quema de cajeros automáticos en el sentido de estar dispuestos a prender igualmente fuego a los templos católicos, como en su día hicieron sus abuelos. ¿No da sabor y emoción a nuestros días esta explosión del odio que actualmente nos motiva y nos alegra el día?
También debemos valorar el exquisito trato que se da a quienes trabajan diariamente en destruirnos y siguen haciéndolo a base de subvenciones. ¿No es curioso el espectáculo de los intentos de desmembramiento de una parte de España?
¡Pero si hasta hemos importado la criminalidad más relevante de la mafia y hoy en día el negocio de la droga pone en peligro la salud física y moral de nuestros nietos! Luego está lo del paro, que también es una circunstancia luminosa; basta ver cómo favorece el aprendizaje de idiomas y amplía la visión del mundo de los jóvenes que emigran. ¿Y qué me dicen de lo de los “okupas» y “grafiteros”, que tanto contribuyen a mejorar nuestros ambientes habituales, y de los “piratas informáticos” que pueden cambiar hasta los gobiernos? Por otra parte, ¿qué me dicen del “no es no” como argumento? ¿No se trata de una idea brillante y enriquecedora para el español del siglo XXI? Sólo ver el aspecto actual de muchos de nuestros políticos actuales, con sus atuendos de desgarramantas, sus puños en alto y sus miradas amenazadoras, ya da una buena idea de su superioridad sobre los de antes. Una superioridad corroborada por la gloriosa proliferación de los inútiles.
Como verán, los “políticos” de nuestros días dan sopa con onda a aquéllos en cuanto a los currículos. Total, a aquéllos se les exigía tener estudios y todo…¡pues menudo atraso!
Mas, por si esto pareciera poco, ¿no hemos vencido también la oscuridad fuera incluso de nuestras fronteras? ¿No reinan ahora por doquier la paz y la tranquilidad de los espíritus? Ya ven ustedes lo bien que está todo: en pleno proceso de consolidación de la Unión, se marchan de Europa – casi sin quererlo – los ingleses. Y regresa el fantasma de la Guerra Fría y de esos dirigentes que eliminan a sus adversarios públicos por envenenamiento. Todo ello con el apoyo de las masas, mientras los yihadistas traen la muerte a nuestras calles y rebanan el cuello a los infieles; hechos de por sí televisivos y potencialmente generadores de argumentos literarios y cinematográficos. Como lo son también los campos de refugiados y esas pateras que vuelcan cada día, tan conmovedoras que nos hacen llorar en el sofá.… Acción, dinamismo, variedad y sentimientos que echábamos de menos en la nueva Europa.
Y aquí paro para no abrumarles. Me limitaré a resumir que, aunque sólo sea por contraste con los tiempos actuales, queda ya clara la razón por la que nos atrevemos a calificar de “oscuros” los que viví la mayor parte de mi vida.
Sólo me quedan ciertas dudas respecto a la opinión que de este luminoso comienzo del siglo XXI tendrán en el futuro nuestros nietos.
PS: Escribo este artículo con cierta prisa porque ya se anda buscando la manera de meter en la cárcel a quienes se atrevan a afirmar que en algunas cosas sí que el pasado fue mejor.
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(*) Para ver la foto que ilustra este artículo en tamaño mayor (y Control/+):
http://c1.staticflickr.com/1/797/39128064870_0a334033d5_b.jpg
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